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Thứ Hai, 23 tháng 4, 2012

El Citro

Corrían los setenta. En Rosario había dos Citroën 3 CV color verde loro fácilmente reconocibles. El del negro Fontanarrosa y el mío. Yo se lo había comprado a Tito Arancibia, locutor y compañero, por aquellos años, de la que fue LT2 Radio Splendid.

El Citroën 3 CV de Quique Pesoa.
Maravilloso autito. Muy querido. Recuerdo una piedra que cayó y le agujereó todo el techo de lona engomada. Luego, cuando pegó el sol, las perforaciones se volvieron hacia afuera dando la impresión de que a alguien se le había escapado un escopetazo desde el interior.

Una mañana, salía yo rumbo a la radio. Me subí, lo puse en marcha, coloqué primera, solté el pedal del embrague y, a pesar de escuchar el ruido del motor acelerando, el auto estaba inmóvil, mejor dicho, el paisaje urbano no discurría a mi lado. Me bajé azorado y comprobé que, durante la noche, me habían afanado las cuatro ruedas y el Citro descansaba muy orondo sobre cuatro prolijos tacos de madera. Pero la p...

Ya en aquellos años, acostumbrábamos a hacer una "carneada" anual durante el invierno. Tocó realizarla en el campito del Pato Sullivan, personaje del pueblo Lucio V. López, gran conocedor de caballos y padre de Mate, amiga de toda la vida. La chancha víctima de nuestro rito, se encontraba en otro pueblo, Aldao, al que se accedía, desde la casa del Pato, por unos inhóspitos caminos de tierra. Allá fui con el 3 CV a las cinco de la mañana. Calor, no hacía nada. Pleno Julio.

Inenarrables los esfuerzos para, en medio del barro pegajoso del chiquero, enlazar a un animal de mas de cien kilogramos de peso. Inútil fue tratar de convencerlo de subir a la parte trasera del Citro a la que le había retirado el asiento correspondiente. Hubo que manearla, atarle un alambre en el hocico y subirla a pulso. El asiento retirado descansaba sobre el techo del móvil.

Noche cerrada aún, emprendí el camino de regreso al campito. Luego de curvas y contra curvas recordé que no había asegurado el asiento. Bajé para hacerlo pero, tarde piaste, ya no estaba más ahí. Vuelta atrás a rescatarlo de una profunda cuneta. Continuó el viaje.

De repente siento un hocico detrás de mi oreja derecha... La chancha se había soltado y habíase puesto de pié. Imagínense mi susto y preocupación. Manoteé un 38 Smith and Wesson del especial, como el de Pedro Navaja, y me dije... si la cosa se pone fea, la despeno aquí no mas y arruino la carneada de la fecha. No fue necesario. Ocurrió algo peor.

La chancha se ¡¡¡disgració!!! ¡¡¡En el auto!!! No tienen idea de lo que eso significó. Durante años, cuando la humedad arreciaba, revivían los vapores de "eso" que había impregnado hasta la chapa. 

Lo vendí en época de seca. 

Quique Pesoa

Nota del editor: Nuevamente cedo la pluma a Quique para que contara esta anécdota tan graciosa que escuché por primera vez hace muchos años. Eso fue cuando él tenía algunos de sus programas de radio en la ciudad de Buenos Aires. Le pedí que la pusiera en letras y acá está el resultado. Quique está cómodamente instalado en San Marcos Sierras en la provincia de Córdoba donde atiende con Leda, su esposa, la Hostería La Merced.


http://archivodeautos.blogspot.com.ar/view/magazine

Thứ Ba, 20 tháng 3, 2012

El Falquiton


Mi tío Manuel lo compró 0 kilómetro en 1970. Siempre lo cuidó mucho. Es más, creo que se le iba la mano y el mecánico le aconsejaba que, de vez en vez, le pegase alguna acelerada en la ruta, para descarbonizar, ¿vio? No se si le hacía caso. 

El Falquiton modelo 1970 estacionado en San Marcos Sierras.

En el año ‘85, el médico le aconsejó que no manejase más, estaba grande y veía poco. Lo estacionó en su garaje y le pasaba una franelita todas las mañanas. Me llamó y me dijo que me lo vendía baratito si yo le prometía cuidarlo. Hasta hoy está conmigo, promesa bastante cumplida.

Siempre estuvo dispuesto. Pasaron algunos autos nuevos, seminuevos, él siempre estaba ahí, listo, presto para auxiliar y remolcar a alguno de los "modernos" que tosían o no arrancaban.

Nunca, pero nunca, nos dejó "de a pie". Siempre había alguna manera de solucionar los inconvenientes que pudieran presentarse. Siempre. La famosa tenaza y el rollito de alambre.

Cuando nos vinimos a San Marcos Sierras, Chiesa, mecánico de cabecera en la calle del café La Humedad del ladrón de Cacho, decidió ponerle servofreno, porque, ¿vio? usté se va a vivir a un lugar que, ¿vio? hay mucha subida y bajada...

También le pusimos gas. Dice mi hermano Ignacio, el gas es para las cocinas... hacelo andar bastante a nafta. Es así. El gas se usa en la ruta, ahí si vale la pena economizar. Arranca y para a nafta el tipito.

En el ‘92, un señorcito de la calle Griveo, le hizo pintura bicapa. Faaa... Duró hasta ahora, recién aparecen esas arañitas en la pintura, indicio de que ya está, ya es tiempo de repintar.

Sigue ahí. Ahora lo atiende Marcelo, en Cruz del Eje, a veinte kilómetros de mi casa. Sigue ahí, presto para lo que fuere menester. No se vende. Solo se presta a los amigos. La única condición es que lo quieran. Digo, para que el tío no se me ofenda.

Quique Pesoa


Nota del editor: Nuevamente le cedo la palabra y la firma a Quique Pesoa, para contar la historia de su Falquiton. Desde 2004 se encuentra instalado en San Marcos Sierras en la provincia de Córdoba, donde atiende la Hostería La Merced, junto a su esposa Leda.

Thứ Bảy, 10 tháng 3, 2012

El Ford A 1929


Curiosa historia. Yo estacionaba mi falquiton a la vuelta de mi casa. Vivíamos en un departamento antiguo, amplio, tipo casa, sobre Riobamba, en la misma manzana del hotel Bauen. El garaje está sobre Sarmiento. Muchos años entrando y saliendo. Siempre vi una masa oscura en un rincón lejano de la planta baja. Un día le pregunté al encargado, me alcanzó una linterna y me dijo... vaya y vea. 
Vi. Asombrado. Un Ford A 1929, lleno de esa pelusa grasienta que vuela en los garajes y que protege de la corrosión a cualquier chapa. El tapizado, incluido el techo, estaba destruido. Lo demás, muy bien. Ojo de buen cubero, me di cuenta rápidamente que ese auto no había sido reciclado ni reparado, ni repintado... Todavía conservaba su pintura original, incluso los filetes naranja que un tipito, en la Ford, le pintaba a mano, perfectos, a pincelito.

Ford A 1929 descansando en San Marcos Sierras.


El encargado me cuenta... Estamos en el 2000, ¿no?, bueno, hace 17 años, en 1983, entró un viejito con el auto, lo estacionó ahí, se llevó el ticket y en la puta vida mas apareció... Vinieron algunos coleccionistas a querer comprármelo, pero yo no tengo ningún papel de ese auto.

Rápido de reflejos, Pesoa dice... te doy mil mangos y me lo llevo. El tipo puso cara de contento y me dijo que le sacaba un plomo de encima. Pensé, en tres años puedo reclamar posesión veinteañal.

Sorpresa gigante, luego de tantos años, le echamos aire a las cubiertas, estas se lo bancaron sin desinflarse y lo sacamos empujando con mi amigo Ignacio. Camioncito del ACA y al taller de San Fernando. Allí, con Ignacio, mago de la mecánica, el motor arrancó y ¡¡¡"andó"!!! Yo no lo podía creer... tantos años parado ahí, al primer manijazo... tas, tas, tas, tas,... impresionante. 

Estuvo en el taller como seis años. Siempre esperando la promesa incumplida de empezar a arreglarlo. Cuando me vine a vivir a San Marcos Sierras, en el 2004, pensaba en traerlo. Lo hizo un tiempo después Marcelo De Gatica. Lo puso sobre un trailer y lo trajo a 120 kilómetros por hora. Jamás imaginó el forcito que iba a andar a semejante velocidad.

Ahora está aquí. Todavía sigue esperando. Ya le va a llegar la hora. No quiero dejarlo como nuevo, como hacen los coleccionistas. No. Quiero que se quede auto viejo, reparado, andando, con su techo, sus puertas bien, todo bien, pero sin tocar ni chapa ni pintura... eso, auto viejo andando.

Lo miro y me pregunto, cómo puede ser que la chapa no esté picada. Leí por ahí que el viejo Ford, después de la primera guerra, se fue a Europa y compró todos los cascos de los buques hechos pelota por los bombardeos. Los desguazó, dejó las cáscaras, hizo una especie de trencito, ató proas con popas y cruzó el mar. Cientos de cascos. Laminó y tuvo acero naval para construir años de autos. No era ningún boludo. Acero naval. Bueno, bonito y barato. Por eso esa resistencia.

Le encargué a un amigo abogado que buceara en la historia del forcito. Nadie lo reclamaba. No tenía pedido de captura. Yo estaba decidido a que, si aparecía algún pariente, nieto o le que fuera, que lo reclamaba, yo lo devolvía sin chistar. Me imaginaba a mi mismo, enterándome que había un auto de mi abuelo en alguna parte, saliendo a buscarlo con desesperación... Después de todo, este forcito podía tener alguien que lo quiera más que yo. 

Ubicamos a los viejos dueños, dos hermanos, de Baradero, uno nacido en 1898 y el otro por ahí. Ambos muertos. Sin rastros de descendencia.

Los del Club del Ford A, pasan paseando una vez al año y se babean un rato cuando lo ven... ahí también hay ojos de buen cubero. Se enojan conmigo porque no empiezo a arreglarlo.

Se están acumulando los repuestos y los recambios. Mi amigo Edgar Sosa, cada vez que viaja a EEUU trae manijitas, tapas de nafta o de radiador, mangueras... Ya le llegará la hora. O a mí. Quién sabe. 

Quique Pesoa


Nota del editor:A Quique Pesoa lo escucho desde 1989 cuando tenía un programa de radio en la FM Inovidable. Luego seguí su derrotero por diferentes radios porteñas. A distintos horarios y frecuencias, siempre trataba de escucharlo. En sus dichos más que un oyente soy un perseguidor, un perro de sulky. Tan así fue que para sus cumpleaños le regalaba las artesanías enteladas que hago. La máxima locura fue una radio capilla en tamaño real, llamada Radiela. Hace poco tiempo le mandé un mail contándole sobre Archivo de autos y le gusto el sitio, por eso me mandó esta historia sobre su Ford A. Hoy le cedo la palabra y la firma en los relatos de autos.

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