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Thứ Bảy, 25 tháng 1, 2014

Dos autos en la playa

Una vacaciones en las playas de Mar de Ajó. Un campamento a orillas del Mar Argentino junto a dos autos y una casa rodante. La segunda parte de un relato en enero de 1986.

La Falcon Rural y el campamento en enero de 1986. La foto fue tomada al amanecer.


Hace poco les conté unas vacaciones que pasé junto a mi familia en las playas de Mar de Ajó en un campamento en compañía de dos autos y una casa rodante. Nuevas anécdotas se suman al relato ya publicado. Las cosas que pasaron en ese enero de 1986. Todas no entraban en una sola publicación. Por eso hoy les termino de contar sucesos de aquél verano en la Costa Atlántica.

Era la primera vez que mi padrino, Oscar, estaba de campamento de la playa. No dudaba de su capacidad de adaptación. Ya que le tocó hacer la colimba en la Marina y se pasó unos cuántos días, en alta mar, a bordo de un barco con la heladera rota y comiendo comida en mal estado.

Pero la playa tiene sus secretos que hay que conocer muy bien. Nosotros con mi familia teníamos, ya, varios veranos acampados en las playas de Mar de Ajó. Conocíamos la geografía y la meteorología del lugar.

Solíamos salir a buscar leña, trozos de madera o bosta de vaca seca, todo lo que sirviera para poder realizar un asado en la playa. Toda una tarea para aquellos que nunca la realizaron. Parece una situación sencilla y fácil, dada la alta temperatura que puede alcanzar la arena de la playa, cuando se calienta por la acción del fuego. Lo cual nos ayuda con la cantidad de leña que utilizaremos para cocinar nuestro asadito. Y porque no unos choricitos que degustaremos a la sombras de nuestras carpas.

Pero el viento puede ser nuestro peor enemigo. Mi padrino en vista del factor viento, que siempre sopla en la playa, se agenció de un horno de cocina que encontramos tirado en los médanos, en una de nuestras incursiones diarias. Ese sería su resguardo para preparar el fuego para el asado. Su arma secreta contra el viento.

A la mañana indicada para hacer el asado, un día espectacular, de temprano el viento soplaba del noroeste. Así armó su resguardo con el viejo horno en su lucha por derrotar al viento playero. “Oscar, mirá que el viento rota con frecuencia” fue mi sabio consejo de experimentado acampante. Con esta velocidad y de donde sopla, el norte, no va a cambiar, me dijo mi padrino.

Como si de un marinero de alta mar se tratara con muchos años de navegación en su haber. En síntesis, durante la cocción del asado, el viento rotó no menos de tres direcciones diferentes. Eso en el término de unas dos horas. Así es la playa.

Pero esa anécdota tiene su continuación. Al degustar el asado y los chorizos, con algo de arena pegada a su piel, y ubicarnos en el ante comedor de la casa rodante, algo más pasó.

En un momento del almuerzo, Sonia, la hija de mis padrinos, dice “los chorizos tienen arena”. Claro que algo tenían, como se disculpó su padre, autor del asado, pero no en la cantidad que presentaba su plato de comida. Resultó que la ventana del ante comedor, al lado de la cual estaba su mesa, no estaba bien cerrada en su borde inferior. El viento que soplaba del noroeste, nuevamente, le había depositado un pequeño médano de arena en el jugo de su ensalada.

A la izquierda se puede ver el Renault 6 arriba del médano en
el campamento en enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Dos medios cajones de plástico, de esos que usan para guardar los pescados en los barcos pesqueros, fueron arrojados a la playa por el mar. Con esos dos elementos unidos conformamos una especie de gran bandeja que nos sirvió para acarrear la leña para el asado. Una soga los unió y otra sirvió de medio de arrastre para transportar la leña, trozos de madera y bosta de vaca seca recolectada en los médanos vecinos a la playa.

Esos tres elementos juntados son sirvieron para cocinar el asado a las brazas. Aquellos que han tenido la oportunidad de vivir en el campo sabrán de las bondades ígneas de la bosta de vaca seca. Diríamos que son como “briquetas” ecológicas. Pese al origen espúreo de las mismas.

Esos dos cajones plásticos unidos fueron bautizados como “carrito bostero” y era llevado por nosotros en las incursiones a los médanos en caminatas, de las cuales siempre traíamos bosta de vaca seca. A veces una pila enorme. Resulta que por los médanos, en aquellos años, pastaban vacas, que de vez en cuando solían bajar a la playa a tomar agua salada. Lo hacían a la tardecita o en la noche cuando no había personas en la playa.

 Así fue como una tardecita que volvíamos al campamento y buscando un terreno llano para arrastrar nuestra gran carga de bosta de vaca seca salimos a la playa. Mucho antes de nuestro lugar de residencia en la playa.

Al salir pasamos cerca de una familia que jugaba a la pelota paleta junto a su flamante Peugeot 505, un auto de alta gama y para un público bastante exclusivo en la Argentinade 1986.

Mi padrino empezó a vociferar a grito pelado “a las tortitas negras, a las tortitas negras” ante nuestras risas y la mirada atónita de la familia del 505. Resulta que era la hora del mate y solían pasar vendedores ofreciendo tortitas negras, biscochos y pendorchos por la playa. Los pendorchos los vendía un matrimonio que venía en una Fiat Giardinetta, toda una rareza en la playa y en Argentina.

Muchas personas que pasaban por nuestro campamento habrán pensado para que serviría esa pila de bosta de vaca que estaba ubicada a un lado de nuestro campamento. Era la manera más barata de hacer un rico asado en la playa, siempre y cuando evitáramos la arena en los chorizos. Una forma de aprovechar ecológicamente lo que la naturaleza y las vacas nos proporcionaban.

El 26 de enero es el cumpleaños de mi hermana Alejandra y siempre estábamos de vacaciones, generalmente en las playas de Mar de Ajó. Así que los festejos eran acotados sobretodo si estábamos en el campamento a varios kilómetros de la urbanidad.

Mi hermana de chica a tenido una predilección por las pastas, en especial, las rellenas. Así que ese era su regalo de cumpleaños: pasta rellena, ese 26 de enero de 1986 ravioles de una fábrica de pasta de Mar de Ajó. Su regalo de cumpleaños para festejar sus 15 años. Toda una rareza hoy en día. Sus 15 años en la playa y en un campamento.

Los integrantes del campamento en Mar de Ajó en
enero de 1986 y la torta de cumpleaños de mi hermana.

Algo no falla: ese día hace un calor de infierno en la playa o llueve como si fuera el diluvio de Noé. Ese 26 de enero no fue la excepción a la regla. Tanto calor hacía que no se soportaba el sol a la hora del mediodía. Había que resguardarse bajo la sombra si uno no quería achicharrarse al sol. Encima soplaba viento de dirección norte con tal intensidad que hacía volar la arena seca.

Arena que castigaba sin pudor nuestras piernas. Era una especie de “peeling” natural y gratuito sin la intervención de terceros. La arena seca golpeando las pantorrillas es una de las torturas que se suele padecer en la playa con un intenso ardor en la zona afectada. Agravado por el hecho de estar irritada la piel por el diabólico sol que nos azotaba ese fatídico 26 de enero.

El viento siguió soplando con tanta intensidad a la hora del almuerzo que tuvimos que comer en el ante comedor de la casa rodante con todas las ventanas y puerta cerradas. Así nos dispusimos a degustar la olla de ravioles con salsa que preparó mi madre, Rosa.

Empezamos a comer los ricos ravioles y comenzamos a sudar. Porque a esa altura no transpirábamos como personas, sudábamos como caballos en plena faena rural. Dadas las condiciones internas del ante comedor comprobamos in situ y en persona el efecto invernadero, mucho antes que se habla de este fenómeno climático. Era un hervidero ese ante comedor. La comida, nuestros cuerpos y el implacable sol de enero hicieron una conjunción infernal.

En un momento dado todos dejamos de comer, no podíamos más con el calor, salvo una persona que seguía comiendo como si nada pasase: mi hermana, la que cumplía 15 años. Todos sudábamos y mirábamos como engullía su segundo plato de ravioles. Solo de verla te daba calor. La temperatura en el ante comedor era inaguantable.

Terminamos de comer y salimos en masa, del ante comedor, en busca de un poco de aire fresco, que no conseguimos, pero a la sombra del alero, que estaba armado enfrente se respiraba algo de aire. Ahí nos quedamos un rato a la espera de que esos ravioles, tan cálidos, siguieran el curso de nuestras digestiones.

¡Feliz Cumpleaños hermana!

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 4 tháng 1, 2014

Dos autos y una casa rodante

Un viaje de vacaciones a Mar de Ajó en dos automóviles y una casa rodante. Un campamento frente al Mar Argentino a mediados de los años ’80. Un grupo de personas vacacionando en el mes de enero.

Parte del campamento en las playas de Mar de Ajó en enero de 1986.


Mi padre había comprado un Renault 6 GTL modelo 1981 de color azul y lo usaba para nuestros viajes de fin de semana a San Miguel. Cuando se acercaba el verano de 1986 decidió comprar una rural Ford Falcon modelo 1977 de color verde. Que estaba en muy buen estado y era el modelo de lujo, la que traía el vidrio de la luneta trasera eléctrico. Toda una tecnología para aquellos años en Argentina.

En vistas de la proximidad de las vacaciones, durante el mes de enero de 1986, compró una casa rodante usada. A la que la pusimos en condiciones en la casa de mi abuela Adelina en San Miguel. Hubo que arreglarle algunas cosas y pintar otras.

Así el equipo de transporte se integraba por la Falcon rural, tirando la casa rodante y el Renault 6. Semejante transporte porque seríamos nueve los integrantes de esas vacaciones  en las playas de Mar de Ajó en el verano de 1986.

El staff se integraba por mi padre, Lorenzo, la mando de la rural Falcon, mi madre, Rosa, mi madrina, Olga, mi abuela Adelina y mi tía abuela, Estela, los ocupantes. En el segundo vehículo, el Renault 6, los pasajeros eran, mi padrino, Oscar, la hija de él, Sonia, mi hermana, Alejandra y yo al mando, ya que mi padrino nunca aprendió a manejar.

Conformado el equipo partimos rumbo a la Costa Atlántica, por la vieja Ruta 2, hoy autovía, hasta el empalme con la Ruta 36, que nos llevaría hasta la Ruta11, ya asfaltada para 1986. Con la consabida parada en Pipinas para reponer combustible y descargar las vegijas.

El viaje de ida fue sin contratiempos y de noche. Llegamos a Mar de Ajó muy temprano por la mañana. A unos nueve kilómetros, uno por persona, al sur de Mar de Ajó, armamos nuestro campamento, que parecía una pequeña villa veraniega.

Porque además de la casa rodante, que era para cuatro personas, llevábamos dos carpas, dos ante comedores, un alero y un baño. La casa rodante tenía uno de los ante comedores, que se adosaba a la carrocería y permitía otro ambiente donde realizábamos nuestras comidas diarias.

Mis padrinos habían llevado una carpa para cinco personas, pero solo ellos dos pernoctaban en ella. La carpa también les servía para guardar los bártulos con la ropa que usarían en las vacaciones.

Mis viejos y yo dormíamos en otra carpa para cinco personas, que por delante tenía puesto el otro ante comedor. Al cual mi padrino bautizó: “La matera”. Porque allí solían desayunar con mates con mi madrina. Un alero naranja, que había sido un sobretecho de una carpa era otro refugio en busca de sombra.

En casa rodante dormían mi tía abuela, mi abuela, la hija de mis padrinos y mi hermana. Así todos los integrantes del campamento tenían un lugar donde descansar por las noches. Ya que dormir la siesta era una tarea insana, por el calor que toman las carpas y la casa rodante. Lo mejor era estar a la sombra de un alero.

El campamento se complementaba con un baño de color azul. ¡Ah! Me olvidaba de la bomba de agua para tener agua dulce para lavar la ropa, los cacharros y la cabeza para sacarnos la sal del agua de mar del pelo. Y por supuesto la consabida soga para secar la ropa.

Otra vista del campamento de enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Un día apareció una señora que le pidió prestada, a mi padre, una plancha para cocinar unos bifes. Mi viejo averiguó sino la íbamos a usar y se la prestó. La mujer le preguntó: “¿a qué hora desarman todo y se van?”. “¿Cómo?”, le respondió mi padre. “Le digo a que hora se van de la playa”, dijo la mujer. “Señora nos llevó tres días armar todo el campamento”, le contestó mi padre. “¿Se quedan en la noche?” inquirió la señora.

Ante la nueva pregunta mi padre le dijo que hacíamos diez días que estábamos acampados en el lugar. La señora no podía entender y manifestó su miedo por la noche. Mi padre le dijo que el miedo lo teníamos, nosotros, durante el día cuando llegan los turistas a la playa. No por inseguridad, sino por intranquilidad.

Aquellos que tuvieron la suerte de acampara junto al mar saben de qué hablo. Al quedar casi desierta la playa la tranquilidad aflora. Como cuando llegan las gaviotas, de quién sabe donde, a comerse los restos de comida que dejaron los turistas en el día. Ahí es cuando la playa te pasa a pertenecer, por lo menos hasta el otro día a media mañana, cuando aparecen los primeros turistas con el fin de pasar el día.

Las compras de alimentos la hacíamos en el pueblo de Mar de Ajó en una carnicería y verdulería. Como éramos nueve para comer las compras eran abundantes. Tanto era así que solíamos salir del local con un cajón de madera lleno de alimentos comprados para saciar nuestro hambre. Un día al salir con el consabido cajón, que llevaban en andas mi hermana y la hija de padrino, ambas chicas de unos quince años, iban al coro de “somos muchos, somos muchos”.

Lo decían porque algunas personas que esperaban para hacer sus compras, miraban azoradas, como esas dos niñas salían con un cajón llevo de verduras, frutas y carne. Las chicas no querían pasar vergüenza por la cantidad de alimento que portaban en sus manos.

Para realizar las compras usábamos el Renault 6. Como cuando regresamos, un sábado a la tarde, de misa en la capilla de Mar de Ajó. Una tormenta se había armado como para alquilar balcones. Viento fuerte, muy fuerte, que volaba todo lo que podía a su paso. Nosotros nos metimos en el auto y salimos disparados para el campamento.

A bordo del Renault íbamos mi madre, mi tía abuela, mi madrina, la hija de ella, mi hermana y yo de chofer. El camino de regreso lo hicimos en santiamén. Volaba por las calles de tierra desiertas. Todo para llegar cuanto antes al campamento en el que habían quedado mi padre, mi padrino y mi abuela. Llegamos pronto. En la playa no quedaba nadie. Todos habían salido disparando por el frente de tormenta que se había armado.

El viento paró y la lluvia no fue nada en comparación con el presagio que anunciaba. Pero el susto igual lo tuvimos. Pensábamos que las carpas se las llevaba el viento, junto con la casa rodante. Por suerte nada de eso pasó. Son gajes de la vida de campamento.

Pero todo eso bien vale la pena por los quince días que se pasan en la playa. Eran la mejor forma de reponerse de las tensiones y cargas del año. Uno se energizaba para afrontar con mejores condiciones el nuevo año que había comenzado. Felices días de campamento junto al mar.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 25 tháng 2, 2012

Vacaciones en carpa


Mar de Ajó fue el destino de nuestras vacaciones en carpa en el verano de 1985. Por aquel tiempo mi viejo había comprado un Chevrolet Super modelo 1969, color turquesa. La verdad que el auto estaba bastante bueno y con el motor 230. Un fierro, con perdón de los fordistas.

Extracto de una publicidad aparecida en la revista Panorama el 22 de marzo de 1969.

Con el fin de viajar cómodos mi viejo decidió que podríamos amar un trailer, para cargarlo con todos los implementos del campamento. Mi Tío Alberto nos ayudó en la construcción que nos demandó tres días de un enero caluroso. Lo armamos con madera y de suspensión hojas maestras de elásticos trasero de un Falcon. Uno tres metros de largo con baranda y puerta trasera.

La pintura fue un rejunte de colores. Un parte era verde como los camiones de la empresa láctea La Serenísima, recibimos varias cargadas por ese color. El interior y las barandas de color blanco. Esa pintura nos la dio un vecino de mi abuela, Hugo, que vivía enfrente y trabajaba en Vialidad Nacional. El blanco era reflectante, la misma pintura que usan para las bandas blanca en el pavimento. Descubrimos en la playa que esa pintura se oxida, tal vez por el metal que tiene en suspensión.

Una vez listo el trailer se lo adosamos al Chevrolet al paragolpes trasero, que mi viejo sacó y reemplazó por otro con el enganche. Imaginen un auto actual tirando un trailer desde el paragolpes trasero de plástico. Una imagen imposible de concebir.

Cargamos el trailer y ya estábamos listos para salir a la ruta hacia nuestras vacaciones en la playa de Mar de Ajó. El Chivo tiraba el trailer como si fuera una pluma. Viajamos durante la noche y a la mañana siguiente estábamos arribando al Mar Argentino.

Durante parte del año anterior se habían producidos unas graves inundaciones en la provincia de Buenos Aires. Tal fue el agua acumulada en los campos que comenzó a drenar hacia el mar. A su paso produjo pequeños canales, que todavía en enero seguían tirando agua. En la ruta habíamos advertido una cantidad enorme de campos anegados.

La fauna de la costa estaban alterada, había pájaros de tierra adentro que buscaban un lugar seco para comer y anidar. Vimos biguás a metros del mar algo totalmente alterado en la Costa Atlántica. Con ese panorama armamos nuestro campamento por primera vez. A lo largo de nuestros días en la playa la operación se repetiría varias veces.

Elegimos un lugar que parecía ser seguro, una especie de escalón en un médano. Una tormenta de lluvia y viento nos cambiaría la opinión de la seguridad del principio. La primera tormenta que se presentó nos obligó a pernoctar dentro del Chevrolet. Éramos mi viejo, mi vieja, mí tía abuela, mi hermana y yo. Ante la posibilidad que la tormenta fuera fuerte desarmamos los caños de la carpa y la dejamos en el suelo con un poco de arena encima. Al amanecer vimos como parte del médano había caído, durante la noche, sobre la carpa.

Un día comenzó a soplar fuerte viento del oeste. Sabido es que a los pocos días tendríamos una crecida del mar. Dos días después para ser exactos. Otra noche adentro del auto con lluvia y fuerte, muy fuerte viento del este. Tan fuerte fue el viento que pulió el paragolpes trasero que estaba pintado de color gris. Pero no sería nada. El mar comenzó a crecer a eso de las 3 de la madrugada.

Yo dormía del lado del acompañante y veo algo luminoso que pasa por debajo del lado mío. Medio dormido me doy cuenta que es el mar que llegaba con sus olas hasta donde estábamos estacionados. La luminosidad que veía era el yodo del agua de mar por el reflejo de la luna, que era llena. Menos mal que no estábamos en un bosque, porque no faltaba el hombre lobo.

Despierto a todos y a empujar. Nada el auto estaba enterrado hasta el diferencial. Mi viejo dice “mañana lo sacamos. De acá el agua no se lo va a llevar”. La verdad que estábamos a más de 50 metros de la costa. Así fue como al otro día lo sacamos. Pero antes les hice notar que el auto se había corrido. “Estás loco me dijeron”. Más tarde les pude demostrar que la tormenta de viento y lluvia, de la noche, había corrido el Chivo con nosotros cinco arriba algo así como metro y medio.

Me di cuenta porque estábamos más cerca del trailer que apuntaba con su lanza al mar. Menos mal que mi viejo estacionó el auto a un costado, sino terminábamos encima del trailer. Con ese punto de referencia les puede demostrar mi teoría del corrimiento del auto durante la noche. Además estaba frenado y en cambio. Fue una linda tormenta, era como si un gigante moviera la cola del Chivo sacudiéndolo sin piedad.

Segundo armado de la carpa que duró poco una nueva crecida del mar nos convenció de abandonar la costa. Nos internamos unos 300 metros en una zona parcelada que hoy es Nueva Atlantis. En lo que sería la vereda de un terreno armamos la carpa para cinco personas, el ante comedor, otra carpa para cinco personas y el baño. Se podría decir que por unos días fuimos unos usurpadores de un lote. Por supuesto que nadie vino a decirnos nada. Allí reinaba un clima diferente había tranquilidad climática.

Ese enero fue muy caluroso. Tanto que mi tía abuela se tostó sin estar al sol, solo el aire que soplaba te quemaba la piel. Tanto calor hacía que un día, estando en la playa, la nafta del Chivo empezó a brotar del tanque, que estaba lleno. Mi viejo tuvo que aflojar la tapa del tanque porque la nafta parecía burbujear. Un calor de aquellos. Tanto que almorzábamos jamón crudo, ¡qué época!, y yogur de postre, para combatir el calor. Todo regado con agua bien fría.

En uno de los panzazos que dio el Chivo en las calles de Mar de Ajó pinchó el tanque de nafta. Nosotros conocíamos de otros viajes al Alemán un chapista muy conocido de Mar de Ajó. Fuimos a preguntarle quién podría arreglarnos el tanque de nafta. “Yo se los arreglo. Pero ustedes tienen que vaciarlo”. Arreglamos con el un día a la tarde, ni bien abría su taller. Fuimos mi viejo y yo para vaciar el tanque y sacarlo. Que era lo que más tiempo lleva del trabajo de reparación.

Cuando íbamos para el taller del Alemán el Chivo se encaja en una calle de arena suelta. Me bajé y empecé a empujar sólo, mientras mi viejo aceleraba el auto, que tiraba arena para atrás que daba gusto. Yo empujaba del medio de la cola y ahí vi como el caño de escape se ponía blanco.

Sí, se emblanqueció del esfuerzo que hacía el Chivo. La verdad que el auto andaba espectacular. Una aclaración para los más jóvenes, la buena combustión de un naftero se manifestaba por un caño de escape de color gris a blanco en los residuos de la combustión. Por aquellos años la nafta tenía plomo y este era el responsable de ese color.

El tanque lo pudimos arreglar y volver a poner. No tuvimos más problemas. El auto se portó fantástico. El tiempo estaba un poco loco, pero igual disfrutamos de unas lindas vacaciones. Salvo la pieza del tejo que me robo un tucu-tucu del piso del ante comedor de la carpa. Cuando armamos las carpas en la última ubicación tuvimos la suerte de hacerlo sobre la madriguera de unos tucu-tucu. Hasta tuve la oportunidad de poder capturar uno y verlo de cerca. Es una gran rata con una cola enorme. Como corresponde lo devolví a su hábitat para que siguiera con su vida, aunque no le perdoné que me llevara el tejín que no recuperé, ni aún cuando desarmamos el campamento.

La carpa que estaban mis viejos recibió algunos rasguños de los tucu-tucu, en el piso. Además al caer la tarde se oían en la arena el inefable sonido por el cual se los llama: tucu-tucu. Cosas de hacer vida de campamento que se pierden en un hotel de tres o cuatro estrellas. Por supuesto que no hay servicio al cuarto, pero cuando se van los turistas de la playa, esa inmensidad es para vos solo, hasta el otro día a media mañana. El amanecer en el mar es una vista altamente recomendable, no por haber trasnochado, sino por levantarse antes que salga el sol.

Es vivir las vacaciones al ritmo de la naturaleza, se los recomiendo, se vuelve totalmente renovado y con muchas energías para enfrentar el año que empieza.

Mauricio Uldane

Thứ Sáu, 10 tháng 2, 2012

Un Renault 6 de vacaciones


El mes de enero de 1997 decidimos irnos de vacaciones en carpa a Mar de Ajó con  el Renault 6 de mi cuñado. Además compramos un trailer para poder llevar todos los implementos que necesitaríamos en nuestra estancia en la playa.

Decimos viajar un domingo a la noche. Así salimos, mi mamá, mi hermana, mi papá, mi cuñado y yo en el Renault 6 modelo 1972 con el trailer marca BF, importado de España. No llegamos muy lejos porque se cayó la suspensión trasera izquierda. Tuvimos que regresar a casa en remis, para quitar peso en el auto.

La fotografía fue tomada en día que volvíamos de nuestras vacaciones, en enero de 1997.
Se ve el Renault 6 y el trailer  BF. Al fondo el Mar Argentino en la costa de Mar de Ajó.


Al día siguiente tratamos de arreglar la suspensión trasera. Se había zafado de su lugar una pieza en forma de medialuna que regula la altura de las barras de torsión transversales traseras. Conseguimos dos mecánicos, padre e hijo que vinieron a casa para reparar la suspensión.

Aprendimos como se puede modificar la altura trasera de la suspensión de un Renault 6. Para hacerlo hay que sacar la rueda de un lado y regular la suspensión del lado opuesto. La operación necesita de dos personas y que el auto tenga las dos ruedas traseras en el aire. Además hay que quitar las dos ruedas traseras. Luego conseguir un poste o una madera gruesa de más de un metro de largo. Dicha madera se pone sobre la campana trasera, de uno de los lados y se presiona hacia abajo. Mientras tanto la otra persona ha sacado el tornillo del registro de la pieza en forma de medialuna, que regula la altura trasera del Renault 6. Ahí se busca la altura deseada y se coloca nuevamente el tornillo. La operación se repite del otro lado y listo el auto tiene la altura que buscábamos.

Esa tarde del lunes terminamos de arreglar al suspensión y a la noche salimos nuevamente para la costa bonaerense. Otra vez nuestro viaje duró poco. Nos sucedió lo mismo que la noche anterior. De vuelta a casa, con un humor no apto para chistes. Además de sentirnos desmoralizados por todo lo hecho en el día.

Luego de descansar y recapacitar por la noche, salimos el martes por la mañana a buscar la solución a nuestro problema. El tema era que si bien el Renault 6 era modelo 1972, la carrocería era 1977 y por lo tanto las correderas de las suspensiones traseras no eran las mismas. Por eso la pieza en forma de medialuna se zafaba de su sitio. Con mi cuñado conseguimos en un desarmadero las dos medialunas de fundición de hierro, que correspondían a ese modelo de carrocería.

Con lo aprendido el día anterior, en cuanto a regular la suspensión trasera, pusimos manos a la obra y entre mi viejo, mi cuñado y yo le dimos la altura que necesitábamos para viajar hasta Mar de Ajó.

El arreglo que hicimos con mi cuñado y mi viejo nos llevó, nos trajo de vuelta y mi cuñado siguió usando el auto hasta que lo vendió, sin ningún tipo de problema en la suspensión trasera. A veces es bueno aprender algo nuevo y en especial si se aplica a los autos viejos que supimos conseguir.

Todo tiene un porqué. Nos lamentábamos por los días perdidos en llegar a la costa bonaerense, por la demora con la suspensión del Renault 6 de mi cuñado. Cuando estábamos llegando a Mar de Ajó vimos, en la ruta interbalnearia, un tinglado, que había sido un corralón de materiales de construcción, totalmente retorcido en el piso. Imaginamos que había sido una fuerte tormenta de viento. En nuestros días en Mar de Ajó nos enteramos que una tormenta muy fuerte de viento y lluvia había azotado toda la Costa Atlántica. Por eso el tinglado estaba en ese estado. Zafamos de una tormenta de aquellas.

Nuestro viaje fue durante la noche del día miércoles y llegamos sin novedades a Mar de Ajó, en la mañana del jueves. Buscamos un sitio en la playa y allí armamos nuestro campamento, que sería nuestra residencia por dos semanas. Armamos la carpa para cinco personas, el ante comedor y el baño. Además teníamos un sobre techo de carpa que usamos a manera de alero, donde solíamos desayunar, luego de buscar madera para hacer asado.

El campamento que armamos en la playa de Mar de Ajó. Se puede ver la bomba de agua,
el  Renault 6, las carpas y al fondo a la izquierda el trailer BF. La foto fue tomada al
amanecer antes que caigan los turistas a la playa.

Sí, al amanecer antes que el malón de gente invadiera la playa salíamos todos a buscar leña y bosta de vaca para hacer asados en la playa. Aquellos que no han estado en el campo pensarán que la bosta de vaca no sirve para cocinar, pues se equivocan. Luego de secarlas al sol las bostas de vacas son como Briquetas ecológicas. En definitiva es pasto procesado, que arde una facilidad increíble.

Luego de la tarea de búsqueda venía el desayuno con galletitas Express con manteca y dulce de leche. No se olviden que habíamos gastado muchas energías. Así que de engordar ni hablar. Todo se quemaba en el ejercicio que realizábamos en las tareas del campamento. Mientras tanto el Renault 6 y el trailer descansaban en lo alto de los médanos. El Renault subía donde otros autos no llegan ni de casualidad.

Una vez quisimos ir, en la tarde, hasta Punta Médanos, cerca de donde está el faro de Mar de Ajó. No pudimos porque la arena estaba muy pesada y el Renault bramaba que daba gusto. Llegamos hasta un lugar determinado y allí nos dedicamos a recorrer los médanos del lugar. Al rato oímos como venía bramando un vehículo del lado del faro. Quién sería nos preguntamos. Era una Cherokee que venía con cinco pasajeros y rugiendo porque el piso la obligaba a usar la baja y la doble tracción. Y nosotros queríamos llegar en el Renault 6.

Al volver se nos rompió el acelerador del Renault. El Renault 6 tiene un triángulo que hace funcionar el acelerador y cebador. Esa pieza se había roto. Por lo tanto tuvimos que ponerle una soguita y acelerar desde la ventanilla. Pudimos llegar al campamento. Al otro día tuvimos que ir a un taller mecánico, especializado en Renault, que nos repararon el problema. Me acuerdo que el mecánico, un hombre grande, se llamaba Juan. Todos lo conocían como Don Juan.

Don Juan le dijo a mi cuñado que cuando pudiera cambiara el carburador, que no era el original. Esto para que mejorara el andar y la carburación. Al tiempo de volver mi cuñado consiguió un Solex original, sin uso, y el filtro de aire correspondiente. No se imaginan como mejoró el andar del Renault 6. Hasta bajó el consumo de nafta y la afinación del motor duraba muchos kilómetros más.

Una tarde comenzó a soplar un fuerte viento del sur que impedía que los pájaros lograran tener un vuelo como la gente. Mi cuñado se subió a un médano con la esperanza de poder atrapar uno con el mediomundo. Sí, suena a cosa de locos pero el clima también lo estaba.

Al atardecer el viento se puso cada vez más fuerte y mi cuñado que permanecía sentado sobre la heladera de camping, soportaba el viento que empujaba el frente de lona del ante comedor de la carpa. Por la radio escuchamos que la tormenta, que se veía venir desde la tarde, había volado techos en Mar del Plata e inundado calles en Pinamar. De Pinamar estábamos a menos de 50 kilómetros, porque nuestro campamento estaba a unos 9 kilómetros al sur del pueblo de Mar de Ajó.

Al caer la noche la tormenta avanzaba hacia nosotros como un gigantesco avión cubriendo todo el cielo visible. Ya estábamos preparados para lo peor, lluvia demencial y un viento de más de 100 kilómetros por hora. Lentamente el cielo se podía azul, casi negro y los relámpagos se veían en todo su esplendor.

No es lo mismo ver una tormenta sentado en el sofá del living, en nuestro televisor, con el control remoto en una mano. La percepción del tiempo y la naturaleza es real. Nada que nos muestre la televisión se acerca a la experiencia vivida por uno en una situación semejante. Tampoco estas líneas terminan de reflejar la sensación que se tiene ante la inmensidad de una tormenta que tiene cientos de kilómetros de frente.

No recuerdo una cosa igual. La tormenta llega hasta nuestras cabezas con un poco de lluvia y algo de viento. Casi nos decepciona, por lo escuchado por la radio. Ahí es cuando ocurre algo que jamás había visto en mi vida y tal vez no lo vuelva a ver.

La tormenta al llegar a Mar de Ajó se parte en dos. La mayor parte se interna en el mar, hacia el este. Con un panorama terrible para aquellas embarcaciones que se toparan con esa parte de la tormenta. La parte menor se interna en el continente hacia el oeste. Así la tormenta inmensa se divide en dos y en Mar de Ajó deja algunas gotas de agua y un poco de viento. Visto el panorama esa noche dormimos tranquilos. En Mar de Ajó ni se enteraron del espectáculo que asistimos aquella noche, jamás podré olvidar esa tormenta partida.

Un capítulo aparte fue el trailer marca BF, que era y es porque todavía lo conservamos, que está construido en chapa galvanizada. En los quince días que estuvo en la playa, a menos de cien metros del mar, no presentó el menor atisbo de oxidación. Además el comportamiento en la ruta fue excepcional. La suspensión es por barras de torsión, así que se movía menos que el Renault 6. Pensé que los días en la playa lo estropearían para siempre. Me equivoqué han pasado quince años y está igual que el primer día.

Unas vacaciones que empezaron mal y siguieron muy bien. No todo lo que empieza mal debe terminar igual. Además las cosas suceden por algo. Por eso hay que dejar fluir las circunstancias, a veces se acomodan solas.

Mauricio Uldane

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