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Thứ Bảy, 4 tháng 1, 2014

Dos autos y una casa rodante

Un viaje de vacaciones a Mar de Ajó en dos automóviles y una casa rodante. Un campamento frente al Mar Argentino a mediados de los años ’80. Un grupo de personas vacacionando en el mes de enero.

Parte del campamento en las playas de Mar de Ajó en enero de 1986.


Mi padre había comprado un Renault 6 GTL modelo 1981 de color azul y lo usaba para nuestros viajes de fin de semana a San Miguel. Cuando se acercaba el verano de 1986 decidió comprar una rural Ford Falcon modelo 1977 de color verde. Que estaba en muy buen estado y era el modelo de lujo, la que traía el vidrio de la luneta trasera eléctrico. Toda una tecnología para aquellos años en Argentina.

En vistas de la proximidad de las vacaciones, durante el mes de enero de 1986, compró una casa rodante usada. A la que la pusimos en condiciones en la casa de mi abuela Adelina en San Miguel. Hubo que arreglarle algunas cosas y pintar otras.

Así el equipo de transporte se integraba por la Falcon rural, tirando la casa rodante y el Renault 6. Semejante transporte porque seríamos nueve los integrantes de esas vacaciones  en las playas de Mar de Ajó en el verano de 1986.

El staff se integraba por mi padre, Lorenzo, la mando de la rural Falcon, mi madre, Rosa, mi madrina, Olga, mi abuela Adelina y mi tía abuela, Estela, los ocupantes. En el segundo vehículo, el Renault 6, los pasajeros eran, mi padrino, Oscar, la hija de él, Sonia, mi hermana, Alejandra y yo al mando, ya que mi padrino nunca aprendió a manejar.

Conformado el equipo partimos rumbo a la Costa Atlántica, por la vieja Ruta 2, hoy autovía, hasta el empalme con la Ruta 36, que nos llevaría hasta la Ruta11, ya asfaltada para 1986. Con la consabida parada en Pipinas para reponer combustible y descargar las vegijas.

El viaje de ida fue sin contratiempos y de noche. Llegamos a Mar de Ajó muy temprano por la mañana. A unos nueve kilómetros, uno por persona, al sur de Mar de Ajó, armamos nuestro campamento, que parecía una pequeña villa veraniega.

Porque además de la casa rodante, que era para cuatro personas, llevábamos dos carpas, dos ante comedores, un alero y un baño. La casa rodante tenía uno de los ante comedores, que se adosaba a la carrocería y permitía otro ambiente donde realizábamos nuestras comidas diarias.

Mis padrinos habían llevado una carpa para cinco personas, pero solo ellos dos pernoctaban en ella. La carpa también les servía para guardar los bártulos con la ropa que usarían en las vacaciones.

Mis viejos y yo dormíamos en otra carpa para cinco personas, que por delante tenía puesto el otro ante comedor. Al cual mi padrino bautizó: “La matera”. Porque allí solían desayunar con mates con mi madrina. Un alero naranja, que había sido un sobretecho de una carpa era otro refugio en busca de sombra.

En casa rodante dormían mi tía abuela, mi abuela, la hija de mis padrinos y mi hermana. Así todos los integrantes del campamento tenían un lugar donde descansar por las noches. Ya que dormir la siesta era una tarea insana, por el calor que toman las carpas y la casa rodante. Lo mejor era estar a la sombra de un alero.

El campamento se complementaba con un baño de color azul. ¡Ah! Me olvidaba de la bomba de agua para tener agua dulce para lavar la ropa, los cacharros y la cabeza para sacarnos la sal del agua de mar del pelo. Y por supuesto la consabida soga para secar la ropa.

Otra vista del campamento de enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Un día apareció una señora que le pidió prestada, a mi padre, una plancha para cocinar unos bifes. Mi viejo averiguó sino la íbamos a usar y se la prestó. La mujer le preguntó: “¿a qué hora desarman todo y se van?”. “¿Cómo?”, le respondió mi padre. “Le digo a que hora se van de la playa”, dijo la mujer. “Señora nos llevó tres días armar todo el campamento”, le contestó mi padre. “¿Se quedan en la noche?” inquirió la señora.

Ante la nueva pregunta mi padre le dijo que hacíamos diez días que estábamos acampados en el lugar. La señora no podía entender y manifestó su miedo por la noche. Mi padre le dijo que el miedo lo teníamos, nosotros, durante el día cuando llegan los turistas a la playa. No por inseguridad, sino por intranquilidad.

Aquellos que tuvieron la suerte de acampara junto al mar saben de qué hablo. Al quedar casi desierta la playa la tranquilidad aflora. Como cuando llegan las gaviotas, de quién sabe donde, a comerse los restos de comida que dejaron los turistas en el día. Ahí es cuando la playa te pasa a pertenecer, por lo menos hasta el otro día a media mañana, cuando aparecen los primeros turistas con el fin de pasar el día.

Las compras de alimentos la hacíamos en el pueblo de Mar de Ajó en una carnicería y verdulería. Como éramos nueve para comer las compras eran abundantes. Tanto era así que solíamos salir del local con un cajón de madera lleno de alimentos comprados para saciar nuestro hambre. Un día al salir con el consabido cajón, que llevaban en andas mi hermana y la hija de padrino, ambas chicas de unos quince años, iban al coro de “somos muchos, somos muchos”.

Lo decían porque algunas personas que esperaban para hacer sus compras, miraban azoradas, como esas dos niñas salían con un cajón llevo de verduras, frutas y carne. Las chicas no querían pasar vergüenza por la cantidad de alimento que portaban en sus manos.

Para realizar las compras usábamos el Renault 6. Como cuando regresamos, un sábado a la tarde, de misa en la capilla de Mar de Ajó. Una tormenta se había armado como para alquilar balcones. Viento fuerte, muy fuerte, que volaba todo lo que podía a su paso. Nosotros nos metimos en el auto y salimos disparados para el campamento.

A bordo del Renault íbamos mi madre, mi tía abuela, mi madrina, la hija de ella, mi hermana y yo de chofer. El camino de regreso lo hicimos en santiamén. Volaba por las calles de tierra desiertas. Todo para llegar cuanto antes al campamento en el que habían quedado mi padre, mi padrino y mi abuela. Llegamos pronto. En la playa no quedaba nadie. Todos habían salido disparando por el frente de tormenta que se había armado.

El viento paró y la lluvia no fue nada en comparación con el presagio que anunciaba. Pero el susto igual lo tuvimos. Pensábamos que las carpas se las llevaba el viento, junto con la casa rodante. Por suerte nada de eso pasó. Son gajes de la vida de campamento.

Pero todo eso bien vale la pena por los quince días que se pasan en la playa. Eran la mejor forma de reponerse de las tensiones y cargas del año. Uno se energizaba para afrontar con mejores condiciones el nuevo año que había comenzado. Felices días de campamento junto al mar.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Hai, 18 tháng 2, 2013

El Yeyo y la casa plegable


Mi padre tuvo un Peugeot 404 modelo 1976 con el cual hicimos varios viajes de vacaciones a la Costa Atlántica.Muchos años tuvo ese 404 y la verdad fue uno de los mejores autos que compró mi viejo. A comienzos de la década del ’80 decidió ponerle un enganche para remolcar una casa rodante que le prestaron.  Así nos fuimos de vacaciones a Mar de Ajó.

Extracto de una publicidad de la revista Gente del  10 de octubre de 1974.


Ya habíamos tenido una experiencia con una casa rodante, en unas vacaciones en la Costa Atlántica. Aquellas vacaciones fueron bastante accidentadas. Mi viejo quiso reincidir con otra casa rodante que le prestó mi tío Alberto. La característica de esta casa rodante era que se plegaba.

La parte inferior y la superior eran de fibra de vidrio. Las cuatro paredes de la casa rodante eran de lona. Por medio de un sistema de tijeras y gusanos se la podía elevar hasta formar una especie de tienda con techo y piso de plástico. La casa rodante no era nueva y la habían usado bastante. Mal usado sería el mejor término para describirla. No estaba en las mejores condiciones, pero serviría para el uso que le daríamos en ese enero en las playas de Mar de Ajó.

Al poner en condiciones la casa rodante notamos, con mi viejo, que la suspensión del lado derecho estaba muy inclinada. Sospechamos que tendríamos problemas en el viaje. No estábamos equivocados y el tiempo nos daría la razón. Salimos por la noche, como le gustaba viajar a mi padre por aquellos años. No hicimos cinco kilómetros cuando la rueda derecha, de la casa plegable, explotó. Porque el resorte helicoidal rozaba la banda de rodamiento del neumático.

Cambiamos la rueda, por la de auxilio, y nos encaminamos a la casa de mi tío Alberto. Por un momento pensé que las vacaciones en la playa se habían acabado allí en San Miguel. Sacamos de la cama a mi tío. Bajo una serie de protestas logró reparar la mala inclinación de la rueda derecha. No sin antes reprocharnos el exceso de equipaje que llevábamos en la casa plegable. La verdad que nuestras idas de vacaciones eran pequeñas mudanzas. Más cuando acampábamos en la playa.

Reparada la casa plegable partimos nuevamente hacia la costa bonaerense. En aquellos años ya estaba asfaltada la Ruta11. Así que fuimos por la Ruta2 hasta empalmar con la Ruta36 y seguir camino hasta Pipinas. Ese nombre siempre a tenido reminiscencias de parada técnica en una estación de servicio. Raro era llegar a las 4 de la madrugada, todavía de noche, y el playero te recibía con un cordial: “buenos días”.

Cargado el combustible y vaciadas nuestras vegijas partimos rumbo a General Conesa, donde al doblar a la izquierda, ya el olor a mar estaba en nuestras cabezas. El viaje no presentó ningún inconveniente. Salvo que al llegar a la entrada de San Clemente del Tuyú, donde debíamos girar a la derecha, para tomar la Ruta Interbalnearia, hasta Mar de Ajó, la policía de la provincia de Buenos Aires nos indica que paráramos.

Les recuerdo que todavía estábamos en plena dictadura cívico-militar, la última que supimos conseguir. Al volante del Yeyo iba el que  escribe estas líneas. Por esa época tenía unos 20 años. Ante la señal de detenerme mi viejo me dice: “poné las balizas”. Lo hago y comienzo a bajar la velocidad del auto, que venía arrastrando la casa plegable.

Sorpresivamente el policía ante la visión que venía con una casa rodante y toda la familia arriba del auto me indica que siga. El temor en aquellos oscuros años era que te detuvieran y te revisaran todo el auto y la casa rodante. Situación que habían soportado algunas personas que fueron de vacaciones a la playa. Mi padre y mi madre de solo pensar lo que nos llevaría la revisión de la casa rodante, imaginaron que las vacaciones se podían acabar allí mismo. Por suerte nada de eso sucedió.

Llegamos a Mar de Ajó sin otro inconveniente. Solo que al entrar en el pueblo el enganche de la casa rodante comenzó a rozar el pavimento en las esquinas con las cuentas pronunciadas. Cuando se asfaltó la mayoría de las calles de Mar de Ajó se realizaron profundas cunetas en las esquinas, para que el agua de lluvia drenara al mar.

Pero sorteando este nuevo pequeño escollo llegamos al Mar Argentino. Ingresamos a la playa y comenzamos a buscar el lugar que sería nuestro hogar por los próximas dos semanas. En ese ínterin un pequeño niño le grita a su padre: “mirá una heladera gigante”. La mejor descripción de la casa rodante plegable, vista de perfil, era la que dio ese chico en la costa de Mar de Ajó: una heladera gigante. Pintada de blanco en su parte superior y celeste en su parte inferior, realmente parecía una heladera portátil tan usual y vista en las vacaciones en la playa bonaerense.

La playa bonaerense tiene sus cosas en cuanto a lo climático y la verdad que algunas las conocíamos y otras no. Como sufrir una de las primeras sudestadas que nos toco vivir. Creo que fue con esa casa rodante. El mar comenzó a crecer hasta llegar a la casa plegable. Ingenuamente empezamos a cavar una zanja en la arena para detener el agua.

Cuando estábamos en la tarea de zanjear pasó un carrito tirado por un caballo, que en alguna época supieron ser los taxis de Mar de Ajó. El tipo de arriba nos grita: “así no van a parar la sudestada”. Por supuesto que tenía razón. Como subió el agua bajó normalmente. Amenizamos la situación comiendo huevos de pascuas del año anterior que había hecho mi madre.

También soportamos una lluvia torrencial con viento que obligó a mi madre y mi padre pasarse la tormenta sosteniendo los caños de la carpa totalmente ensopada por la lluvia. Habíamos llevado una carpa en la cual dormían mis viejos y en la casa rodante estábamos mi tía abuela, mi abuela, mi hermana y yo. La casa rodante tenía un ante comedor donde comíamos y pasábamos nuestro tiempo a la sombra.

Antes de regresar a casa mi viejo quiso reparar la inclinación de la suspensión derecha de la casa rodante. Averiguamos quién podía realizar el trabajo para tener un feliz viaje a casa. Nos indicaron que el que podía ayudarnos era el Alemán.

Así conocimos a ese personaje y artesano de la chapa de Mar de Ajó. Nos reparó la suspensión en la calle y hasta nos ofreció bebidas frías, porque estábamos todos, los 6 integrantes del campamento, con todos los bártulos cargados listos para partir a casa para retornar a nuestras actividades. No sería la última vez que usaríamos los servicios del Alemán. Nos arreglaría un tanque de nafta y sería una persona a visitar, cada vez que recalábamos en Mar de Ajó. El Alemán fue una institución en el pueblo de Mar de Ajó.

El regreso de las vacaciones se desarrolló normalmente, salvo que cuando tomamos la Ruta 36 nos sorprendió una lluvia en el camino a casa. Pipinas era nuestra parada obligada, también, al volver a casa. Allí comimos rápido ante la mirada en el horizonte por una tormenta que crecía rápidamente. “Comamos rápido que se viene la lluvia” declaró mi padre y no se equivocó.

Al salir a la ruta se desató una lluvia torrencial. Ya de noche vi por primera vez sapos atravesar la ruta de un lado a otro. La situación se repitió varias veces a lo largo de la Ruta36. Llovió todo el regreso a casa y aún en San Miguel, donde tuvimos que dejar el desembarco de los bártulos para cuando mejorara el tiempo. Pero, habíamos ido de vacaciones a la playa y lo disfrutamos. Eso valió todos los contratiempos.

Mauricio Uldane

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