Hiển thị các bài đăng có nhãn vacaciones. Hiển thị tất cả bài đăng
Hiển thị các bài đăng có nhãn vacaciones. Hiển thị tất cả bài đăng

Thứ Bảy, 4 tháng 1, 2014

Dos autos y una casa rodante

Un viaje de vacaciones a Mar de Ajó en dos automóviles y una casa rodante. Un campamento frente al Mar Argentino a mediados de los años ’80. Un grupo de personas vacacionando en el mes de enero.

Parte del campamento en las playas de Mar de Ajó en enero de 1986.


Mi padre había comprado un Renault 6 GTL modelo 1981 de color azul y lo usaba para nuestros viajes de fin de semana a San Miguel. Cuando se acercaba el verano de 1986 decidió comprar una rural Ford Falcon modelo 1977 de color verde. Que estaba en muy buen estado y era el modelo de lujo, la que traía el vidrio de la luneta trasera eléctrico. Toda una tecnología para aquellos años en Argentina.

En vistas de la proximidad de las vacaciones, durante el mes de enero de 1986, compró una casa rodante usada. A la que la pusimos en condiciones en la casa de mi abuela Adelina en San Miguel. Hubo que arreglarle algunas cosas y pintar otras.

Así el equipo de transporte se integraba por la Falcon rural, tirando la casa rodante y el Renault 6. Semejante transporte porque seríamos nueve los integrantes de esas vacaciones  en las playas de Mar de Ajó en el verano de 1986.

El staff se integraba por mi padre, Lorenzo, la mando de la rural Falcon, mi madre, Rosa, mi madrina, Olga, mi abuela Adelina y mi tía abuela, Estela, los ocupantes. En el segundo vehículo, el Renault 6, los pasajeros eran, mi padrino, Oscar, la hija de él, Sonia, mi hermana, Alejandra y yo al mando, ya que mi padrino nunca aprendió a manejar.

Conformado el equipo partimos rumbo a la Costa Atlántica, por la vieja Ruta 2, hoy autovía, hasta el empalme con la Ruta 36, que nos llevaría hasta la Ruta11, ya asfaltada para 1986. Con la consabida parada en Pipinas para reponer combustible y descargar las vegijas.

El viaje de ida fue sin contratiempos y de noche. Llegamos a Mar de Ajó muy temprano por la mañana. A unos nueve kilómetros, uno por persona, al sur de Mar de Ajó, armamos nuestro campamento, que parecía una pequeña villa veraniega.

Porque además de la casa rodante, que era para cuatro personas, llevábamos dos carpas, dos ante comedores, un alero y un baño. La casa rodante tenía uno de los ante comedores, que se adosaba a la carrocería y permitía otro ambiente donde realizábamos nuestras comidas diarias.

Mis padrinos habían llevado una carpa para cinco personas, pero solo ellos dos pernoctaban en ella. La carpa también les servía para guardar los bártulos con la ropa que usarían en las vacaciones.

Mis viejos y yo dormíamos en otra carpa para cinco personas, que por delante tenía puesto el otro ante comedor. Al cual mi padrino bautizó: “La matera”. Porque allí solían desayunar con mates con mi madrina. Un alero naranja, que había sido un sobretecho de una carpa era otro refugio en busca de sombra.

En casa rodante dormían mi tía abuela, mi abuela, la hija de mis padrinos y mi hermana. Así todos los integrantes del campamento tenían un lugar donde descansar por las noches. Ya que dormir la siesta era una tarea insana, por el calor que toman las carpas y la casa rodante. Lo mejor era estar a la sombra de un alero.

El campamento se complementaba con un baño de color azul. ¡Ah! Me olvidaba de la bomba de agua para tener agua dulce para lavar la ropa, los cacharros y la cabeza para sacarnos la sal del agua de mar del pelo. Y por supuesto la consabida soga para secar la ropa.

Otra vista del campamento de enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Un día apareció una señora que le pidió prestada, a mi padre, una plancha para cocinar unos bifes. Mi viejo averiguó sino la íbamos a usar y se la prestó. La mujer le preguntó: “¿a qué hora desarman todo y se van?”. “¿Cómo?”, le respondió mi padre. “Le digo a que hora se van de la playa”, dijo la mujer. “Señora nos llevó tres días armar todo el campamento”, le contestó mi padre. “¿Se quedan en la noche?” inquirió la señora.

Ante la nueva pregunta mi padre le dijo que hacíamos diez días que estábamos acampados en el lugar. La señora no podía entender y manifestó su miedo por la noche. Mi padre le dijo que el miedo lo teníamos, nosotros, durante el día cuando llegan los turistas a la playa. No por inseguridad, sino por intranquilidad.

Aquellos que tuvieron la suerte de acampara junto al mar saben de qué hablo. Al quedar casi desierta la playa la tranquilidad aflora. Como cuando llegan las gaviotas, de quién sabe donde, a comerse los restos de comida que dejaron los turistas en el día. Ahí es cuando la playa te pasa a pertenecer, por lo menos hasta el otro día a media mañana, cuando aparecen los primeros turistas con el fin de pasar el día.

Las compras de alimentos la hacíamos en el pueblo de Mar de Ajó en una carnicería y verdulería. Como éramos nueve para comer las compras eran abundantes. Tanto era así que solíamos salir del local con un cajón de madera lleno de alimentos comprados para saciar nuestro hambre. Un día al salir con el consabido cajón, que llevaban en andas mi hermana y la hija de padrino, ambas chicas de unos quince años, iban al coro de “somos muchos, somos muchos”.

Lo decían porque algunas personas que esperaban para hacer sus compras, miraban azoradas, como esas dos niñas salían con un cajón llevo de verduras, frutas y carne. Las chicas no querían pasar vergüenza por la cantidad de alimento que portaban en sus manos.

Para realizar las compras usábamos el Renault 6. Como cuando regresamos, un sábado a la tarde, de misa en la capilla de Mar de Ajó. Una tormenta se había armado como para alquilar balcones. Viento fuerte, muy fuerte, que volaba todo lo que podía a su paso. Nosotros nos metimos en el auto y salimos disparados para el campamento.

A bordo del Renault íbamos mi madre, mi tía abuela, mi madrina, la hija de ella, mi hermana y yo de chofer. El camino de regreso lo hicimos en santiamén. Volaba por las calles de tierra desiertas. Todo para llegar cuanto antes al campamento en el que habían quedado mi padre, mi padrino y mi abuela. Llegamos pronto. En la playa no quedaba nadie. Todos habían salido disparando por el frente de tormenta que se había armado.

El viento paró y la lluvia no fue nada en comparación con el presagio que anunciaba. Pero el susto igual lo tuvimos. Pensábamos que las carpas se las llevaba el viento, junto con la casa rodante. Por suerte nada de eso pasó. Son gajes de la vida de campamento.

Pero todo eso bien vale la pena por los quince días que se pasan en la playa. Eran la mejor forma de reponerse de las tensiones y cargas del año. Uno se energizaba para afrontar con mejores condiciones el nuevo año que había comenzado. Felices días de campamento junto al mar.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 17 tháng 8, 2013

Un regreso accidentado

Una vuelta a casa con accidente. Todo empezó con barro en la ruta en unas vacaciones en Mar de Ajó. Allá por mediados de la década del 60. Una historia vista con los ojos de un niño.

El Ford 1941 que nos llevó, a través del barro, a Mar de Ajó.
La foto la tomó mi padre en enero de 1966.


Nos detuvimos en la estación de servicio El Centinela a cargar nafta. Última parada obligada antes de bajar a la tierra y llegar a las playas de Mar de Ajó. Llovía y mi padre le preguntó al playero que hacía.

“Siga nomás, antes que el camión de la nafta le rompa la ruta con las duales” le respondió el empleado de El Centinela, a mi viejo. Así fue como logramos alcanzarlo en lo que hoy se denomina Ruta Interbalnearia, que antes estaba ubicada muchos kilómetros más cerca de la entrada a General Lavalle.

El camión de la Essoiba tirando barro, para atrás, en la ruta. Tal como le había dicho el playero de El Centinela a mi padre. La ruta quedaba poceada y se convertía en intransitable, a veces, por dos días hasta que el personal de Vialidad Provincial reparaba los daños. Pasar el camión cisterna, con acoplado, nos llevó un buen rato y varios kilómetros.

El Ford 1941 sedan 4 puertas, que nos llevaba a las vacaciones en la playa, era de color crema. Color que desapareció bajo el barro de la ruta. Tal como atestigua la foto, el Ford, parecía un auto de TC (Turismo Carretera) luego de una carrera en el barro. Así embarrados hasta el techo llegamos a la Avenida del Libertador que nos depositaba en el centro mismo de Mar de Ajó.

Avanzamos por la avenida ante la mirada de los transeúntes que gozaban de sus
Consabidas vacaciones playeras. El día era gris por lo poco que recuerdo. Tendría unos cinco o seis años por aquel entonces.

De las vacaciones en Mar de Ajó poco recuerdo. No así del regreso por esa misma ruta hacia San Miguel, cabecera de nuestro viaje. Luego, al finalizar las vacaciones volveríamos al barrio porteño de Recoleta, donde nací y me crié.

El regreso fue sin lluvia y sin barro, por suerte. No para nosotros sino para los que sufrieron el accidente que ahora les voy a contar.

Aquella vieja ruta interbalnearia de tierra, que en definitiva, era la continuación del trazado de la vieja Ruta 11 de tierra y conchilla, terminaba en forma de “T”. Eso sucedía cuando se entroncaba con el camino que seguía de largo hacia San Clemente del Tuyú.

Viniendo desde Mar de Ajó había que doblar hacia la izquierda, rumbo a Esquina de Crotto, previo paso por El Centinela, parada obligada en el reabastecimiento de combustible.

Mi viejo bajó la velocidad porque vio venir del lado izquierdo, desde Esquina de Crotto, un NSU Prinz rojo. El NSU venía rápido, muy rápido, como para seguir hacia San Clemente del Tuyú. De pronto, ya en el cruce de la ruta interbalnearia, dobla.

Como consecuencia de la brusca maniobra comienza a volcarse. Dando varios tumbos, ante la sorpresa de todos los que estábamos dentro del Ford 41, termina en la zanja de nuestro lado. Por suerte la lluvia de quince días atrás había pasado y la zanja estaba seca. Allí terminó su derrotero de tumbos el NSU quedando con sus cuatro ruedas apuntando al inmenso cielo bonaerense.

Mi padre, mi madre y mi tía abuela se bajaron del auto para ayudar a los integrantes del NSU rojo. El cual seguía con su motor encendido pese al vuelco. Mi padre logró detener el motor, previendo un incendio del auto. Ayudó a salir a una muchacha, que conducía, y a un muchacho que iba de acompañante.

Ambos atontados por el vuelco. Empezaron aparecer los curiosos a los cuales mi padre despachó para que no molestaran. Cuando va a tratar de enderezar el NSU el muchacho le grita hay otra persona en el auto. Era una chica que estaba en el asiento trasero junto a una guitarra que se partió al medio.

El saldo del vuelco fue el parabrisas desprendido de su lugar, pero intacto, algún bollo menor, la guitarra rota y el atontamiento de los ocupantes del NSU rojo. El atontamiento lo curó mi tía abuela con método eficaz y rendidor. Un par de cachetazos, para que reaccionaran, seguidos de un buen vaso de agua fría. También una aspirina fue parte del tratamiento de campaña.

Mientras tanto yo, que era un niño, observaba la situación con verdadero asombro. Han pasado casi 50 años y aún conservo algunas imágenes del suceso. Por eso es que les puedo relatar el accidente.

Una vez que se repusieron del susto, los ocupantes del NSU, siguieron viaje hacia la costa. Adentro iban el parabrisas despedido, la guitarra rota y tres jóvenes que no olvidarían el vuelco del NSU rojo. Jóvenes, que según los mayores de mi familia, andaban escapados por algún motivo.

Era viernes o sábado no lo recuerdo del todo. Es decir que era el comienzo del fin de semana. Es posible que se hubieran pegado una escapada a la costa bonaerense en aquel fin de semana de la década del 60. De eso se habló en el viaje de regreso a casa. Un regreso con algo para contar.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Thứ Bảy, 3 tháng 8, 2013

Un chivo en el barro

El regreso de unas vacaciones en la playa y el barro en la ruta. Un viejo automóvil tratando de llegar a su destino. Todo esto ocurrió hace 40 años en la vieja Ruta 11 de la Costa Atlántica.

El Chevrolet 1938 que mi padre tuvo muchos años a préstamo.


Hubo una época que para llegar a las playas del actual Partido de la Costa había que recorrer varios kilómetros de tierra. Ahí se centra este nuevo relato con experiencias vividas a bordo de uno de los viejos autos que supimos conseguir.

Nos remontamos 40 años en el tiempo y llegamos al final de unas vacaciones, pasadas en las playas de Mar de Ajó, en la provincia de Buenos Aires. Al volvernos a casa, para retomar nuestras tareas habituales, el barro nos sorprendió en la Ruta 11.

Por aquellos años era de tierra asentada con conchilla que sacaban de la costa bonaerense. Un noble Chevrolet 1938 nos había llevado hasta las playas de Mar de Ajó y, por supuesto, nos traía de regreso a casa.

Salimos del pueblo sin inconvenientes. Un día antes había llovido, pero nada que resultara tan intenso como para estropear el viaje de regreso a San Miguel. Sin embargo parece que sí había llovido más de la cuenta.

A poco de transitar por la Ruta11, en el tramo que hoy es la Ruta Interbalnearia, las cosas empezaron a complicarse. Para mediados de los ’70 esa ruta era de tierra y se ubicaba más hacia el oeste que en la actualidad. Todavía es posible transitarla desde la localidad de General Llavalle.

El barro comenzó a aflorar y el tránsito de la ruta empezó a ponerse denso y lento. Habíamos salido a media mañana. Al avanzar hacia San Clemente del Tuyú nos encontramos ya con el tránsito atascado totalmente.

Los autos no avanzaban y si lo hacían era muy lentamente. ¿Qué pasaba? Un micro de larga distancia se había cruzado, por patinar en el barro, a todo lo ancho de la ruta. Había quedado un pequeño espacio cercano a la banquina contraria para pasar. El micro quedó mirando en contra del mar.

Una hilera de autos esperaba avanzar para continuar el viaje. En eso aparece un tipo, que venía del lado del micro encajado, avisando, auto por auto, que solo podían pasar camionetas  y autos altos. Me lo dice a mí, que estaba del lado del conductor, les recuerdo que el Chevrolet 1938 venía con volante a la derecha.

Le pregunto si podíamos pasar. Mira el rodado del  Chevrolet y me confirma que podemos avanzar. Así lo hicimos. Mientras tanto una camioneta Ford F-100 con cúpula nos había pasado por la baquina izquierda. Lo hizo casi de costado con las ruedas metidas hasta la mitad en el barro que reinaba en ese lugar.

Así fue como pasamos los vehículos que dábamos con el requisito de afrontar el resto del camino hasta El Centinela, la primera estación de servicio desde la costa. Avanzamos tranquilos en segunda y por el medio de la ruta embarrada.

Adelante nuestro, y a los lejos, iba la F-100que nos había pasado por la banquina. En eso alguien, detrás nuestro, comienza a tocarnos bocina. Mi viejo dice “viene un loco atrás nuestro que quiere pasarnos”.

Efectivamente era un Fiat 1100. La pregunta era cómo lo habían dejado pasar. El tipo seguí tocando la bocina como un poseso. Cuando pudo mi padre le dejó paso porque ya no lo soportaba más.

Increíblemente nos pasó el Fiat 1100 con dos ocupantes. Un señor, que manejaba protestando y a su lado una señora. Rápidamente se alejó y se puso detrás de la F-100 repitiendo la misma maniobra que usó con nosotros: pegándose a la bocina del 1100.

El conductor de la F-100terminó dejándolo pasar. Lo que no comprendíamos era el apuro del tipo si podía circular perfectamente. Aunque lo hacia a una velocidad mayor que la nuestra.

La explicación la obtuvo, mi viejo,  mucho tiempo más tarde. Resulta que el Fiat 1100 tiene unas cualidades barreras notables para su tamaño y despeje. Pero, siempre y cuanto se mantenga una buena velocidad en tercera marcha. De lo contrario el auto se queda encajado. Por eso el apuro del tipo.

Llegamos a la estación de servicio El Centinela, detrás de la F-100, embarrados hasta el techo. El Chevrolet 1938 no tenía lavaparabrisas así que ver a través del vidrio se hacia muy difícil. Lavarlo no fue una tarea nada sencilla.

Paramos un rato largo a almorzar y descansar, luego del estresante viaje por la Ruta Interbalnearia.Mucho tiempo, después de estar detenidos comenzamos a ver pasar autos totalmente embarrados por la Ruta11.

Al micro atravesado no lo vimos. Imagino que tal vez rompió uno de los palieres en el esfuerzo por sacarlo de la banquina. Un regreso accidentado hasta que llegamos al asfalto. Pero una experiencia para contar a las nuevas generaciones que no conocieron esa vieja Ruta 11 de conchilla y barro.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Thứ Bảy, 27 tháng 10, 2012

Un colectivo en la playa (segunda parte)


La segunda parte de las vacaciones en un Mercedes-Benz 1114 modelo 1971. En un enero de 1987 pasamos unos quince días en la playa de Mar de Ajó. Ahora las vivencias que nos sucedieron en esos días de verano.

El 1114 barrido por el Mar Argentino.


Una vez que llegamos a Mar de Ajó buscamos un buen lugar para acampar en la playa. Nos ubicamos unos 8 o 9 kilómetros al sur del pueblo, camino al faro de Punta Médanos. Encontrado el lugar comenzamos a armar el campamento. El colectivo quedó de trompa a los médanos y las carpas las armamos un poco más adentro.

El conjunto estaba integrado por dos carpas para cinco personas y un ante comedor ubicado delante de una de las carpas. Frente a la trompa del colectivo armamos un sobre techo viejo de carpa, que hacía las veces de alero. Además armamos un baño portátil y la soga para la ropa. Por supuesto que también llevamos la bomba sapo para sacar agua dulce.

Como el Renault 4 Lhabía quedado en Moreno, cada dos días movíamos el 1114 para internarnos en el pueblo para hacer las compras necesarias. Siempre quedaba alguien en el campamento.

La experiencia de años de acampar nos había dado un entrenamiento especial para afrontar tormentas. Por eso una noche ante las posibles lluvias resolvimos dormir todos juntos en el colectivo. De lo contrario mis padrinos dormían en una carpa y en la otra lo hacíamos mis viejos, mi futuro cuñado y yo. Mientras que mi hermana, la hija de mis padrinos y mi tía abuela lo hacían en el colectivo. Así estábamos hasta que la lluvia se desencadenó junto al viento.

Mi padrino con una especial sensibilidad por las tormentas nos empezó a decir que saliéramos al pueblo abandonando el campamento. Tanto insistió que mi viejo puso en marcha el 1114 y partimos hacia Mar de Ajó, a eso de las 2 o 3 de la madrugada. Mientras tanto yo trataba de dormir en el piso del colectivo.

Una vez dentro del pueblo, mi padrino, creyó estar a salvo de la lluvia y el viento. Pero este último sacudió todo el resto de la noche el colectivo. Creo que fue peor el remedio que la enfermedad. Pero las aventuras todavía no habían terminado en ese verano de 1987.

Al amanecer retornamos a nuestro campamento, a donde habían quedado las carpas y todo lo demás. No había vecinos molestos y era muy temprano para que aparecieran los turistas que hacen playa durante el día. Mientras tanto en esas primeras horas diurnas la playa es solo para uno.

Cuando volvimos al campamento todo estaba en su sitio como la noche anterior. La lluvia no había sido tan fuerte como el viento. La costa bonaerense sufre fuertes  tormentas de vientos y lluvias. Hemos soportado, en otros años, vientos de cerca de 100 kilómetros por hora y aquí estoy para contarlo, pero vivirlo es otra cosa.

Pasaron dos o tres días cuando el mar comenzó a crecer por una fuerte sudestada. Como era de esperar el agua llegó hasta los médanos y el colectivo quedó barrido por el agua del mar. Dos días grises y con agua hasta los médanos, luego de la lluvia y el viento. Son casi una combinación perfecta como salame y queso.

Una vez que el agua bajó mi viejo quiso sacar el 1114 de su sitio. No hubo caso no se movía. Ya estábamos pensando en ir a buscar ayuda, porque había más gente acampada hacia la salida al pueblo. Cuando aparece un Mercedes-Benz 1214 de color rojo, que estaba acampado junto a la entrada al mar. Venía sacando a los encajados por los dos días de sudestada, acampados junto al mar como nosotros.

Así fue como en un santiamén nos sacó del atolladero y el 1114 recuperó su libertad de la trampa de arena y agua. Nada grave dadas las circunstancias vividas. Hemos pasados por varias sudestadas en el mar a lo largo de años de acampar en la playa.

El resto de las vacaciones lo pasamos bárbaro disfrutando del mar y la playa. Aquellos que han veraneado junto al mar saben de qué hablo. No es lo mismo acampar en un sitio rodeado de personas que en una playa solitaria donde el vecino más cercano puede estar a cinco cuadras.

El contacto con la naturaleza es impresionante al cabo de dos o tres días uno entra en sintonía con el lugar. Comienza a reconocer aromas, animales y plantas. Empieza, de alguna manera, a descubrir como funciona ese hábitat sin ser integrante de ese sistema.

Todo este cúmulo de sensaciones solo por pasar unas vacaciones en un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114. Una experiencia recomendable para aquellos que quieran vivir algo diferente en sus días de descanso.

Mauricio Uldane

Thứ Ba, 23 tháng 10, 2012

Un colectivo en la playa


El año 1987 fue cuando nos fuimos de vacaciones a bordo de un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114 modelo 1971. Nuestro destino eran las playas de Mar de Ajó. El siguiente relato narra esas vacaciones en un enero de 1987 junto al mar.

El 1114 junto al campamento en Mar de Ajó en enero de 1987.


Mi padre compró en 1986 un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114 que había prestado servicio en la provincia de Santa Fe. La idea era armar una casa rodante autopropulsada o más conocida como motor home, por esas cosas del idioma y la colonización.

En línea general el bondi estaba en buenas condiciones. Mi viejo le hizo algunos arreglos menores, nada serio. De mecánica estaba muy bueno y andaba muy bien. Una cosa que le hizo mi viejo fue ponerle el caño de escape que pasara, atrás, por encima de la carrocería. En un viaje a la provincia de Tucumán lo vio en los colectivos y le gustó la idea.

Armamos las vacaciones de enero de 1987 con el Mercedes, que sería parte de nuestra vivienda en los quince días que acamparíamos en la playa de Mar de Ajó. Sería una parte importante de nuestras instalaciones durante nuestras vacaciones veraniegas.

Antes de partir en viaje hacia la Costa Atlántica, mi viejo, le hizo los frenos al colectivo. Pero algo salió mal. En la casa de repuestos le vendieron una medida equivocada de cintas de frenos y no eran de la medida adecuada. Resulta que el 1114 modelo 1971 tenía frenos de aire comprimido y le habían vendido las cintas del modelo sin frenos a aire.

Por lo cual las cintas de freno eran de diferente medida. El resultado fue que me perdí tres días de vacaciones por el retraso en el armado de las campanas. Además el viaje a Mar de Ajó fue con paradas intermedias enfriando las campanas traseras del 1114. Por aquel año la Ruta 2 no era autovía y para viajar tomábamos la Ruta 36 hasta la Ruta 11. Pipinas era una parada obligada, como su nombre lo indica.

Mi padre pensando que mover el colectivo, una vez acampado, no era una buena idea, compró un viejo Renault 4 L para usar en los mandados en el pueblo. Así que le hizo un enganche para llevarlo a remolque hasta la playa. Al salir rumbo a Moreno, donde se nos sumarían mis padrinos con su hija, el enganche del Renault se rompió. Así que el 4 L se quedó durmiendo en Moreno.

De San Miguel partimos mi madre, mi tía abuela, mi padre, mi hermana, mi futuro cuñado, mi abuela que se quedó en Moreno y yo. En Moreno, como dije antes, se nos agregaron mi madrina, mi padrino y la hija de ambos. Así quedó conformada la tripulación del 1114 rumbo a Mar de Ajó. En el interior del colectivo iban todos los bártulos, bolsas con ropa, comida y hasta una cocina en el hueco de la puerta trasera. Lo que se dice un loft rodante.

Dos carpas, un ante comedor, un baño y un sobre techo conformaban el resto de los integrantes del campamento que armaríamos, entre todos, ni bien pisáramos la arena de Mar de Ajó. Hasta llevamos una soga para colgar la ropa. Sucede que no era el primer campamento que armábamos en las playas de Mar de Ajó.

Mi papá pensando que iba a necesitar un reemplazo en la ruta me hizo sacar el registro profesional en la ciudad de Buenos Aires, donde vivíamos por aquellos años. Así que estaba en condiciones de manejar el Mercedes en la ruta. Y pasó en la Ruta 36. Mi viejo cansado me cedió el volante en medio de la ruta. Nunca había manejado un colectivo o camión. Mi primera experiencia.

Al manejarlo comprendí el poder que se tiene al mando de un vehículo de esas dimensiones. También de la responsabilidad de conducirse correctamente. Todo iba bien hasta que empezó a aparecer la banquina, de ambos lados, totalmente removidas. Para sumarle un toque de aventura en la semana había llovido, y mucho. Así que pisar la banquina era sinónimo de irse a la zanja con total garantía.

Así que imaginen un novato al frente de una bestia de chapa y acero con banquinas barrosas y una ruta que no estaba en un estado óptimo. A una velocidad de 80 kilómetros por hora, que hubo que disminuir a 60 kilómetros por hora en algunos tramos. Manejé hasta la estación de servicio de Pipinas. Entrar a la estación de servicio y no llevarme puesto ningún surtidor fue toda una hazaña para mí.

El resto del viaje fue sin novedades, con cambio de chofer, mi padre volvió al tomar el mando. Mientras me reponía de la emoción de manejar por primera vez un colectivo en mi vida. El relato sigue y hay más aventuras para narrar, pero para no prolongar el relato y de paso crear un poco de suspenso, les contaré el resto de las vacaciones en colectivo en una próxima entrega.

Falta contar detalles jugosos de ese enero de 1987 junto a mi familia, padrinos y futuro cuñado. Sepan esperar unos días más para leer la conclusión de este relato.

Mauricio Uldane

Chủ Nhật, 15 tháng 4, 2012

Una Mercedes en Santa Teresita


La semana santa de 2003 marcó el inicio de unos viajes a la Costa Atlántica a bordo de la Mercedes-Benz 170 SD rural modelo 1955 de mi padre, José Lorenzo Uldane. Fueron las primeras vacaciones con ese auto que había sido restaurado por mi papá. La tarea le demandó unos siete años de lidiar con chapistas, pintores y mecánicos.

La Mercedes en un encuentro en el barrio de Saavedra.



Mi cuñado había alquilado un departamento en Santa Teresita, en la Costa Atlántica, por recomendación de su hermano. Hacia allá partimos donde nos reuniríamos con los Pérez que nos esperarían, ya que ellos viajarían antes que nosotros.

Partimos un viernes santo por la mañana bajo una tenue llovizna. El camino elegido era casi todo por autopistas, para evitar cruzar la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La Mercedesno lograba superar los 60 kilómetros por hora, así que hasta después del peaje de Hudson, en la Autopista BuenosAires-La Plata no mejoró la velocidad.

Ya cuando salimos a la Autovíade la ruta 2 paramos en una estación de servicio para ver que le pasaba al acelerador de la Mercedes, que hacía tope. Pasaba que mi padre cansado de regular la marcha en ralenti le había puesto una llave “T”. De esta forma lograba regular periódicamente la marcha en vacío. Sucedía que la mariposa de entrada de aire tenía juego, más tarde la reparó con un tornero y no volvió a tener problemas.

De nuevo al camino y con un poco más de velocidad, pero sin exagerar. Íbamos en dos autos, mi cuñado y mi hermana en un Renault 4 modelo 1986 y nosotros, mi papá, mi mamá y yo en la Mercedes. Elque se la pasó manejando todo el viaje fui yo, que alteraba el volante de la Mercedes con el Renault 4.

Recién cuando cambiamos a la ruta 63 logré poner la Mercedes a 80-85 kilómetros por hora. Todo un logro, pero de ahí no la podía sacar. Tampoco era poca velocidad para un auto que de fábrica indica un máxima de 105 kilómetros por hora. A esa velocidad se puede llegar a Santa Teresita sin para a cargar gasoil.

Tardamos doce horas en llegar a Santa Teresita. Arribamos al pueblo a eso de las seis de la tarde con un clima de nublado a lluvioso. Nadie nos esperaba en la casa. Sorpresa de nuestra parte. Los Pérez no estaban. Pensamos que habían salido a pasear. Al poco tiempo llegarían los Pérez en su Renault Clio para decirnos que se había hospedado en la Hostería SantaTeresita, porque en el departamento había una gotera. La gotera estaba gusto encima de la cama matrimonial. Una semana santa gris y lluviosa. Lindo panorama para pasar un fin de semana largo.

A nosotros el departamento alquilado nos deparaba la sorpresa de no tener agua. Así que de bañarse ni hablar. Mi cuñado salió para hablar con el encargado de los departamentos para que le solucionara el problema. No había solución, agua no había.

Mi cuñado habló con la dueña para que le ofreciera una solución. La cual fue que nos podíamos mudar al departamento del primer piso cuando se fueran los inquilinos actuales. Eso ocurriría recién al otro día por la tarde. Así que el sábado sí nos pudimos bañar y tener agua. Ese era el único departamento que estaba en buenas condiciones.

Pasamos el fin de semana con los Pérez, Inés, Luis y Julián. Visitamos un poco la desconocida Santa Teresita, para nosotros, y comimos un asado. Hasta fuimos por la ruta interbalearia a San Bernardo y Mar de Ajó. El domingo después del mediodía los Pérez partieron para Buenos Aires y nosotros comenzamos a disfrutar de Santa Teresita sin turistas.

El cambio de actitud de los empleados de los comercios fue notable. De la locura de los turistas del fin de semana largo pasamos a una calma de pueblo chico, donde se conocen y se saludan. Así con las cosas más relajadas el disfrute del lugar aumentó. También comprobamos que Santa Teresita tenía vida propia fuera de temporada alta. Además conoceríamos a algunos de sus habitantes más representativos.

Un día por la tarde decidimos ir a visitar Pinamar, Valeria del Mar, Ostende y Cariló. Pese a la oposición de mi hermana fuimos en la Mercedes, porque los cinco iríamos más cómodos. Llegamos a Pinamar y encaramos para Valeria del Mar. Camino a Ostende la Mercedesse empacó. No quería moverse más. La tiramos en una calle transversal y parecía que algo estaba trabado. La caja, los frenos o vaya a saber que.

No hubo caso y mi cuñado volvió caminando hasta una estación de servicio para llamar al ACA (Automóvil Club Argentino). La subimos al planchón, luego de esperar una hora. Viajamos en el camión mi cuñado y yo. Mis viejos y mi hermana se tuvieron que volver en micro a Santa Teresita.

Pudimos entrarla andado al garaje, cosa que nos dejó sorprendidos. Al otro día a buscar la falla, para poder volver a San Miguel. A esta altura puteábamos por no haber llevado el despiece que tenía fotocopiado. Revisamos frenos traseros. Todo bien. Sacamos la caja de cambios. Todo bien. Sacamos el cardan. Todo bien.

Lo único que nos quedaba era desarmar el diferencial. A esta altura debo recordarles que se suponía que estábamos de vacaciones. Cuando desarmamos el diferencial encontramos roto el rulemán del núcleo. Ahí estaba el problema que había roto un par de dientes del piñón, pero el satélite estaba intacto.

Nos indicaron de un tornero que nos podía ayudar. Don Julio, que luego nos enteraríamos que era el presidente del los Bomberos Voluntarios de Santa Teresita. Nos dijeron que era un buen tipo y nos ayudaría. Al llegar golpeamos la puerta de su taller y la respuesta fue “nadie golpea la puerta. Entra y listo”. Con mi cuñado pensamos, estamos sonados.

El rulemán costaba una pequeña fortuna en la casa de repuestos y recién lo tendrían para dentro de dos o tres días. Por eso fuimos a lo de Don Julio, porque además nos hizo un extractor para retirar la pista del rulemán, que se había quedado en el núcleo del diferencial. Don Julio nos consiguió el rulemán para el otro día y a un menor costo. Lo traían desde Mar del Plata por expreso. Lo pedías en la tarde y al otro día a media mañana ya estaba en Santa Teresita.

Así fue como lo trajeron y cuando lo vamos a colocar no pasaba el piñón por el centro del rulemán. Había que pedirlo con la pista desmontable. No nos habíamos dado cuenta ninguno. Otro pedido y otro día perdido. Mientras la Mercedes seguía desarmada en el garaje y nosotros de vacaciones.

Cuando vamos a retirar el rulemán Don Julio lo tenía listo y una sorpresa, más barato que el anterior porque era ruso y no sueco. Así que la Mercedes tiene hoy día un rulemán ruso en su diferencial alemán. Vale aclarar que el rulemán roto era el original de fábrica. Había durado nada más que 48 años…

Don Julio terminó haciéndose amigo de nosotros y nos pidió que cuando tuviéramos en marcha, la Mercedes, pasáramos para que la viera. Pensaba que la pobre estaba un poco destartalada. Se asombró cuando nos paramos en la puerta de su casa-taller. No podía creer en el estado que estaba.

En ese viaje también conocimos al bombista que atendía a Don Julio, que tenía un Ford Fairlane con un motor diesel Nissan de 6 cilindros, con el que se iba de vacaciones al norte con una casa rodante. El bombista nos dijo que el problema de la velocidad era el filtro de aire sucio. Novatos en motores diesel, que se le va hacer.

Cuando le sacó el filtro de aire y me mandó que la probara, llegó a los 80 kilómetros por hora como si nada. Fuimos hasta la entrada de Las Toninas, por la ruta interbalnearia, y volvimos con otro problema resuelto. Lo que no pudimos resolver fueron las elecciones nacionales que consagraron presidente a Néstor Kirchner. No pudimos votar porque no logramos llegar para la fecha de las elecciones. Estamos varados en Santa Teresita con la Mercedes desarmada.

La vuelta a casa fue con pocas novedades, salvo que nos quedamos sin batería y había que empujarla para hacerla arrancar. Por lo que decidimos no parar en ruta hasta llegar a San Miguel. La vuelta fue solo con la Mercedes porque mi hermana y mi cuñado se quedaron unos días más de vacaciones en Santa Teresita.

Por último ya en la Autopista BuenosAires-La Plata el limpiaparabrisas dejó de funcionar. Llovía y los camiones que nos pasaban nos limpiaban de un baldazo el parabrisas. Mi padre había hecho reparar el limpiaparabrisas antes de salir. Así que los tres ocupantes de la Mercedes puteábamos al unísono al tipo que lo había arreglado.

Al otro día de llegar bajo una llovizna, como cuando nos habíamos ido, descubro que el movimiento de los limpiaparabrisas estaba flojo. Era eso lo que nos dejó sin su servicio tan útil bajo una lluvia en una autopista.

Pese a todo lo que les conté volvimos dos veces más con la Mercedes a la costa. El destino fue Mar de Ajó. Una en temporada alta y la otra fuera de temporada. Pero en esas dos ocasiones nada pasó que valga la pena contarse. Salvo que al año siguiente, 2004, pasamos a saludar a Don Julio, el tornero de Santa Teresita, y regalarle uno de los buzones alcancía que hago.

El tipo se lo merecía, además nos había contado que ahorraba monedas en una botella de gaseosa y con eso financiaba sus vacaciones. “Llego hasta donde me alcanza la mitad de lo ahorrado. Después me vuelvo”. Mi cuñado me hizo poner la llave del buzón bajo el pañolenci de la base. Así sus hijas no se tentarían con abrirlo para sacar las monedas. Un gran tipo, Don Julio.

Mauricio Uldane

Thứ Bảy, 25 tháng 2, 2012

Vacaciones en carpa


Mar de Ajó fue el destino de nuestras vacaciones en carpa en el verano de 1985. Por aquel tiempo mi viejo había comprado un Chevrolet Super modelo 1969, color turquesa. La verdad que el auto estaba bastante bueno y con el motor 230. Un fierro, con perdón de los fordistas.

Extracto de una publicidad aparecida en la revista Panorama el 22 de marzo de 1969.

Con el fin de viajar cómodos mi viejo decidió que podríamos amar un trailer, para cargarlo con todos los implementos del campamento. Mi Tío Alberto nos ayudó en la construcción que nos demandó tres días de un enero caluroso. Lo armamos con madera y de suspensión hojas maestras de elásticos trasero de un Falcon. Uno tres metros de largo con baranda y puerta trasera.

La pintura fue un rejunte de colores. Un parte era verde como los camiones de la empresa láctea La Serenísima, recibimos varias cargadas por ese color. El interior y las barandas de color blanco. Esa pintura nos la dio un vecino de mi abuela, Hugo, que vivía enfrente y trabajaba en Vialidad Nacional. El blanco era reflectante, la misma pintura que usan para las bandas blanca en el pavimento. Descubrimos en la playa que esa pintura se oxida, tal vez por el metal que tiene en suspensión.

Una vez listo el trailer se lo adosamos al Chevrolet al paragolpes trasero, que mi viejo sacó y reemplazó por otro con el enganche. Imaginen un auto actual tirando un trailer desde el paragolpes trasero de plástico. Una imagen imposible de concebir.

Cargamos el trailer y ya estábamos listos para salir a la ruta hacia nuestras vacaciones en la playa de Mar de Ajó. El Chivo tiraba el trailer como si fuera una pluma. Viajamos durante la noche y a la mañana siguiente estábamos arribando al Mar Argentino.

Durante parte del año anterior se habían producidos unas graves inundaciones en la provincia de Buenos Aires. Tal fue el agua acumulada en los campos que comenzó a drenar hacia el mar. A su paso produjo pequeños canales, que todavía en enero seguían tirando agua. En la ruta habíamos advertido una cantidad enorme de campos anegados.

La fauna de la costa estaban alterada, había pájaros de tierra adentro que buscaban un lugar seco para comer y anidar. Vimos biguás a metros del mar algo totalmente alterado en la Costa Atlántica. Con ese panorama armamos nuestro campamento por primera vez. A lo largo de nuestros días en la playa la operación se repetiría varias veces.

Elegimos un lugar que parecía ser seguro, una especie de escalón en un médano. Una tormenta de lluvia y viento nos cambiaría la opinión de la seguridad del principio. La primera tormenta que se presentó nos obligó a pernoctar dentro del Chevrolet. Éramos mi viejo, mi vieja, mí tía abuela, mi hermana y yo. Ante la posibilidad que la tormenta fuera fuerte desarmamos los caños de la carpa y la dejamos en el suelo con un poco de arena encima. Al amanecer vimos como parte del médano había caído, durante la noche, sobre la carpa.

Un día comenzó a soplar fuerte viento del oeste. Sabido es que a los pocos días tendríamos una crecida del mar. Dos días después para ser exactos. Otra noche adentro del auto con lluvia y fuerte, muy fuerte viento del este. Tan fuerte fue el viento que pulió el paragolpes trasero que estaba pintado de color gris. Pero no sería nada. El mar comenzó a crecer a eso de las 3 de la madrugada.

Yo dormía del lado del acompañante y veo algo luminoso que pasa por debajo del lado mío. Medio dormido me doy cuenta que es el mar que llegaba con sus olas hasta donde estábamos estacionados. La luminosidad que veía era el yodo del agua de mar por el reflejo de la luna, que era llena. Menos mal que no estábamos en un bosque, porque no faltaba el hombre lobo.

Despierto a todos y a empujar. Nada el auto estaba enterrado hasta el diferencial. Mi viejo dice “mañana lo sacamos. De acá el agua no se lo va a llevar”. La verdad que estábamos a más de 50 metros de la costa. Así fue como al otro día lo sacamos. Pero antes les hice notar que el auto se había corrido. “Estás loco me dijeron”. Más tarde les pude demostrar que la tormenta de viento y lluvia, de la noche, había corrido el Chivo con nosotros cinco arriba algo así como metro y medio.

Me di cuenta porque estábamos más cerca del trailer que apuntaba con su lanza al mar. Menos mal que mi viejo estacionó el auto a un costado, sino terminábamos encima del trailer. Con ese punto de referencia les puede demostrar mi teoría del corrimiento del auto durante la noche. Además estaba frenado y en cambio. Fue una linda tormenta, era como si un gigante moviera la cola del Chivo sacudiéndolo sin piedad.

Segundo armado de la carpa que duró poco una nueva crecida del mar nos convenció de abandonar la costa. Nos internamos unos 300 metros en una zona parcelada que hoy es Nueva Atlantis. En lo que sería la vereda de un terreno armamos la carpa para cinco personas, el ante comedor, otra carpa para cinco personas y el baño. Se podría decir que por unos días fuimos unos usurpadores de un lote. Por supuesto que nadie vino a decirnos nada. Allí reinaba un clima diferente había tranquilidad climática.

Ese enero fue muy caluroso. Tanto que mi tía abuela se tostó sin estar al sol, solo el aire que soplaba te quemaba la piel. Tanto calor hacía que un día, estando en la playa, la nafta del Chivo empezó a brotar del tanque, que estaba lleno. Mi viejo tuvo que aflojar la tapa del tanque porque la nafta parecía burbujear. Un calor de aquellos. Tanto que almorzábamos jamón crudo, ¡qué época!, y yogur de postre, para combatir el calor. Todo regado con agua bien fría.

En uno de los panzazos que dio el Chivo en las calles de Mar de Ajó pinchó el tanque de nafta. Nosotros conocíamos de otros viajes al Alemán un chapista muy conocido de Mar de Ajó. Fuimos a preguntarle quién podría arreglarnos el tanque de nafta. “Yo se los arreglo. Pero ustedes tienen que vaciarlo”. Arreglamos con el un día a la tarde, ni bien abría su taller. Fuimos mi viejo y yo para vaciar el tanque y sacarlo. Que era lo que más tiempo lleva del trabajo de reparación.

Cuando íbamos para el taller del Alemán el Chivo se encaja en una calle de arena suelta. Me bajé y empecé a empujar sólo, mientras mi viejo aceleraba el auto, que tiraba arena para atrás que daba gusto. Yo empujaba del medio de la cola y ahí vi como el caño de escape se ponía blanco.

Sí, se emblanqueció del esfuerzo que hacía el Chivo. La verdad que el auto andaba espectacular. Una aclaración para los más jóvenes, la buena combustión de un naftero se manifestaba por un caño de escape de color gris a blanco en los residuos de la combustión. Por aquellos años la nafta tenía plomo y este era el responsable de ese color.

El tanque lo pudimos arreglar y volver a poner. No tuvimos más problemas. El auto se portó fantástico. El tiempo estaba un poco loco, pero igual disfrutamos de unas lindas vacaciones. Salvo la pieza del tejo que me robo un tucu-tucu del piso del ante comedor de la carpa. Cuando armamos las carpas en la última ubicación tuvimos la suerte de hacerlo sobre la madriguera de unos tucu-tucu. Hasta tuve la oportunidad de poder capturar uno y verlo de cerca. Es una gran rata con una cola enorme. Como corresponde lo devolví a su hábitat para que siguiera con su vida, aunque no le perdoné que me llevara el tejín que no recuperé, ni aún cuando desarmamos el campamento.

La carpa que estaban mis viejos recibió algunos rasguños de los tucu-tucu, en el piso. Además al caer la tarde se oían en la arena el inefable sonido por el cual se los llama: tucu-tucu. Cosas de hacer vida de campamento que se pierden en un hotel de tres o cuatro estrellas. Por supuesto que no hay servicio al cuarto, pero cuando se van los turistas de la playa, esa inmensidad es para vos solo, hasta el otro día a media mañana. El amanecer en el mar es una vista altamente recomendable, no por haber trasnochado, sino por levantarse antes que salga el sol.

Es vivir las vacaciones al ritmo de la naturaleza, se los recomiendo, se vuelve totalmente renovado y con muchas energías para enfrentar el año que empieza.

Mauricio Uldane

Thứ Sáu, 10 tháng 2, 2012

Un Renault 6 de vacaciones


El mes de enero de 1997 decidimos irnos de vacaciones en carpa a Mar de Ajó con  el Renault 6 de mi cuñado. Además compramos un trailer para poder llevar todos los implementos que necesitaríamos en nuestra estancia en la playa.

Decimos viajar un domingo a la noche. Así salimos, mi mamá, mi hermana, mi papá, mi cuñado y yo en el Renault 6 modelo 1972 con el trailer marca BF, importado de España. No llegamos muy lejos porque se cayó la suspensión trasera izquierda. Tuvimos que regresar a casa en remis, para quitar peso en el auto.

La fotografía fue tomada en día que volvíamos de nuestras vacaciones, en enero de 1997.
Se ve el Renault 6 y el trailer  BF. Al fondo el Mar Argentino en la costa de Mar de Ajó.


Al día siguiente tratamos de arreglar la suspensión trasera. Se había zafado de su lugar una pieza en forma de medialuna que regula la altura de las barras de torsión transversales traseras. Conseguimos dos mecánicos, padre e hijo que vinieron a casa para reparar la suspensión.

Aprendimos como se puede modificar la altura trasera de la suspensión de un Renault 6. Para hacerlo hay que sacar la rueda de un lado y regular la suspensión del lado opuesto. La operación necesita de dos personas y que el auto tenga las dos ruedas traseras en el aire. Además hay que quitar las dos ruedas traseras. Luego conseguir un poste o una madera gruesa de más de un metro de largo. Dicha madera se pone sobre la campana trasera, de uno de los lados y se presiona hacia abajo. Mientras tanto la otra persona ha sacado el tornillo del registro de la pieza en forma de medialuna, que regula la altura trasera del Renault 6. Ahí se busca la altura deseada y se coloca nuevamente el tornillo. La operación se repite del otro lado y listo el auto tiene la altura que buscábamos.

Esa tarde del lunes terminamos de arreglar al suspensión y a la noche salimos nuevamente para la costa bonaerense. Otra vez nuestro viaje duró poco. Nos sucedió lo mismo que la noche anterior. De vuelta a casa, con un humor no apto para chistes. Además de sentirnos desmoralizados por todo lo hecho en el día.

Luego de descansar y recapacitar por la noche, salimos el martes por la mañana a buscar la solución a nuestro problema. El tema era que si bien el Renault 6 era modelo 1972, la carrocería era 1977 y por lo tanto las correderas de las suspensiones traseras no eran las mismas. Por eso la pieza en forma de medialuna se zafaba de su sitio. Con mi cuñado conseguimos en un desarmadero las dos medialunas de fundición de hierro, que correspondían a ese modelo de carrocería.

Con lo aprendido el día anterior, en cuanto a regular la suspensión trasera, pusimos manos a la obra y entre mi viejo, mi cuñado y yo le dimos la altura que necesitábamos para viajar hasta Mar de Ajó.

El arreglo que hicimos con mi cuñado y mi viejo nos llevó, nos trajo de vuelta y mi cuñado siguió usando el auto hasta que lo vendió, sin ningún tipo de problema en la suspensión trasera. A veces es bueno aprender algo nuevo y en especial si se aplica a los autos viejos que supimos conseguir.

Todo tiene un porqué. Nos lamentábamos por los días perdidos en llegar a la costa bonaerense, por la demora con la suspensión del Renault 6 de mi cuñado. Cuando estábamos llegando a Mar de Ajó vimos, en la ruta interbalnearia, un tinglado, que había sido un corralón de materiales de construcción, totalmente retorcido en el piso. Imaginamos que había sido una fuerte tormenta de viento. En nuestros días en Mar de Ajó nos enteramos que una tormenta muy fuerte de viento y lluvia había azotado toda la Costa Atlántica. Por eso el tinglado estaba en ese estado. Zafamos de una tormenta de aquellas.

Nuestro viaje fue durante la noche del día miércoles y llegamos sin novedades a Mar de Ajó, en la mañana del jueves. Buscamos un sitio en la playa y allí armamos nuestro campamento, que sería nuestra residencia por dos semanas. Armamos la carpa para cinco personas, el ante comedor y el baño. Además teníamos un sobre techo de carpa que usamos a manera de alero, donde solíamos desayunar, luego de buscar madera para hacer asado.

El campamento que armamos en la playa de Mar de Ajó. Se puede ver la bomba de agua,
el  Renault 6, las carpas y al fondo a la izquierda el trailer BF. La foto fue tomada al
amanecer antes que caigan los turistas a la playa.

Sí, al amanecer antes que el malón de gente invadiera la playa salíamos todos a buscar leña y bosta de vaca para hacer asados en la playa. Aquellos que no han estado en el campo pensarán que la bosta de vaca no sirve para cocinar, pues se equivocan. Luego de secarlas al sol las bostas de vacas son como Briquetas ecológicas. En definitiva es pasto procesado, que arde una facilidad increíble.

Luego de la tarea de búsqueda venía el desayuno con galletitas Express con manteca y dulce de leche. No se olviden que habíamos gastado muchas energías. Así que de engordar ni hablar. Todo se quemaba en el ejercicio que realizábamos en las tareas del campamento. Mientras tanto el Renault 6 y el trailer descansaban en lo alto de los médanos. El Renault subía donde otros autos no llegan ni de casualidad.

Una vez quisimos ir, en la tarde, hasta Punta Médanos, cerca de donde está el faro de Mar de Ajó. No pudimos porque la arena estaba muy pesada y el Renault bramaba que daba gusto. Llegamos hasta un lugar determinado y allí nos dedicamos a recorrer los médanos del lugar. Al rato oímos como venía bramando un vehículo del lado del faro. Quién sería nos preguntamos. Era una Cherokee que venía con cinco pasajeros y rugiendo porque el piso la obligaba a usar la baja y la doble tracción. Y nosotros queríamos llegar en el Renault 6.

Al volver se nos rompió el acelerador del Renault. El Renault 6 tiene un triángulo que hace funcionar el acelerador y cebador. Esa pieza se había roto. Por lo tanto tuvimos que ponerle una soguita y acelerar desde la ventanilla. Pudimos llegar al campamento. Al otro día tuvimos que ir a un taller mecánico, especializado en Renault, que nos repararon el problema. Me acuerdo que el mecánico, un hombre grande, se llamaba Juan. Todos lo conocían como Don Juan.

Don Juan le dijo a mi cuñado que cuando pudiera cambiara el carburador, que no era el original. Esto para que mejorara el andar y la carburación. Al tiempo de volver mi cuñado consiguió un Solex original, sin uso, y el filtro de aire correspondiente. No se imaginan como mejoró el andar del Renault 6. Hasta bajó el consumo de nafta y la afinación del motor duraba muchos kilómetros más.

Una tarde comenzó a soplar un fuerte viento del sur que impedía que los pájaros lograran tener un vuelo como la gente. Mi cuñado se subió a un médano con la esperanza de poder atrapar uno con el mediomundo. Sí, suena a cosa de locos pero el clima también lo estaba.

Al atardecer el viento se puso cada vez más fuerte y mi cuñado que permanecía sentado sobre la heladera de camping, soportaba el viento que empujaba el frente de lona del ante comedor de la carpa. Por la radio escuchamos que la tormenta, que se veía venir desde la tarde, había volado techos en Mar del Plata e inundado calles en Pinamar. De Pinamar estábamos a menos de 50 kilómetros, porque nuestro campamento estaba a unos 9 kilómetros al sur del pueblo de Mar de Ajó.

Al caer la noche la tormenta avanzaba hacia nosotros como un gigantesco avión cubriendo todo el cielo visible. Ya estábamos preparados para lo peor, lluvia demencial y un viento de más de 100 kilómetros por hora. Lentamente el cielo se podía azul, casi negro y los relámpagos se veían en todo su esplendor.

No es lo mismo ver una tormenta sentado en el sofá del living, en nuestro televisor, con el control remoto en una mano. La percepción del tiempo y la naturaleza es real. Nada que nos muestre la televisión se acerca a la experiencia vivida por uno en una situación semejante. Tampoco estas líneas terminan de reflejar la sensación que se tiene ante la inmensidad de una tormenta que tiene cientos de kilómetros de frente.

No recuerdo una cosa igual. La tormenta llega hasta nuestras cabezas con un poco de lluvia y algo de viento. Casi nos decepciona, por lo escuchado por la radio. Ahí es cuando ocurre algo que jamás había visto en mi vida y tal vez no lo vuelva a ver.

La tormenta al llegar a Mar de Ajó se parte en dos. La mayor parte se interna en el mar, hacia el este. Con un panorama terrible para aquellas embarcaciones que se toparan con esa parte de la tormenta. La parte menor se interna en el continente hacia el oeste. Así la tormenta inmensa se divide en dos y en Mar de Ajó deja algunas gotas de agua y un poco de viento. Visto el panorama esa noche dormimos tranquilos. En Mar de Ajó ni se enteraron del espectáculo que asistimos aquella noche, jamás podré olvidar esa tormenta partida.

Un capítulo aparte fue el trailer marca BF, que era y es porque todavía lo conservamos, que está construido en chapa galvanizada. En los quince días que estuvo en la playa, a menos de cien metros del mar, no presentó el menor atisbo de oxidación. Además el comportamiento en la ruta fue excepcional. La suspensión es por barras de torsión, así que se movía menos que el Renault 6. Pensé que los días en la playa lo estropearían para siempre. Me equivoqué han pasado quince años y está igual que el primer día.

Unas vacaciones que empezaron mal y siguieron muy bien. No todo lo que empieza mal debe terminar igual. Además las cosas suceden por algo. Por eso hay que dejar fluir las circunstancias, a veces se acomodan solas.

Mauricio Uldane

Bài đăng phổ biến