Hiển thị các bài đăng có nhãn relato. Hiển thị tất cả bài đăng
Hiển thị các bài đăng có nhãn relato. Hiển thị tất cả bài đăng

Thứ Bảy, 29 tháng 3, 2014

Nash: un sueño americano

Mi abuelo fue siempre igual: reservado, cordial y considerado. Pero esa mañana del 25 de junio, en la cabeza le daba vueltas ese infante que todos llevamos dentro cuando se nos pone el capricho en la cabeza. Y su capricho era ver el coche.

La trompa del Nash Ambassador 1947 del abuelo de Darío Ignacio Nochetti,
seguidor de Archivo de autos
.


Siempre, cuando existe la potencialidad de comprar un automóvil usado, aparece esa sensación que no solo se describe como ansias o impaciencia, sino también el profundo y verdadero deseo de que el auto esté en buenas condiciones y que madrugar haya valido la pena. Aunque en realidad, eso sucede hoy, que vivimos corriendo. Antes, había muchos menos coches en la calle, y tener uno lo ponía al propietario en una mejor posición social. No había prisa en comprar coche.

Rainieri (mi abuelo suele evitar los nombres de pila) era un mecánico de unos cincuenta años que tenía su taller sobre la Avenida Larrazábal, entre las calles Acasusso y Ercilla, vereda oeste, en el barrio de Liniers. Mi abuelo aclara que en ese entonces, no existía la especialización en materia de reparación de automóviles. Los mecánicos, que a lo sumo contaban con un peón, se ocupaban de todos los menesteres que al automóvil se referían: mecánica, electricidad, suspensión, tren delantero, etcétera. Y me cuenta que cuando ibas a buscar el coche listo al taller, Rainieri te daba la llave, le pagabas y te decía “Por diez mil kilómetros no venga a romperme las bolas”. Esto demuestra que los mecánicos de hoy en día se preocupan por conservar límpida la terminología de la época. Sin embargo, a pesar de las demoras y las groserías, el auto quedaba siempre perfecto.

Y Rainieri tenía en su poder, hacía ya unos años, un automóvil Nash 3798 Ambassador modelo 1937 en inmejorables condiciones, vehículo del cual mi abuelo se había enamorado irremediablemente. En varias ocasiones y hasta ofreciendo una buena suma de dinero, mi abuelo había intentado comprarle el auto a Rainieri, quien se negaba rotundamente.

Y en vista de la insistencia de mi abuelo y de su condición de vecino, Rainieri se ofreció a buscarle un Nash igual al suyo para que el pudiera comprarlo. Mi abuelo, agradecido, espero novedades por parte de Rainieri. Durante los meses de espera, estuvo muy cerca de comprarse un Lincoln Continental modelo 1945, de cuatro puertas y motor de ocho cilindros en línea, por el cual pedían 35.000 pesos de esa época. El coche era de un gitano que vivía en la calle Albariños, y estaba impecable. Pero para estar seguro de eso, mi abuelo necesitaba que lo viera un mecánico. Por cuestiones obvias, no podía hacerlo ver por Rainieri. Mi tío abuelo Waldo (su cuñado) le recomendó que lo hiciera ver por un amigo suyo, cuyo nombre se ha perdido ya en los arrabales de la historia. De todas maneras, una mañana de 1964 fueron el gitano  y mi abuelo en el Lincoln a ver a este tipo. Luego de revisarlo, mi abuelo conversaba con el mecánico sobre el vehículo cuando, al darse vuelta como un relámpago (vieja costumbre suya), ve al gitano haciendo un gesto con la mano abierta, mostrando el lado contrario de la palma al mecánico, como quien dice “cinco”. Mi abuelo sospechó entonces de un arreglo entre ambos, en el cual por la venta del vehículo, el recomendado de Waldo recibiría 5.000 pesos. Automáticamente anulo la operación y, tras el intento desesperado del mecánico de convencerlo, se ausento del lugar no sin antes enviar a los presentes al útero virgen de sus madres.

Su trabajo, la familia y otros asuntos le llevaban tiempo, de manera que no tenía posibilidad de buscar otro automóvil por sus propios medios, además de carecer del conocimiento necesario para determinar si un auto se encontraba en buenas condiciones. De manera que optó por esperar noticias de Rainieri.

Meses más tarde, golpean la puerta ya de noche. Cuando atiende por la pequeña ventana de la puerta alta de entrada (que aún sigue allí) se sorprende al darse cuenta de que se trata de Rainieri, que traía buenas nuevas. Había encontrado un Nash. Mi abuelo lo hizo pasar sin demoras, convidado con un café y masitas.

Un cliente de Rainieri, que también tenía un Nash, conocía a un hombre de apellido Petrone, dueño de un garaje en la zona de Palermo. Este caballero era propietario de un Nash que había decidido vender, pero Rainieri aclaró que se trataba de otro modelo diferente al suyo, pero se encontraba en condiciones inmejorables. Vacilante, mi abuelo aceptó acompañar al mecánico a ver el auto.

Y fue esa mañana del 25 de junio de 1964 que mi abuelo se paró frente al coche. Era un Nash Ambassadormodelo 1947, de cuatro puertas, de un color no lejos del lacre o granate. Y le gustó; de verdad le gustó. Lo recorrió de punta a punta mientras escuchaba los comentarios de Petrone: seis cilindros en línea, 85 caballos de fuerza, arranque automático, radio AM y cubiertas de fábrica, auxilio sin rodar, tapizado símil pana. Mientras, Rainieri, revisaba los aspectos mecánicos y estructurales del coche. La cola del tipo AirFlyte y los guardabarros traseros en conjunto le daban un aspecto aerodinámico sin igual. El frontal lucía unos apliques cromados que lo hacían musculoso, robusto, y en el remate del capot, yacía una dama alada cromada que fue motivo del enamoramiento inmediato.

Petrone continuó con la historia de cómo había llegado el coche a sus manos. Un capitán de navío de la Marina Argentina, vice-comandante del Bahía Thetis lo había comprado de cero kilómetro durante uno de sus viajes a los Estados Unidos. Años más tarde entabló una amistad con Petrone, quien finalmente le compró el coche. Pero lo tuvo poco tiempo, pues casi no lo usaba.

Dieron un paseo de prueba, con Petrone al volante, mi abuelo a su lado y Rainieri en la plaza trasera. El cuentakilómetros acusaba 49.000 kilómetrosde fábrica. El andar era único. Mi abuelo lo describió como “rodar en una cama con sábanas de seda”.

La cola del Nash Ambassador 1947 del abuelo de Darío Ignacio Nochetti,
seguidor de Archivo de autos.
Petrone pedía 50.000 pesos por el coche. Mi abuelo y Rainieri solicitaron un momento para conversar. Rainieri sugirió a mi abuelo ofrecerle 45.000 pesos, cosa de poder pelear el precio definitivo. Conversaron los tres al respecto, y la suma definitiva se plantó en 47.500 pesos, que se pagarían 30.000 pesos en efectivo al momento de la compra y los restantes 17.500 pesos en diez cuotas. En esa época, era común que las cosas de gran calibre se pagaran de esta forma. Y cerraron trato ese mismo día, un 25 de junio de 1964, día en que, sin ellos saberlo, se celebra el día del barrio de Palermo.

Se lo llevaron juntos a la casa de mi abuelo, a mostrárselo a mi abuela, a mi madre y a mi tía. Ante el momento efusivo, Rainieri decidió retirarse no sin antes recibir el agradecimiento interminable de mi abuelo, y la promesa de que iba a llevarlo a su taller para cada asistencia mecánica.

Salieron los cuatro a dar la vuelta inaugural. Sobre la calle Fonrouge, poco antes de llegar a la Avenida Rivadavia, mi tía Mirna (que entonces tenía apenas tres años de edad) no tuvo mejor idea que abrir la puerta trasera derecha mientras el auto estaba en movimiento. Mi abuelo se dio cuenta instantáneamente y detuvo el coche a un costado de la calle, y sometió a mi tía a una serie de palabras de reprimenda y unos flagelos leves.

En esa época, mi abuelo tenía un kiosco de diarios en la esquina de Avenida Sáez y Coronel Fagola. En el kiosco trabajaban dos empleados: un anciano que hacía los repartos a domicilio y un camarada de mi abuelo de apellido Temez. Ambos ganaban 14.000 pesos y 40.000 pesos, respectivamente. Todos los jueves y domingos, mi abuelo iba al kiosco a pasarse la mañana para ver que todo estuviera en orden, y al mediodía se retiraba con la recaudación de los días anteriores. Ese era el único trayecto que conocía el coche, con excepción de algunos viajes al camping de la familia en Moreno y algunas visitas a las Piletas Olímpicas de Ezeiza. En manos de mi abuelo, no conoció la ruta, pues en ese entonces todavía no veraneaban en Necochea, pero él admite que si hubiesen sido habitúesde esa ciudad costera, sin duda hubieran utilizado el coche para el viaje.

Pero como no hay mal que por bien no venga, en febrero de 1966 sucedió algo. Se celebraba en casa de mi abuelo la Confirmación de mi madre. Y la casa estaba adornada con telas y luces de vela, y había comida y bebida para cincuenta personas. Una de las compañeras y amiga de la infancia de mi madre no tenía manera de asistir, pues no tenia forma de llegar hasta la casa. Tras la súplica desmedida de mi madre, mi abuelo se ofreció (mas bien aceptó) a ir a buscarla. Era sábado por la noche y faltaba una hora para que comience la ceremonia cuando, en la esquina de Avenida Emilio Castro (en ese entonces era doble mano) y White, un furgón carrozado cruza por White hacia la Avenida Alberdi a alta velocidad, y mi abuelo no logra detener el Nash a tiempo. Resultado: el Nash se incrusta contra el lateral trasero del furgón, que gira sin control hasta detenerse contra el cordón de la vereda, justo en la esquina. Un hombre que estaba montado en una escalera pintando se salva de milagro de ser embestido por el furgón.

La trompa del Nash Ambassador 1947 del abuelo de Darío Ignacio Nochetti,
seguidor de Archivo de autos, luego del choque que sufriera en 1966.

Nadie esta herido, pero el Nash esta bastante dañado. No va a arrancar: el ventilador se incrustó en el radiador. El frente hace presión contra el conjunto de correas. Intentarlo podría dañar aún más los órganos mecánicos del pobre Nash. Y es sábado por la noche, ninguna grúa esta de servicio. En ese tiempo, había cuatro o cinco compañías de seguro, pero el servicio de grúa no existía. La solución llegó a su mente cuando imagino que un camarada suyo que disponía de un remolque podría llegar a asistirlo. Así fue: su compañero lo remolco cerca de las diez y media de la noche rumbo a un taller mecánico que él mismo recomendó, ubicado en la esquina de Avenida Alberdi y Varela. Y allí estuvo el Nash durante dos meses. El trabajo de chapa fue arduo, pues al no existir en el acabado otro material más que el acero, el recambio de piezas estaba descartado, de manera que había que enderezar y reutilizar cada pieza metálica del frente dañado. La parte mecánica dañada la reparó Rainieri por indicación exclusiva de mi abuelo. Poco tiempo antes de terminar su trabajo, el chapista sugirió a mi abuelo repintar el coche por completo. En esa época repintar un coche no era tan caro como lo es hoy en día, y en vista de algunos pequeños defectos de la pintura original, mi abuelo accedió sin replica. La decisión, eso si, fue de él: el conjunto capot, techo, parantes y baúl fue pintado en color verde claro. Los paneles laterales, las puertas y los guardabarros, en verde oscuro. El auto quedó espectacular.

Tres años después, en el calorcito de fines de 1969, mi abuelo consideró adecuado vender el Nash. Para su criterio, el coche había sido de gran utilidad y había cumplido fielmente su ciclo juntos. Pero los años se le venían encima y no era conveniente atrasarse en el modelo (recordemos que para 1969, el coche tenía ya 22 años). Y el candidato no tardó en aparecer: Temez le ofreció a mi abuelo comprarle el coche ni bien se lo dijo.

Y días antes de la Navidad de 1969, Temez le compró el Nash a mi abuelo en 53.000 pesos.

Antes de bajarse por última vez, mi abuelo observo el cuentakilómetros. Todavía recuerda la cifra sin dudar: 79.000 kilómetrosreales de fábrica tenía cuando lo vendió. Le había hecho 30.000 kilómetrosen cinco años. Bastante para la época.

Seis meses después de haberlo comprado, Temez chocó el Nash contra un colectivo de línea 2. Esta vez quedó destruido y nunca pudo repararlo por falta de dinero, lo abandonó cerca de la casa de mi abuelo, que cada tanto lo veía.
Un día no lo vio más.

Algunos años después volvió a ver a Temez, pero vaya a saber por que inexplicable sensación de tristeza no se atrevió a preguntarle nada.

- Es cariño, abuelo. Por eso te ponés triste. Vos al auto lo querías.
Me mira arrugando el entrecejo.

- Era un auto, Darío. Era un auto, nada más.

Le cuesta porque el es así, de la generación que todo era tangible. Le cuesta reconocerlo pero yo imagino lo que piensa.

“Que autazo el Nash.”

Darío Ignacio Nochetti


Nota del editor: el autor de este relato es un seguidor de Archivo de autos y nos contó la historia de su abuelo y su querido Nash. Gracias a que me envió el texto y las fotos es que pude publicar tan conmovedor historia de vida con los viejos fierros que supimos conseguir.



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 15 tháng 3, 2014

El taxi de mi padre

Mi padre se compró un Chevrolet modelo 1951 usado para usarlo como taxi. Pero no lo conducía él sino que tenía un chofer. Algunas anécdotas de ese “negocio” de mi padre que tuvo sus sinsabores.

El taxi Chevrolet 1951 de mi padre. La foto fue tomada el 5 de septiembre de 1965.


No recuerdo el taxi de mi padre era muy chico cuando compró ese usado Chevrolet 1951 para poner a trabajar como taxi. Mi padre por aquel tiempo era chofer de un abogado en la ciudad de Buenos Aires, donde vivíamos con mi familia. Así que pensó que era un buen negocio poner a trabajar el taxi con un chofer contratado, o peón como se le decía por esos años.

Pero las cosas no siempre salen como uno desea. No se si fue el primer chofer que tuvo mi padre el que logró sacarlo de quicio. Como corresponde el auto estaba a nombre de mi padre y comenzaron a llegar las multas por diferentes faltas.

Más de 20 infracciones eran por pasar semáforos en rojo. A principios de los años sesenta Buenos Aires comenzó a ser invadida por los semáforos en varias esquinas porteñas. El tránsito comenzaba a aumentar por la explosión de la industria automotriz local y cada vez había más autos en la calle circulando. ¿Les suena de algún otro lado?

Allá tuvo que ir mi viejo al Tribunal de Faltas de la ciudad de Buenos Aires, que si no recuerdo mal, ya estaba ubicado en el edificio del ex Mercado del Plata en la calle Carlos Pellegrini a pocos metros del Obelisco de la Avenida Corrientes, todo un símbolo porteño.

El juez le recriminó su conducta frente a los nuevos semáforos violados. Mi padre tu que explicar que si bien el auto, taxi al fin, estaba a nombre de él, no era él que estaba frente al volante a la hora de cometer las infracciones. Igual tuvo que pagar porque las multas estaban hechas y además era veraces.

Para los que tienen algunos años recordarán a los “zorros grises” que asolaron la ciudad de Buenos Aires. Lo que no oyeron hablar les cuento que esos “zorros grises” no eran otra cosa que la Policía de Tránsito de la ciudad de Buenos Aires. No portaban armas, pero su arma era el talonario de actas que solían usar a discreción. Diríamos que eran un claro ejemplo de “boleta fácil”, remedando aquello de “gatillo fácil” de muchos cuerpos policiales de Argentina.

Tuve la suerte de criarme a la vera de una avenida muy transitada, Las Heras. En una época donde todavía estaban los refugios del tranvía, ubicados en el centro de la avenida, se podía ver a los “zorros grises” desplegar sus artimañas. Un de esos refugios estaba ubicado en la intersección de la Avenida LasHeras con la calle Agüero. Por aquel tiempo solo una garita, mobiliario porteño olvidado, era la manera de controlar el tránsito de esa esquina. En ese refugio se colocaban los “zorros grises” para realizar su tarea.

En especial los veía por la tarde de los días hábiles en la semana, luego de venir de clase. Los “zorros grises” tenían una costumbre que hoy sería severamente castigada por toda la sociedad y hasta por las propias autoridades. Se escondían detrás de un árbol para sancionar a un automovilista que había pasado un semáforo en rojo, cuando sacaron la garita. O detener automóviles en la calle para pedirle toda la documentación reglamentaria sin tener puesto su uniforme identificatorio.
El tema de las coimas y la corrupción en la Dirección de Tránsito de la ciudad de Buenos Aires de los años sesenta nos llevarían más de una nota en Archivo de autos. Solo quería recordar como los “zorros grises” asolaron las calles porteñas durante años hasta que el cuerpo fue disuelto y puesto en manos de la Policía Federal.Lo cual no se si fue mejor el remedio para la enfermedad.

Pero no todos fueron sinsabores en la vida de patrón de taxi para mi padre. Tuvo un chofer que si le rendía y no solo cuidaba el auto sino que no cometía infracciones por doquier. Porque alguno de los chóferes que tuvo mi viejo se quedaban con una parte de la recaudación. Deshonestos hay en todas partes, de este lado y del otro de la ley.

Al final mi viejo se cansó y vendió el Chevrolet 1951 que había comprado para usarlo como taxi. Imagino que habrá vendido el auto con la licencia. La verdad que no quería saber nada con el taxi. Creyó que iba a ser una diferencia para sumar a su empleo cotidiano y se dio cuenta que lo que agregaba eran dolores de cabeza.

La nota de color la da la vieja fotografía del Chevrolet 1951 que se encuentra estacionado al lado de un microauto Heinkel y es un fiel reflejo para que apreciemos la diferencia de tamaños entre los dos autos. Autos que circulaban por la ciudad de Buenos Aires por los años ’60. La foto la tomó mi padre José Lorenzo Uldane el 5 de septiembre de 1965, justo el día de su cumpleaños donde cumplía 35 años de vida.

Una época donde los taxis no tenían su número de licencia estampado en las puertas delanteras, ni carteles luminosos, ni en el techo, ni en el interior. Tampoco existían los radio-taxi, eso era ciencia-ficción o para las películas yanquis.

Solo el viejo reloj con su clásica banderita roja anunciando que al estar levantada el taxi estaba libre. Los que tuvimos la suerte de vivir en aquellos años tenemos en nuestras cabezas el sonido, clac-clac, de esos relojes que nos marcaban las fichas que caían y nos indicaban el valor a pagar. Valor que no siempre era el que indicaba el reloj, por inflación o mejor dicho hiperinflación reinante, los taxistas tenían en el asiento delantero una tablita con la “traducción” del valor marcado y precio real a cobrarle al pasajero transportado.

Llegó la electrónica, para el Mundial de 1978, un dato para los futboleros, y los viejos relojes pasaron a ser piezas de museo. No todo tiempo pasado fue mejor. Esos viejos relojes eran muy fáciles de “perrear” y hacerle caer la fichas más rápido, sobretodo si el pasajero iba distraído leyendo el diario, por ejemplo. Porque, por suerte, en aquellos años no había teléfonos celulares.

Así y todo el clac-clac todavía, cada tanto, suena en mi cabeza y eso que no era fácil que me subieran a un taxi cuando era chico. Tenía que estar muy enfermo para que mi madre tomara uno. Para la clase trabajadora el taxi en los ’60 era un lujo. Pero el clac-clac sigue sonando en mi cabeza. No creo que lo pueda olvidar. Clac-clac.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 22 tháng 2, 2014

Una camioneta doble cabina

Mi padre compró una Ford F-100 doble cabina que era modelo de 1960. Era de dos puertas de dos colores: celeste en la parte superior y la inferior blanca. Recuerdos de esa vieja camioneta en los años ’60.

La Ford F-100 en América antes que la compraba mi padre.
La foto fue tomada por mi padre el 31 de marzo de 1961.


Esa vieja Ford F-100 era propiedad de dos hermanos que vivían en la localidad de América en la provincia de Buenos Aires. Aquellos dos hermanos no la pasaban de los 60 kilómetros por hora. Estaba bastante bien salvo que como no la lavaban de abajo la carrocería estaba picada, como su caja de carga.

Mecánicamente estaba óptima y mi viejo cuando la compró notó que el velocímetro no quería abandonar la zona de los 60 kilómetros por hora. Hasta que luego de varios kilómetros recorridos, a una velocidad superior, el velocímetro se destrabó y marcó la velocidad real que desarrollaba la camioneta.

Se ve que el velocímetro no conocía los números superiores a 60 y se había acostumbrado a estar en esa zona. Ante el aumento de la velocidad no tuvo más remedio que marcar los números reales al desplazamiento de la camioneta en la ruta.

Recuerdo como mi padre reparó varias de esas picaduras de la chapa, en especial en la caja de carga y en los zócalos de las puertas. Por aquellos años, de principios de los años ’60, apareció en el mercado argentino una masilla plástica llamada “Cintoplom”. Parecía un producto mágico que permitía hacer reparaciones en las carrocerías de los automóviles en forma muy sencilla y rápida. Incluso una vez secada, la masilla plástica, se podía colocar un tornillo en el área donde se había reparado.

Aviso del Cintoplom aparecido en la revista Parabrisas de septiembre de 1964.

Para reforzar la acción del “Cintoplom”, mi viejo, le colocaba un pedazo de alambre fiambrera. Así la picadura era grande le agregaba un pedazo de alambre fiambrera y encima le colocaba la masilla plástica. De esta forma no solo quedaba mucho más resistente sino que hasta soportaba un tornillo en la superficie cubierta. Luego lijaba todo y quedaba impecable, sólo faltaba pintar el área reparada.

Cuando mi padre compró esta camioneta doble cabina tenía pocos kilómetros recorridos, pese a esa desidia, para el mantenimiento de la carrocería. Pero mecánicamente estaba muy bien conservada y con muy poco uso. Mi viejo llevó afinar el motor y quedó excelente. Tanto que, el V 8 de Ford, gastaba menos que un 6 cilindros. No podía creer lo que gastaba cuando salíamos a pasear por la ruta.

Uno de esos paseos nos llevó a Escobar, la provincia de Buenos Aires. Allí fuimos a parar porque se disputaba una competencia de doce horas de pesca. Y mi tío Máximo, hermano de mi madre, era un aficionado a la pesca deportiva. Así que pasamos una noche junto al río Paraná de las Palmas. Creo que la competencia arrancaba a las 19 horas hasta las 7 horas del día siguiente o algo parecido. Era muy chico para recordar ese detalle.

Pero no para no acordarme de los salvajes mosquitos que me atacaron en la noche, dentro de la cabina de la camioneta. A la noche los mosquitos tuvieron su cena multitudinaria con la cantidad de pescadores que se dieron cita para la competencia. Se veía una hilera interminable de faroles a lo largo de la ribera del río, que eran los pescadores que estaban concursando en esas doce horas.

Los mosquitos de la zona siempre fueron casi como un helicóptero, por su tamaño, y en cambio de picarte, te muerden. La cabina se mantenía a salvo de los salvajes mosquitos del río. Un ámbito ideal para que descansara un niño como era en esos años. Pero siempre hay un pero. Hasta que la novia de mi tío, hoy su esposa Mirta y por ende mi tía política, se metió a buscar no se que en el interior de la camioneta. No una sino varias veces, con lo cual los mosquitos atacaron a ese niño pequeño, que era el autor de estas líneas.

Los mosquitos me morfaron. Me dejaron ronchas como para no olvidar por unos 50 años, esos mosquitos de Escobar en la noche junto al río en un concurso de pesca. Y de todo eso, la Ford F-100 doble cabina, fue un testigo clave.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 8 tháng 2, 2014

Copérnico y Galileo

No voy a hablar de los astrónomos europeos, sino de dos calles de la ciudad de Buenos Aires, que existen y no son un invento del autor de estas líneas. Tan real es esa esquina porteña que ahí me crié y pasé toda mi infancia y juventud.

La escalera de la calle Copérnico y en primer plano mi padre,
José Lorenzo Uldane. La foto es del 14 de abril de 1964.


Vivir en la última casa de una calle, Copérnico, que termina en escalera te marca en la vida. No es normal que salgas a la calle y te encuentres con una escalera a tu derecha. De esa escalera descendían los peatones que venían desde la otra esquina, donde termina Copérnico, la calle Gelly y Obes. Porque no solo finaliza en escalera sino tiene una sola cuadra de extensión. Así de corta es la calle Copérnico.

Calle que parecía una selva tropical porque sus balcones estaban profusamente cargados de plantas y flores de todo tipo. Hasta el canto de un tucán te acompañaba a lo largo de su cuadra. Parecía como si por un momento estuvieras en la provincia de Misiones. Además el silencio era notable dado las masas edilicias que te rodeaban que aislaban el sonido de la Avenida Las Heras, que corría, y corre, paralela a la calle Copérnico.

La otra calle, Galileo, no era mucho más larga. Dos cuadras de extensión. Pero una de esas dos cuadras era el edificio donde vivía y la estación de servicio Esso y la otra era normal. Algo normal en toda esta historia de calles y esquinas. Pero no crean que todo tendía a ser normal en esa parte del barrio porteño de Recoleta.

Pero la pregunta es ¿qué tiene que ver esa esquina con escalera con los viejos autos que supimos conseguir? Mucho porque es un serio obstáculo a salvar por los automóviles que buscaban seguir rumbo a la Avenida Las Heras, por ejemplo. En aquellos años la calle Copérnico no tenía ninguna indicación que no tenía salida. Pasaron décadas hasta que a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires se le ocurrió que podía colocar un cartel indicador. Si no recuerdo mal recién fue con la retornada democracia que pusieron sendos carteles en la esquina de Copérnico y Gelly y Obes.

Vista de la esquina de Copérnico desde la calle Galileo.
Los automóviles están estacionados frente al garaje de mi edificio.
La fotografía fue tomada el 29 de abril de 1964.

Locos siempre hubo y los habrá, sino pregúnteme a mí que tengo este medio de comunicación con ustedes lectores. Pero bajar un auto por las escaleras de Copérnico estaba dentro de las “locuras” de aquellos años de mi infancia. Como el dueño de un Citroën Mehari, imagino que un bacán de la zona. Porque no les comenté que en ese barrio vivía cada nene, y actualmente vive que para que vamos a hablar de su situación económica.

Volviendo al loco del Mehari le digo que este lo bajó por la escalera, para no tener que dar toda la vuelta manzana. Es una zona complicada por la distribución de las calles. Si te equivocabas en una de ellas podías terminar en la Avenidadel Libertador, que está a unas tres cuadras de esa esquina del título de este relato.

Otro loco tenía una moto de motocross y como chiste bajaba la escalera de Copérnico a toda velocidad. Alguna señora paqueta se vio sorprendida por esta actitud del piloto de la moto. Varias veces lo hizo hasta que alguien hizo la denuncia a la policía y esta se puso en alerta. No lo hizo más. Tampoco supe quien era el dueño de la moto y su “proeza” de bajar a toda velocidad por la escalera.

Entre el frente de mi casa y la de enfrente había una vereda enorme. Ambas a la vera de la escalera de Copérnico eran las últimas de la cuadra. La de enfrente tenía la entrada del garaje ubicada justo ahí. Por lo tanto toda esa vereda era parte de la calle Galileo. Un día al salir de mi casa me encontré con un auto estacionado casi en la puerta de mi casa. Durante un tiempo comenzaron a usar esa gran vereda para estacionar automóviles.

Otra denuncia y los autos desaparecieron del lugar. Resulta que la calle Galileo, por aquellos años, no tenía medido su estacionamiento, era totalmente libre. Muchos automovilistas que tenían sus ocupaciones en el centro de la ciudad solían dejar estacionados sus autos allí. Es una zona con gran profusión de colectivos que te acercan al microcentro porteño.

A media mañana era casi imposible encontrar un lugar para estacionar, pese a que el estacionamiento era, y es, a 90º con respecto a la vereda. La calle Galileo es muy ancha y en aquellos años era totalmente empedrada. Además hay que tener en cuenta que muchos propietarios de autos tenían más de uno y no todos entraban en los garajes de los edificios. Como pasaba en el edificio que vivía.

A mediados de los ’80 estudiaba periodismo y regresaba tarde a mi casa a eso de las 10 y media de la noche. Como medio de transporte usaba una bicicleta, harto de los colectivos porteños, así que volvía de la zona del barrio porteño de Congreso con poco tránsito por aquellos años.

Como siempre entraba por la calle Copérnico y su esquina de Gelly y Obes. Para mi bicicleta verde tipo inglés con rodado ancho y freno a varilla, la escalera de Copérnico, no era ningún problema. Llegaba hasta el final de la calle. Me apeaba de la bici. La alzaba y bajaba la escalera para perderme en la puerta negra de la izquierda de la calle Copérnico.

Esa noche al llegar al lugar indicado veo la cola de un Ford Falcon estándar nuevo en una rara posición. Pensé que ese auto estaba un poco más allá de lo habitual de la vereda. Porque muchos para aprovechar el último lugarcito estacionaban su auto sobre la vereda a punto de bajar la escalera en forma accidental. Tal vez al Falcon le pasó eso. No a él sino a su conductor.

Porque ante mi sorpresa el Falcon tenía el tren delantero encima de los primeros escalones de la escalera de Copérnico. Así había quedado, su carrocería apoyada en la vereda y las ruedas delanteras en el aire sin tocar los escalones. Al lado del atrapado Falcon estaban el dueño y sus dos hijos adolescentes.

Llegué hasta el lugar y como siempre realicé la maniobra habitual. Ante la mirada de los tres integrantes del Falcon. Que observaban mis acciones para descender la escalera y perderme en la puerta negra de mi casa. Cuando empiezo a bajar la escalera escucho lo siguiente: “ves papá así tendrías que hacer con el auto. Lo levantamos y lo bajamos como el muchacho con la bicicleta”. Eso lo dijo uno de los hijos del propietario del Falcon. No llegué a escuchar la puteada del padre, si la hubo.

Vivencias al lado de una escalera que era el final de una calle que desorientaba a automovilistas y peatones. Más de una vez tuve que hacer de guía turístico ante la mirada atónita de las personas que no sabían cómo seguir, a pie, por esa calle rara, muy rara de la ciudad de Buenos Aires.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 25 tháng 1, 2014

Dos autos en la playa

Una vacaciones en las playas de Mar de Ajó. Un campamento a orillas del Mar Argentino junto a dos autos y una casa rodante. La segunda parte de un relato en enero de 1986.

La Falcon Rural y el campamento en enero de 1986. La foto fue tomada al amanecer.


Hace poco les conté unas vacaciones que pasé junto a mi familia en las playas de Mar de Ajó en un campamento en compañía de dos autos y una casa rodante. Nuevas anécdotas se suman al relato ya publicado. Las cosas que pasaron en ese enero de 1986. Todas no entraban en una sola publicación. Por eso hoy les termino de contar sucesos de aquél verano en la Costa Atlántica.

Era la primera vez que mi padrino, Oscar, estaba de campamento de la playa. No dudaba de su capacidad de adaptación. Ya que le tocó hacer la colimba en la Marina y se pasó unos cuántos días, en alta mar, a bordo de un barco con la heladera rota y comiendo comida en mal estado.

Pero la playa tiene sus secretos que hay que conocer muy bien. Nosotros con mi familia teníamos, ya, varios veranos acampados en las playas de Mar de Ajó. Conocíamos la geografía y la meteorología del lugar.

Solíamos salir a buscar leña, trozos de madera o bosta de vaca seca, todo lo que sirviera para poder realizar un asado en la playa. Toda una tarea para aquellos que nunca la realizaron. Parece una situación sencilla y fácil, dada la alta temperatura que puede alcanzar la arena de la playa, cuando se calienta por la acción del fuego. Lo cual nos ayuda con la cantidad de leña que utilizaremos para cocinar nuestro asadito. Y porque no unos choricitos que degustaremos a la sombras de nuestras carpas.

Pero el viento puede ser nuestro peor enemigo. Mi padrino en vista del factor viento, que siempre sopla en la playa, se agenció de un horno de cocina que encontramos tirado en los médanos, en una de nuestras incursiones diarias. Ese sería su resguardo para preparar el fuego para el asado. Su arma secreta contra el viento.

A la mañana indicada para hacer el asado, un día espectacular, de temprano el viento soplaba del noroeste. Así armó su resguardo con el viejo horno en su lucha por derrotar al viento playero. “Oscar, mirá que el viento rota con frecuencia” fue mi sabio consejo de experimentado acampante. Con esta velocidad y de donde sopla, el norte, no va a cambiar, me dijo mi padrino.

Como si de un marinero de alta mar se tratara con muchos años de navegación en su haber. En síntesis, durante la cocción del asado, el viento rotó no menos de tres direcciones diferentes. Eso en el término de unas dos horas. Así es la playa.

Pero esa anécdota tiene su continuación. Al degustar el asado y los chorizos, con algo de arena pegada a su piel, y ubicarnos en el ante comedor de la casa rodante, algo más pasó.

En un momento del almuerzo, Sonia, la hija de mis padrinos, dice “los chorizos tienen arena”. Claro que algo tenían, como se disculpó su padre, autor del asado, pero no en la cantidad que presentaba su plato de comida. Resultó que la ventana del ante comedor, al lado de la cual estaba su mesa, no estaba bien cerrada en su borde inferior. El viento que soplaba del noroeste, nuevamente, le había depositado un pequeño médano de arena en el jugo de su ensalada.

A la izquierda se puede ver el Renault 6 arriba del médano en
el campamento en enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Dos medios cajones de plástico, de esos que usan para guardar los pescados en los barcos pesqueros, fueron arrojados a la playa por el mar. Con esos dos elementos unidos conformamos una especie de gran bandeja que nos sirvió para acarrear la leña para el asado. Una soga los unió y otra sirvió de medio de arrastre para transportar la leña, trozos de madera y bosta de vaca seca recolectada en los médanos vecinos a la playa.

Esos tres elementos juntados son sirvieron para cocinar el asado a las brazas. Aquellos que han tenido la oportunidad de vivir en el campo sabrán de las bondades ígneas de la bosta de vaca seca. Diríamos que son como “briquetas” ecológicas. Pese al origen espúreo de las mismas.

Esos dos cajones plásticos unidos fueron bautizados como “carrito bostero” y era llevado por nosotros en las incursiones a los médanos en caminatas, de las cuales siempre traíamos bosta de vaca seca. A veces una pila enorme. Resulta que por los médanos, en aquellos años, pastaban vacas, que de vez en cuando solían bajar a la playa a tomar agua salada. Lo hacían a la tardecita o en la noche cuando no había personas en la playa.

 Así fue como una tardecita que volvíamos al campamento y buscando un terreno llano para arrastrar nuestra gran carga de bosta de vaca seca salimos a la playa. Mucho antes de nuestro lugar de residencia en la playa.

Al salir pasamos cerca de una familia que jugaba a la pelota paleta junto a su flamante Peugeot 505, un auto de alta gama y para un público bastante exclusivo en la Argentinade 1986.

Mi padrino empezó a vociferar a grito pelado “a las tortitas negras, a las tortitas negras” ante nuestras risas y la mirada atónita de la familia del 505. Resulta que era la hora del mate y solían pasar vendedores ofreciendo tortitas negras, biscochos y pendorchos por la playa. Los pendorchos los vendía un matrimonio que venía en una Fiat Giardinetta, toda una rareza en la playa y en Argentina.

Muchas personas que pasaban por nuestro campamento habrán pensado para que serviría esa pila de bosta de vaca que estaba ubicada a un lado de nuestro campamento. Era la manera más barata de hacer un rico asado en la playa, siempre y cuando evitáramos la arena en los chorizos. Una forma de aprovechar ecológicamente lo que la naturaleza y las vacas nos proporcionaban.

El 26 de enero es el cumpleaños de mi hermana Alejandra y siempre estábamos de vacaciones, generalmente en las playas de Mar de Ajó. Así que los festejos eran acotados sobretodo si estábamos en el campamento a varios kilómetros de la urbanidad.

Mi hermana de chica a tenido una predilección por las pastas, en especial, las rellenas. Así que ese era su regalo de cumpleaños: pasta rellena, ese 26 de enero de 1986 ravioles de una fábrica de pasta de Mar de Ajó. Su regalo de cumpleaños para festejar sus 15 años. Toda una rareza hoy en día. Sus 15 años en la playa y en un campamento.

Los integrantes del campamento en Mar de Ajó en
enero de 1986 y la torta de cumpleaños de mi hermana.

Algo no falla: ese día hace un calor de infierno en la playa o llueve como si fuera el diluvio de Noé. Ese 26 de enero no fue la excepción a la regla. Tanto calor hacía que no se soportaba el sol a la hora del mediodía. Había que resguardarse bajo la sombra si uno no quería achicharrarse al sol. Encima soplaba viento de dirección norte con tal intensidad que hacía volar la arena seca.

Arena que castigaba sin pudor nuestras piernas. Era una especie de “peeling” natural y gratuito sin la intervención de terceros. La arena seca golpeando las pantorrillas es una de las torturas que se suele padecer en la playa con un intenso ardor en la zona afectada. Agravado por el hecho de estar irritada la piel por el diabólico sol que nos azotaba ese fatídico 26 de enero.

El viento siguió soplando con tanta intensidad a la hora del almuerzo que tuvimos que comer en el ante comedor de la casa rodante con todas las ventanas y puerta cerradas. Así nos dispusimos a degustar la olla de ravioles con salsa que preparó mi madre, Rosa.

Empezamos a comer los ricos ravioles y comenzamos a sudar. Porque a esa altura no transpirábamos como personas, sudábamos como caballos en plena faena rural. Dadas las condiciones internas del ante comedor comprobamos in situ y en persona el efecto invernadero, mucho antes que se habla de este fenómeno climático. Era un hervidero ese ante comedor. La comida, nuestros cuerpos y el implacable sol de enero hicieron una conjunción infernal.

En un momento dado todos dejamos de comer, no podíamos más con el calor, salvo una persona que seguía comiendo como si nada pasase: mi hermana, la que cumplía 15 años. Todos sudábamos y mirábamos como engullía su segundo plato de ravioles. Solo de verla te daba calor. La temperatura en el ante comedor era inaguantable.

Terminamos de comer y salimos en masa, del ante comedor, en busca de un poco de aire fresco, que no conseguimos, pero a la sombra del alero, que estaba armado enfrente se respiraba algo de aire. Ahí nos quedamos un rato a la espera de que esos ravioles, tan cálidos, siguieran el curso de nuestras digestiones.

¡Feliz Cumpleaños hermana!

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 4 tháng 1, 2014

Dos autos y una casa rodante

Un viaje de vacaciones a Mar de Ajó en dos automóviles y una casa rodante. Un campamento frente al Mar Argentino a mediados de los años ’80. Un grupo de personas vacacionando en el mes de enero.

Parte del campamento en las playas de Mar de Ajó en enero de 1986.


Mi padre había comprado un Renault 6 GTL modelo 1981 de color azul y lo usaba para nuestros viajes de fin de semana a San Miguel. Cuando se acercaba el verano de 1986 decidió comprar una rural Ford Falcon modelo 1977 de color verde. Que estaba en muy buen estado y era el modelo de lujo, la que traía el vidrio de la luneta trasera eléctrico. Toda una tecnología para aquellos años en Argentina.

En vistas de la proximidad de las vacaciones, durante el mes de enero de 1986, compró una casa rodante usada. A la que la pusimos en condiciones en la casa de mi abuela Adelina en San Miguel. Hubo que arreglarle algunas cosas y pintar otras.

Así el equipo de transporte se integraba por la Falcon rural, tirando la casa rodante y el Renault 6. Semejante transporte porque seríamos nueve los integrantes de esas vacaciones  en las playas de Mar de Ajó en el verano de 1986.

El staff se integraba por mi padre, Lorenzo, la mando de la rural Falcon, mi madre, Rosa, mi madrina, Olga, mi abuela Adelina y mi tía abuela, Estela, los ocupantes. En el segundo vehículo, el Renault 6, los pasajeros eran, mi padrino, Oscar, la hija de él, Sonia, mi hermana, Alejandra y yo al mando, ya que mi padrino nunca aprendió a manejar.

Conformado el equipo partimos rumbo a la Costa Atlántica, por la vieja Ruta 2, hoy autovía, hasta el empalme con la Ruta 36, que nos llevaría hasta la Ruta11, ya asfaltada para 1986. Con la consabida parada en Pipinas para reponer combustible y descargar las vegijas.

El viaje de ida fue sin contratiempos y de noche. Llegamos a Mar de Ajó muy temprano por la mañana. A unos nueve kilómetros, uno por persona, al sur de Mar de Ajó, armamos nuestro campamento, que parecía una pequeña villa veraniega.

Porque además de la casa rodante, que era para cuatro personas, llevábamos dos carpas, dos ante comedores, un alero y un baño. La casa rodante tenía uno de los ante comedores, que se adosaba a la carrocería y permitía otro ambiente donde realizábamos nuestras comidas diarias.

Mis padrinos habían llevado una carpa para cinco personas, pero solo ellos dos pernoctaban en ella. La carpa también les servía para guardar los bártulos con la ropa que usarían en las vacaciones.

Mis viejos y yo dormíamos en otra carpa para cinco personas, que por delante tenía puesto el otro ante comedor. Al cual mi padrino bautizó: “La matera”. Porque allí solían desayunar con mates con mi madrina. Un alero naranja, que había sido un sobretecho de una carpa era otro refugio en busca de sombra.

En casa rodante dormían mi tía abuela, mi abuela, la hija de mis padrinos y mi hermana. Así todos los integrantes del campamento tenían un lugar donde descansar por las noches. Ya que dormir la siesta era una tarea insana, por el calor que toman las carpas y la casa rodante. Lo mejor era estar a la sombra de un alero.

El campamento se complementaba con un baño de color azul. ¡Ah! Me olvidaba de la bomba de agua para tener agua dulce para lavar la ropa, los cacharros y la cabeza para sacarnos la sal del agua de mar del pelo. Y por supuesto la consabida soga para secar la ropa.

Otra vista del campamento de enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Un día apareció una señora que le pidió prestada, a mi padre, una plancha para cocinar unos bifes. Mi viejo averiguó sino la íbamos a usar y se la prestó. La mujer le preguntó: “¿a qué hora desarman todo y se van?”. “¿Cómo?”, le respondió mi padre. “Le digo a que hora se van de la playa”, dijo la mujer. “Señora nos llevó tres días armar todo el campamento”, le contestó mi padre. “¿Se quedan en la noche?” inquirió la señora.

Ante la nueva pregunta mi padre le dijo que hacíamos diez días que estábamos acampados en el lugar. La señora no podía entender y manifestó su miedo por la noche. Mi padre le dijo que el miedo lo teníamos, nosotros, durante el día cuando llegan los turistas a la playa. No por inseguridad, sino por intranquilidad.

Aquellos que tuvieron la suerte de acampara junto al mar saben de qué hablo. Al quedar casi desierta la playa la tranquilidad aflora. Como cuando llegan las gaviotas, de quién sabe donde, a comerse los restos de comida que dejaron los turistas en el día. Ahí es cuando la playa te pasa a pertenecer, por lo menos hasta el otro día a media mañana, cuando aparecen los primeros turistas con el fin de pasar el día.

Las compras de alimentos la hacíamos en el pueblo de Mar de Ajó en una carnicería y verdulería. Como éramos nueve para comer las compras eran abundantes. Tanto era así que solíamos salir del local con un cajón de madera lleno de alimentos comprados para saciar nuestro hambre. Un día al salir con el consabido cajón, que llevaban en andas mi hermana y la hija de padrino, ambas chicas de unos quince años, iban al coro de “somos muchos, somos muchos”.

Lo decían porque algunas personas que esperaban para hacer sus compras, miraban azoradas, como esas dos niñas salían con un cajón llevo de verduras, frutas y carne. Las chicas no querían pasar vergüenza por la cantidad de alimento que portaban en sus manos.

Para realizar las compras usábamos el Renault 6. Como cuando regresamos, un sábado a la tarde, de misa en la capilla de Mar de Ajó. Una tormenta se había armado como para alquilar balcones. Viento fuerte, muy fuerte, que volaba todo lo que podía a su paso. Nosotros nos metimos en el auto y salimos disparados para el campamento.

A bordo del Renault íbamos mi madre, mi tía abuela, mi madrina, la hija de ella, mi hermana y yo de chofer. El camino de regreso lo hicimos en santiamén. Volaba por las calles de tierra desiertas. Todo para llegar cuanto antes al campamento en el que habían quedado mi padre, mi padrino y mi abuela. Llegamos pronto. En la playa no quedaba nadie. Todos habían salido disparando por el frente de tormenta que se había armado.

El viento paró y la lluvia no fue nada en comparación con el presagio que anunciaba. Pero el susto igual lo tuvimos. Pensábamos que las carpas se las llevaba el viento, junto con la casa rodante. Por suerte nada de eso pasó. Son gajes de la vida de campamento.

Pero todo eso bien vale la pena por los quince días que se pasan en la playa. Eran la mejor forma de reponerse de las tensiones y cargas del año. Uno se energizaba para afrontar con mejores condiciones el nuevo año que había comenzado. Felices días de campamento junto al mar.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 21 tháng 12, 2013

El último tranvía

Una fotografía en una carpeta y un recuerdo para un transporte público que ya no funciona en la ciudad de Buenos Aires. La foto tomada en una esquina porteña hace 50 años trajo a mi memoria sucesos del pasado.

Unos de los últimos tranvía en circular por la ciudad de Buenos Aires.
La fotografía fue tomada en la esquina de Avenida Las Heras y Galileo el 29 de enero de 1963.


Mi padre, Lorenzo, a modo de despedida tomó una fotografía en la esquina de Avenida Las Heras y Galileo al último tranvía que circuló por la ciudad de Buenos Aires. Estimo que era de la línea 38, porque las demás líneas de tranvías habían dejado de funcionar a finales del año 1962. La fotografía mi padre la tomó el 29 de enero de 1963, en la esquina de Avenida Las Heras y Galileo. Para aquel entonces tan solo tenía 2 años de edad, sin embargo, tengo un vago recuerdo de un viaje en tranvía.

Mi memoria tiene guardado el clásico sonido de los motores eléctricos del tranvía. El sonido del zumbido al ir acelerando su marcha. No me pregunten como un chico de 2 años tiene ese recuerdo, pero lo tengo. Como también tengo la imagen, muy borrosa, de estar dentro del tranvía y ver el largo pasillo, para un niño pequeño, con sus asientos vacíos. El piso de chapa lustrosa por el paso de los años y los pasajeros.

Recuerdos que han perdurado en mi memoria a lo largo de más de 50 años. A veces no podemos explicarnos como recordamos esos sonidos e imágenes. Otras veces tenemos esos recuerdos pero no podemos asociarlos con algo visto, hasta que alguien más viejo, que nosotros, nos dice: “vos viajaste en un tranvía”.

Lo que si recuerdo con toda claridad es la playa de estacionamiento de tranvías que existió en la esquina de la Avenida LasHeras y Ortiz de Ocampo. Siempre le preguntaba a mi madre qué eran esas vías que se perdían detrás de un alto portón de madera.

Las vías de tranvía, todavía visibles a mediados de los años ’60, estaban en la Avenida Las Heras, tanto hacia Plaza Italia como hacia la Avenida Callao.Las vías que venían en sentido de la Plaza Italia hacían una curva y cruzaban la Avenida Las Heras hacia la playa de estacionamiento de Ortiz de Ocampo.

Hoy ese lugar, la esquina precisamente, hay una sucursal del Banco Ciudad. Pero cuando era un niño allí dentro todavía estaban estacionados los tranvías de las líneas 10 y 17. Cuando pasaba caminando con mi madre no perdía la oportunidad de espiar hacia adentro y ver algunos tranvías estacionados esperando su futuro desguace.

Muchos años las vías del tranvía fueron un claro testimonio de su paso por las calles de la ciudad de Buenos Aires. Intereses económicos los sacaron de circulación, hoy serían una solución menos contaminante como transporte público para los porteños. Pero a veces las cosas no salen como uno quiere.

Todos estos recuerdos afloraron mi mente al encontrar en una carpeta con fotos y recortes que armó mi padre, allá hace tiempo, como hobby y que está presente para darnos prueba de la historia de la ciudad de Buenos Aires.

No como un hecho nostálgico, sino para que las nuevas generaciones sepan qué ocurrió en el pasado. Así sabrán lo acontecido para no tropezar con una piedra llamada historia.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Bài đăng phổ biến