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Thứ Bảy, 8 tháng 2, 2014

Copérnico y Galileo

No voy a hablar de los astrónomos europeos, sino de dos calles de la ciudad de Buenos Aires, que existen y no son un invento del autor de estas líneas. Tan real es esa esquina porteña que ahí me crié y pasé toda mi infancia y juventud.

La escalera de la calle Copérnico y en primer plano mi padre,
José Lorenzo Uldane. La foto es del 14 de abril de 1964.


Vivir en la última casa de una calle, Copérnico, que termina en escalera te marca en la vida. No es normal que salgas a la calle y te encuentres con una escalera a tu derecha. De esa escalera descendían los peatones que venían desde la otra esquina, donde termina Copérnico, la calle Gelly y Obes. Porque no solo finaliza en escalera sino tiene una sola cuadra de extensión. Así de corta es la calle Copérnico.

Calle que parecía una selva tropical porque sus balcones estaban profusamente cargados de plantas y flores de todo tipo. Hasta el canto de un tucán te acompañaba a lo largo de su cuadra. Parecía como si por un momento estuvieras en la provincia de Misiones. Además el silencio era notable dado las masas edilicias que te rodeaban que aislaban el sonido de la Avenida Las Heras, que corría, y corre, paralela a la calle Copérnico.

La otra calle, Galileo, no era mucho más larga. Dos cuadras de extensión. Pero una de esas dos cuadras era el edificio donde vivía y la estación de servicio Esso y la otra era normal. Algo normal en toda esta historia de calles y esquinas. Pero no crean que todo tendía a ser normal en esa parte del barrio porteño de Recoleta.

Pero la pregunta es ¿qué tiene que ver esa esquina con escalera con los viejos autos que supimos conseguir? Mucho porque es un serio obstáculo a salvar por los automóviles que buscaban seguir rumbo a la Avenida Las Heras, por ejemplo. En aquellos años la calle Copérnico no tenía ninguna indicación que no tenía salida. Pasaron décadas hasta que a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires se le ocurrió que podía colocar un cartel indicador. Si no recuerdo mal recién fue con la retornada democracia que pusieron sendos carteles en la esquina de Copérnico y Gelly y Obes.

Vista de la esquina de Copérnico desde la calle Galileo.
Los automóviles están estacionados frente al garaje de mi edificio.
La fotografía fue tomada el 29 de abril de 1964.

Locos siempre hubo y los habrá, sino pregúnteme a mí que tengo este medio de comunicación con ustedes lectores. Pero bajar un auto por las escaleras de Copérnico estaba dentro de las “locuras” de aquellos años de mi infancia. Como el dueño de un Citroën Mehari, imagino que un bacán de la zona. Porque no les comenté que en ese barrio vivía cada nene, y actualmente vive que para que vamos a hablar de su situación económica.

Volviendo al loco del Mehari le digo que este lo bajó por la escalera, para no tener que dar toda la vuelta manzana. Es una zona complicada por la distribución de las calles. Si te equivocabas en una de ellas podías terminar en la Avenidadel Libertador, que está a unas tres cuadras de esa esquina del título de este relato.

Otro loco tenía una moto de motocross y como chiste bajaba la escalera de Copérnico a toda velocidad. Alguna señora paqueta se vio sorprendida por esta actitud del piloto de la moto. Varias veces lo hizo hasta que alguien hizo la denuncia a la policía y esta se puso en alerta. No lo hizo más. Tampoco supe quien era el dueño de la moto y su “proeza” de bajar a toda velocidad por la escalera.

Entre el frente de mi casa y la de enfrente había una vereda enorme. Ambas a la vera de la escalera de Copérnico eran las últimas de la cuadra. La de enfrente tenía la entrada del garaje ubicada justo ahí. Por lo tanto toda esa vereda era parte de la calle Galileo. Un día al salir de mi casa me encontré con un auto estacionado casi en la puerta de mi casa. Durante un tiempo comenzaron a usar esa gran vereda para estacionar automóviles.

Otra denuncia y los autos desaparecieron del lugar. Resulta que la calle Galileo, por aquellos años, no tenía medido su estacionamiento, era totalmente libre. Muchos automovilistas que tenían sus ocupaciones en el centro de la ciudad solían dejar estacionados sus autos allí. Es una zona con gran profusión de colectivos que te acercan al microcentro porteño.

A media mañana era casi imposible encontrar un lugar para estacionar, pese a que el estacionamiento era, y es, a 90º con respecto a la vereda. La calle Galileo es muy ancha y en aquellos años era totalmente empedrada. Además hay que tener en cuenta que muchos propietarios de autos tenían más de uno y no todos entraban en los garajes de los edificios. Como pasaba en el edificio que vivía.

A mediados de los ’80 estudiaba periodismo y regresaba tarde a mi casa a eso de las 10 y media de la noche. Como medio de transporte usaba una bicicleta, harto de los colectivos porteños, así que volvía de la zona del barrio porteño de Congreso con poco tránsito por aquellos años.

Como siempre entraba por la calle Copérnico y su esquina de Gelly y Obes. Para mi bicicleta verde tipo inglés con rodado ancho y freno a varilla, la escalera de Copérnico, no era ningún problema. Llegaba hasta el final de la calle. Me apeaba de la bici. La alzaba y bajaba la escalera para perderme en la puerta negra de la izquierda de la calle Copérnico.

Esa noche al llegar al lugar indicado veo la cola de un Ford Falcon estándar nuevo en una rara posición. Pensé que ese auto estaba un poco más allá de lo habitual de la vereda. Porque muchos para aprovechar el último lugarcito estacionaban su auto sobre la vereda a punto de bajar la escalera en forma accidental. Tal vez al Falcon le pasó eso. No a él sino a su conductor.

Porque ante mi sorpresa el Falcon tenía el tren delantero encima de los primeros escalones de la escalera de Copérnico. Así había quedado, su carrocería apoyada en la vereda y las ruedas delanteras en el aire sin tocar los escalones. Al lado del atrapado Falcon estaban el dueño y sus dos hijos adolescentes.

Llegué hasta el lugar y como siempre realicé la maniobra habitual. Ante la mirada de los tres integrantes del Falcon. Que observaban mis acciones para descender la escalera y perderme en la puerta negra de mi casa. Cuando empiezo a bajar la escalera escucho lo siguiente: “ves papá así tendrías que hacer con el auto. Lo levantamos y lo bajamos como el muchacho con la bicicleta”. Eso lo dijo uno de los hijos del propietario del Falcon. No llegué a escuchar la puteada del padre, si la hubo.

Vivencias al lado de una escalera que era el final de una calle que desorientaba a automovilistas y peatones. Más de una vez tuve que hacer de guía turístico ante la mirada atónita de las personas que no sabían cómo seguir, a pie, por esa calle rara, muy rara de la ciudad de Buenos Aires.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 28 tháng 9, 2013

Un semáforo violento

Varias horas en una ventana hacia una avenida porteña. Hechos que sucedieron en los años 60 y 70. Visto por los ojos de un niño de departamento.

 
Vista de la ventana del séptimo piso hacia Avenida Las Heras.

He pasado varias horas de mi vida viendo transcurrir el tránsito en la Avenida Las Heras. Más precisamente a través de una ventana que daba a la esquina de Agüero, Galileo y Avenida Las Heras. Cinco esquinas me daban una visión de los avatares que se desarrollaban siete pisos más abajo.

Buena parte de mi infancia me crié sin televisor. Así que mirar por la ventana hacia esas cinco esquinas era mi pasatiempo. De día y a veces de noche. Con la ventana abierta en verano o cerrada en invierno.

Los primeros años de mi niñez sucedieron sin que en esas cinco esquinas hubiera un semáforo. Si hubo una garita, donde un policía dirigía el tránsito. Con los años el progreso se llevaría la garita, primero, y luego traería un semáforo. El progreso había llegado a las cinco esquinas.

Algunos dicen que por pedido de los curas del Colegio San Agustín, que está a media cuadra por la calle Agüero. Puede ser que ese fuera el principal pedido para colocar un semáforo en el lugar.

Así el tránsito comenzó a ordenarse de otra forma. Pese a que por muchos años a cierta hora de la noche el semáforo se ponía intermitente. Una práctica que se extendió a todo el ámbito de la ciudad de Buenos Aires. Por la noche muchos semáforos titilaban luces amarillas.

La historia creo que sucedió a principio de la década del 70. Un día de tantos estaba mirando por la ventana como el tránsito por la Avenida Las Heras iba y venía. Creo que era a media mañana y tal vez fuera un sábado o en vacaciones de verano. Porque tengo la vaga idea que hacia calor.

El calor también fue parte de los hechos que vi a través de la ventana. Un corte de semáforo, como tantos, del tránsito de Las Heras, para que circulan los autos por Agüero. Los autos de la avenida paran como corresponden.

En sentido hacia la Avenida Callao, para los que conocen el barrio, para un Fiat 1600. Un auto nuevo para esos años. Detiene su marcha. Hasta ahí todo normal. Se abre la puerta del conductor y este desciende.

Lo veo avanzar hacia el frente del auto. Pensé tiene un problema en el motor. Pero, no abre el capot sino que rodea el auto y va hacia la puerta del acompañante.

Venía una persona sentada en ese lugar. Pensé que sería una mujer y le quería abrir la puerta. Cosas de aquellos años de caballerosidad y menos igualdades entre los sexos.

Efectivamente abrió la puerta del acompañante y sacó a una mujer. Sacó es el término exacto. La sacó y la arrastró hacia delante y la recostó en el capot del Fiat 1600. En esa posición comenzó a abofetearla en ambos sentidos.

Mi asombro no daba crédito a lo que veían mis ojos de niño. El escribir el suceso es más prolongado que los segundos que transcurrieron en la acción. Sopapo va y viene el tipo le estaba pegando a una mujer en plena Avenida Las Heras en un semáforo cortado.

Enseguida aparecieron algunos de los muchachos que trabajaban en la Esso de debajo de casa y algún transeúntes de ese momento. Lograron detener al hombre que seguía muy exaltado contra la mujer. Si no recuerdo mal lo tuvieron que sostener entre dos tipos.

También apareció un policía y la cosa se calmó. Ese barrio tenía en aquellos años mucha presencia policial por la cercanía de embajadas y personajes encumbrados. Para todo esto el semáforo se había abierto y los bocinazos no se hicieron esperar.

Si no recuerdo mal el tipo siguió su camino en su auto y la mujer a pie. Pero no me acuerdo si la policía se lo llevó al tipo. Hoy hubiese terminado con una denuncia por malos tratos, pero en aquella época no existía conciencia de ello.

Quedé conmocionado por lo visto y por su rapidez. Salí corriendo de la habitación y fui a contarles a mi madre y mi tía abuela lo que había visto. Creo que estaban tomando mate en la cocina. No podían creer lo relatado. Pero sucedió y por eso, hoy, se los conté.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Thứ Bảy, 14 tháng 9, 2013

La explosión de la Shell

Una explosión en una estación de servicio y la conmoción en el barrio. De lo que produjo y las consecuencias que trajo aparejadas. Relatos de terceros que sufrieron un accidente en la década del ’70.

En el círculo azul la Shell de Austria y Avenida Las Heras.


Más o menos para esta época en 1975 explotó la estación de servicio Shell ubicada en la esquina de Austria y Avenida Las Heras en el barrio porteño de Recoleta. Sucedió a media mañana y produjo una gran conmoción en todo el vecindario. Sobretodo teniendo en cuenta que a una cuadra había otra estación de servicio. La Esso que estaba debajo de mi casa en la esquina de Avenida Las Heras y Galileo.

Como todas las mañanas del ciclo lectivo escolar emprendí la marcha para el Colegio Domingo Faustino Sarmiento ubicado en la calle Libertad al 1200, donde cursé mi secundario. De allí egresé como bachiller para ahora escribirles estos relatos automovilísticos.

El viaje de ida lo hacia en colectivo, en la línea 59, y me bajaba en Avenida Santa Fe y Libertad. Caminaba una cuadra y media para encontrarme con el colegio secundario. Al regresar, para ahorrarme unos pesos, y de paso hacer un poco de ejercicio, caminaba hasta mi casa ubicada en la esquina de Copérnico y Galileo.

Como regresaba caminando no llegaba hasta la esquina de Avenida Las Heras y Galileo. Lo hacía por Copérnico que nace en la calle Gelly y Obes. Así que al cruzar la Avenida Pueyrredónenfilaba hacia Copérnico que solo tiene una cuadra y termina en escalera al llegar a Galileo. Por lo cual es una calle sin salida para los autos.

Viniendo por ese camino se deja de lado la Avenida Las Heras y entramos en un mundo paralelo donde se pueden oír los pájaros. Uno muy especial estaba en uno de los balcones de la calle Copérnico: un tucán. Solía cantar muy fuerte cuando lo dejaban al sol. Una calle exótica para el barrio de Recoleta con balcones convertidos en selvas en miniatura con una exuberante vegetación.

Así llegué hasta mi casa en un séptimo piso. Sin saber nada de lo ocurrido a media mañana en ese día de septiembre o octubre de 1975, aunque mi memoria puede fallar. “¿No re enteraste qué pasó?”, me dijo mi madre ni bien atravesé la puerta del palier. “No. ¿Qué pasó?”, fue mi asombrada respuesta. “Mirá por la ventana”, me respondieron.

Ante mi asombro vi como la estación Shell de la cuadra siguiente estaba teñida de negro en el frente sobre la Avenida LasHeras. La violenta explosión había dejado su rastro siniestro sobre los tres pisos superiores que conformaban un estacionamiento de automóviles encima de la Shell.

Según los testimonios de los vecinos del edificio lindero, sobre la calle Austria, el olor a gas era muy fuerte en el último tiempo. Las quejas del consorcio hacia la Shell se habían manifestado por la fuga de gas. Parece ser que se lo achacaban a los gases de nafta cuando se renueva el combustible en los tanques cisternas.

Pero no era eso lo que provocó la explosión, sino una fuga de gas natural. Si hubieran sido los tanques de combustibles la manzana hubiera desaparecido. Lo cierto es que la explosión se produjo cuando uno de los propietarios de la Shell encendió la luz en uno de los sótanos de la estación de servicio. Creo que dos personas más murieron en la explosión.

Los autos que estaban estacionados en las diferentes plantas de la Shell quedaron adentro por mucho tiempo. Creo que años. Si no recuerdo mal también había pisos subterráneos para estacionar autos. La rampa de acceso desapareció con la explosión.

Recuerdo el relato de un periodista del diario Clarín que todos los días cargaba combustible en esa Shell. Seguramente venía por la calle Austria, que tiene sentido de circulación hacia la Avenida del Libertados. Entraba a la Shell y cargaba nafta en su Fiat 1600. Luego salía a la Avenida LasHeras rumbo al microcentro porteño.

El tipo hizo su rutina. Cuando estaba detenido por el semáforo de Avenida Las Heras y Agüero sintió que la cola del auto se levantaba. Miró por el espejo retrovisor, pensando que un colectivo, de las tantas líneas que circulaban por allí, lo había chocado de atrás. Lo que ve por el espejo es la deflagración producto de la explosión. Se salvó por segundos de morir en la Shell.

La onda expansiva se propagó por la calle Austria hacia la Avenida del Libertador. Hoy se ubica la Biblioteca Nacionalen esa calle, pero por entonces había unas dependencias del Ministerio de Educación, sobre la Avenida LasHeras y hacia la mitad de cuadra una plaza que llegaba hasta la Avenida del Libertador.

En ese predio estuvo la vieja quinta presidencial donde falleció Eva Duarte y que fue demolida luego del golpe de estado de septiembre de 1955. Cosa curiosa: 20 años más tarde una explosión se produciría en el mismo barrio.

Fue tal la intensidad de la onda expansiva que rompió las ventanas de los edificios hasta dos cuadras, llegando a la Avenida del Libertador. Recuerdo que la cuñada del portero del edificio donde vivía sufrió en carne propia la onda expansiva. La sorprendió en la calle Austria y la tiró al piso. La pobre mujer quedó muy afectada por el suceso.

Mucho tiempo se habló en el barrio de la inmediata cercanía de dos estaciones de servicio, la Shellexplotada y la Essode abajo de casa. Se plantearon dudas acerca de la convivencia tan cerca una de otra. La Shellque explotó nunca más abrió sus puertas.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Thứ Ba, 23 tháng 4, 2013

La Esso de abajo


Un relato que nos narra las vivencias al lado de una estación de servicio Esso en el barrio de Recoleta en la ciudad de Buenos Aires. Anécdotas ocurridas a lo largo de 28 años de convivencia vecinal en una esquina porteña.

Foto de la Esso de Avenida Las Heras y Galileo tomada desde la ventana del 7º piso, donde vivi 28 años.


Me crié arriba y al lado de una estación de servicio Esso en la esquina de Avenida Las Heras y Galileo en pleno barrio de Recoleta en la ciudad de Buenos Aires. Fueron 28 años de mi vida arriba de una Esso. Esto sucede porque el edificio donde vivía en la esquina de Galileo y Copérnico lindaba con la Esso. El edificio hace una “U” y rodeaba la estación de servicio.

Varió mucho el edificio a lo largo de los años. Desde no tener techo y ver desde el séptimo piso, donde vivía, entrar y salir los autos hasta que la techaron a mediados de los años ’70. Allí vi por primera vez en su techo de losa poner algo que hoy es habitual y por aquellos años era de tecnología alemana de avanzada: la membrana de aluminio y brea. Así vi como la colocaron y tuve el gusto de conocer un recubrimiento para techo totalmente nuevo.

Pero también tuvimos el disgusto de comprobar cómo esa nueva membrana de aluminio irradiaba el sol en el verano. Tanto que era casi imposible asomarse a las ventanas, amén de soportar el calor producido por esos rayos solares irradiados hacia nuestro edificio. Comprobé que la membrana de aluminio aplicada al techo de la Essocumplía realmente su función.

Desde chico supe cuando había llegado el camión cisterna para reponer la nafta en los tanques subterráneos de la Esso. Elolor al gas de la nafta invadía todo el edificio donde vivía. Sin asomarte a la ventana ya sabías que el camión con acoplado, en aquellos años no se usaban como ahora los semirremolques, había comenzado a vaciar su tanque.

Me he pasado horas mirando el movimiento de la Esso, en especial en el invierno y con la ventana cerrada. Contabilizar autos de las diferentes marcas era el pasatiempo de un chico de departamento. Muchos años, la Esso, tuvo un surtidor de gasoil en la vereda, sobre la Avenida Las Heras. Durante muchos años en la ciudad de Buenos Aires había surtidores de gasoil y nafta sobre las veredas en distintas partes. Cerca de mi casa había otro en la Plaza Mitre ubicada en la Avenida Pueyrredóny Avenida Las Heras.

Cada tanto tenía suerte y un colectivo paraba, con sus pasajeros abordo, a cargar gasoil, durante su recorrido habitual. Más de 10 líneas de colectivos pasan por la Avenida LasHeras, así que alguno paraba a reabastecerse. Por entonces las terminales del auto transporte no tenían surtidores en todas sus cabeceras.

El silencio de la noche nos traía los sonidos desde la Esso de abajo. La estación de servicio tenía gomería así que en la noche los ruidos subían hasta nuestros oídos. En especial en el verano cuando la ventana del dormitorio estaba abierta, para mitigar el calor. Los diálogos se asomaban al marco de la ventana para irrumpir nuestro sueño nocturno. Más de una vez mi padre les reproduzco el diálogo nocturno, al otro día, cuando veía a los empleados de la Esso.

Esos empleados, playeros algunos, tenían ciertos comportamientos no muy santos. Cerca de la Essoestaba el concesionario Laprida de la marca Fiat. Los autos 0 kilómetro solían venir a cargar combustible una vez que abandonaban la agencia. Así era como a muchos Fiat 600 les robaron sus ruedas de auxilio. Como los conductores no se bajaban del auto y pedían que les llenaran el tanque, que estaba en el baúl, el playero, aprovechaba y mientras les cargaba nafta les robaban la rueda de auxilio. La dejaban tirada debajo del auto en el piso de la estación de servicio.

La Esso tenía dos socios que se robaban mutuamente y el ejemplo cunde. Así que los empleados les robaban a los clientes. Lo hacían en el engrase de los autos al no cambiarles los filtros o no engrasar los alemites. También robaba nafta con un bidón, ya que los conductores no se bajaban del auto. Hasta que a uno le cargaron tan poca nafta que el tipo hizo dos o tres cuadras y se quedó sin nafta.

Esa Esso fue, en algún momento, la estación de servicio que más dinero le dejaba a la empresa estadounidense en todo el país. Eso era por su ubicación y porque muchos clientes eran ricos y famosos. Tan famosos como un joven Alberto Olmedo o una jovencísima Susana Gímenez, que tenía un humilde Fiat 600. Los muchachos de la Esso le pedían que se acercara a la fosa, mientras le atendían la Bolita, para verla desde abajo con sus cortas minifaldas.

La techaron a mediados de los ’70. Allí perdí un mirador envidiable. Ya no podía observar el movimiento de los autos al entrar o salir. Pero ya tenía otras inquietudes que suplieron las horas de ver qué pasaba en la Esso de abajo.

Hubo una época, durante el tercer gobierno de Juan Domingo Perón, que la Esso pasó a ser YPF cuando nacionalizaron todas las bocas de expendio de combustible. Era raro ver allá abajo el cartel de la petrolera estatal en cambio del consabido óvalo blanco con círculo azul y letras rojas. Cosas de la política y los cambios de rumbos de la economía de un país.

Cuando se produjo el terremoto de Caucete en la provincia de San Juan, este afectó notoriamente a la ciudad de Buenos Aires. Tanto fue así que el portero del edificio, Arturo, estaba barriendo la vereda vio como se movía el camión cisterna con acoplado, que justo estaba descargando combustible. Arturo pensaba que era él que se sentía mal, porque estaba un poco descompuesto, pero el fuerte terremoto mecía para adelante y para atrás al camión con su acoplado.

Algunos recuerdos de vivir 28 años arriba de una Esso. La nafta fue parte de mi vida. Tal vez como combustible para ahora contarles cosas sobre los viejos autos que supimos conseguir.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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