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Thứ Bảy, 25 tháng 1, 2014

Dos autos en la playa

Una vacaciones en las playas de Mar de Ajó. Un campamento a orillas del Mar Argentino junto a dos autos y una casa rodante. La segunda parte de un relato en enero de 1986.

La Falcon Rural y el campamento en enero de 1986. La foto fue tomada al amanecer.


Hace poco les conté unas vacaciones que pasé junto a mi familia en las playas de Mar de Ajó en un campamento en compañía de dos autos y una casa rodante. Nuevas anécdotas se suman al relato ya publicado. Las cosas que pasaron en ese enero de 1986. Todas no entraban en una sola publicación. Por eso hoy les termino de contar sucesos de aquél verano en la Costa Atlántica.

Era la primera vez que mi padrino, Oscar, estaba de campamento de la playa. No dudaba de su capacidad de adaptación. Ya que le tocó hacer la colimba en la Marina y se pasó unos cuántos días, en alta mar, a bordo de un barco con la heladera rota y comiendo comida en mal estado.

Pero la playa tiene sus secretos que hay que conocer muy bien. Nosotros con mi familia teníamos, ya, varios veranos acampados en las playas de Mar de Ajó. Conocíamos la geografía y la meteorología del lugar.

Solíamos salir a buscar leña, trozos de madera o bosta de vaca seca, todo lo que sirviera para poder realizar un asado en la playa. Toda una tarea para aquellos que nunca la realizaron. Parece una situación sencilla y fácil, dada la alta temperatura que puede alcanzar la arena de la playa, cuando se calienta por la acción del fuego. Lo cual nos ayuda con la cantidad de leña que utilizaremos para cocinar nuestro asadito. Y porque no unos choricitos que degustaremos a la sombras de nuestras carpas.

Pero el viento puede ser nuestro peor enemigo. Mi padrino en vista del factor viento, que siempre sopla en la playa, se agenció de un horno de cocina que encontramos tirado en los médanos, en una de nuestras incursiones diarias. Ese sería su resguardo para preparar el fuego para el asado. Su arma secreta contra el viento.

A la mañana indicada para hacer el asado, un día espectacular, de temprano el viento soplaba del noroeste. Así armó su resguardo con el viejo horno en su lucha por derrotar al viento playero. “Oscar, mirá que el viento rota con frecuencia” fue mi sabio consejo de experimentado acampante. Con esta velocidad y de donde sopla, el norte, no va a cambiar, me dijo mi padrino.

Como si de un marinero de alta mar se tratara con muchos años de navegación en su haber. En síntesis, durante la cocción del asado, el viento rotó no menos de tres direcciones diferentes. Eso en el término de unas dos horas. Así es la playa.

Pero esa anécdota tiene su continuación. Al degustar el asado y los chorizos, con algo de arena pegada a su piel, y ubicarnos en el ante comedor de la casa rodante, algo más pasó.

En un momento del almuerzo, Sonia, la hija de mis padrinos, dice “los chorizos tienen arena”. Claro que algo tenían, como se disculpó su padre, autor del asado, pero no en la cantidad que presentaba su plato de comida. Resultó que la ventana del ante comedor, al lado de la cual estaba su mesa, no estaba bien cerrada en su borde inferior. El viento que soplaba del noroeste, nuevamente, le había depositado un pequeño médano de arena en el jugo de su ensalada.

A la izquierda se puede ver el Renault 6 arriba del médano en
el campamento en enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Dos medios cajones de plástico, de esos que usan para guardar los pescados en los barcos pesqueros, fueron arrojados a la playa por el mar. Con esos dos elementos unidos conformamos una especie de gran bandeja que nos sirvió para acarrear la leña para el asado. Una soga los unió y otra sirvió de medio de arrastre para transportar la leña, trozos de madera y bosta de vaca seca recolectada en los médanos vecinos a la playa.

Esos tres elementos juntados son sirvieron para cocinar el asado a las brazas. Aquellos que han tenido la oportunidad de vivir en el campo sabrán de las bondades ígneas de la bosta de vaca seca. Diríamos que son como “briquetas” ecológicas. Pese al origen espúreo de las mismas.

Esos dos cajones plásticos unidos fueron bautizados como “carrito bostero” y era llevado por nosotros en las incursiones a los médanos en caminatas, de las cuales siempre traíamos bosta de vaca seca. A veces una pila enorme. Resulta que por los médanos, en aquellos años, pastaban vacas, que de vez en cuando solían bajar a la playa a tomar agua salada. Lo hacían a la tardecita o en la noche cuando no había personas en la playa.

 Así fue como una tardecita que volvíamos al campamento y buscando un terreno llano para arrastrar nuestra gran carga de bosta de vaca seca salimos a la playa. Mucho antes de nuestro lugar de residencia en la playa.

Al salir pasamos cerca de una familia que jugaba a la pelota paleta junto a su flamante Peugeot 505, un auto de alta gama y para un público bastante exclusivo en la Argentinade 1986.

Mi padrino empezó a vociferar a grito pelado “a las tortitas negras, a las tortitas negras” ante nuestras risas y la mirada atónita de la familia del 505. Resulta que era la hora del mate y solían pasar vendedores ofreciendo tortitas negras, biscochos y pendorchos por la playa. Los pendorchos los vendía un matrimonio que venía en una Fiat Giardinetta, toda una rareza en la playa y en Argentina.

Muchas personas que pasaban por nuestro campamento habrán pensado para que serviría esa pila de bosta de vaca que estaba ubicada a un lado de nuestro campamento. Era la manera más barata de hacer un rico asado en la playa, siempre y cuando evitáramos la arena en los chorizos. Una forma de aprovechar ecológicamente lo que la naturaleza y las vacas nos proporcionaban.

El 26 de enero es el cumpleaños de mi hermana Alejandra y siempre estábamos de vacaciones, generalmente en las playas de Mar de Ajó. Así que los festejos eran acotados sobretodo si estábamos en el campamento a varios kilómetros de la urbanidad.

Mi hermana de chica a tenido una predilección por las pastas, en especial, las rellenas. Así que ese era su regalo de cumpleaños: pasta rellena, ese 26 de enero de 1986 ravioles de una fábrica de pasta de Mar de Ajó. Su regalo de cumpleaños para festejar sus 15 años. Toda una rareza hoy en día. Sus 15 años en la playa y en un campamento.

Los integrantes del campamento en Mar de Ajó en
enero de 1986 y la torta de cumpleaños de mi hermana.

Algo no falla: ese día hace un calor de infierno en la playa o llueve como si fuera el diluvio de Noé. Ese 26 de enero no fue la excepción a la regla. Tanto calor hacía que no se soportaba el sol a la hora del mediodía. Había que resguardarse bajo la sombra si uno no quería achicharrarse al sol. Encima soplaba viento de dirección norte con tal intensidad que hacía volar la arena seca.

Arena que castigaba sin pudor nuestras piernas. Era una especie de “peeling” natural y gratuito sin la intervención de terceros. La arena seca golpeando las pantorrillas es una de las torturas que se suele padecer en la playa con un intenso ardor en la zona afectada. Agravado por el hecho de estar irritada la piel por el diabólico sol que nos azotaba ese fatídico 26 de enero.

El viento siguió soplando con tanta intensidad a la hora del almuerzo que tuvimos que comer en el ante comedor de la casa rodante con todas las ventanas y puerta cerradas. Así nos dispusimos a degustar la olla de ravioles con salsa que preparó mi madre, Rosa.

Empezamos a comer los ricos ravioles y comenzamos a sudar. Porque a esa altura no transpirábamos como personas, sudábamos como caballos en plena faena rural. Dadas las condiciones internas del ante comedor comprobamos in situ y en persona el efecto invernadero, mucho antes que se habla de este fenómeno climático. Era un hervidero ese ante comedor. La comida, nuestros cuerpos y el implacable sol de enero hicieron una conjunción infernal.

En un momento dado todos dejamos de comer, no podíamos más con el calor, salvo una persona que seguía comiendo como si nada pasase: mi hermana, la que cumplía 15 años. Todos sudábamos y mirábamos como engullía su segundo plato de ravioles. Solo de verla te daba calor. La temperatura en el ante comedor era inaguantable.

Terminamos de comer y salimos en masa, del ante comedor, en busca de un poco de aire fresco, que no conseguimos, pero a la sombra del alero, que estaba armado enfrente se respiraba algo de aire. Ahí nos quedamos un rato a la espera de que esos ravioles, tan cálidos, siguieran el curso de nuestras digestiones.

¡Feliz Cumpleaños hermana!

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 4 tháng 1, 2014

Dos autos y una casa rodante

Un viaje de vacaciones a Mar de Ajó en dos automóviles y una casa rodante. Un campamento frente al Mar Argentino a mediados de los años ’80. Un grupo de personas vacacionando en el mes de enero.

Parte del campamento en las playas de Mar de Ajó en enero de 1986.


Mi padre había comprado un Renault 6 GTL modelo 1981 de color azul y lo usaba para nuestros viajes de fin de semana a San Miguel. Cuando se acercaba el verano de 1986 decidió comprar una rural Ford Falcon modelo 1977 de color verde. Que estaba en muy buen estado y era el modelo de lujo, la que traía el vidrio de la luneta trasera eléctrico. Toda una tecnología para aquellos años en Argentina.

En vistas de la proximidad de las vacaciones, durante el mes de enero de 1986, compró una casa rodante usada. A la que la pusimos en condiciones en la casa de mi abuela Adelina en San Miguel. Hubo que arreglarle algunas cosas y pintar otras.

Así el equipo de transporte se integraba por la Falcon rural, tirando la casa rodante y el Renault 6. Semejante transporte porque seríamos nueve los integrantes de esas vacaciones  en las playas de Mar de Ajó en el verano de 1986.

El staff se integraba por mi padre, Lorenzo, la mando de la rural Falcon, mi madre, Rosa, mi madrina, Olga, mi abuela Adelina y mi tía abuela, Estela, los ocupantes. En el segundo vehículo, el Renault 6, los pasajeros eran, mi padrino, Oscar, la hija de él, Sonia, mi hermana, Alejandra y yo al mando, ya que mi padrino nunca aprendió a manejar.

Conformado el equipo partimos rumbo a la Costa Atlántica, por la vieja Ruta 2, hoy autovía, hasta el empalme con la Ruta 36, que nos llevaría hasta la Ruta11, ya asfaltada para 1986. Con la consabida parada en Pipinas para reponer combustible y descargar las vegijas.

El viaje de ida fue sin contratiempos y de noche. Llegamos a Mar de Ajó muy temprano por la mañana. A unos nueve kilómetros, uno por persona, al sur de Mar de Ajó, armamos nuestro campamento, que parecía una pequeña villa veraniega.

Porque además de la casa rodante, que era para cuatro personas, llevábamos dos carpas, dos ante comedores, un alero y un baño. La casa rodante tenía uno de los ante comedores, que se adosaba a la carrocería y permitía otro ambiente donde realizábamos nuestras comidas diarias.

Mis padrinos habían llevado una carpa para cinco personas, pero solo ellos dos pernoctaban en ella. La carpa también les servía para guardar los bártulos con la ropa que usarían en las vacaciones.

Mis viejos y yo dormíamos en otra carpa para cinco personas, que por delante tenía puesto el otro ante comedor. Al cual mi padrino bautizó: “La matera”. Porque allí solían desayunar con mates con mi madrina. Un alero naranja, que había sido un sobretecho de una carpa era otro refugio en busca de sombra.

En casa rodante dormían mi tía abuela, mi abuela, la hija de mis padrinos y mi hermana. Así todos los integrantes del campamento tenían un lugar donde descansar por las noches. Ya que dormir la siesta era una tarea insana, por el calor que toman las carpas y la casa rodante. Lo mejor era estar a la sombra de un alero.

El campamento se complementaba con un baño de color azul. ¡Ah! Me olvidaba de la bomba de agua para tener agua dulce para lavar la ropa, los cacharros y la cabeza para sacarnos la sal del agua de mar del pelo. Y por supuesto la consabida soga para secar la ropa.

Otra vista del campamento de enero de 1986 en las playas de Mar de Ajó.

Un día apareció una señora que le pidió prestada, a mi padre, una plancha para cocinar unos bifes. Mi viejo averiguó sino la íbamos a usar y se la prestó. La mujer le preguntó: “¿a qué hora desarman todo y se van?”. “¿Cómo?”, le respondió mi padre. “Le digo a que hora se van de la playa”, dijo la mujer. “Señora nos llevó tres días armar todo el campamento”, le contestó mi padre. “¿Se quedan en la noche?” inquirió la señora.

Ante la nueva pregunta mi padre le dijo que hacíamos diez días que estábamos acampados en el lugar. La señora no podía entender y manifestó su miedo por la noche. Mi padre le dijo que el miedo lo teníamos, nosotros, durante el día cuando llegan los turistas a la playa. No por inseguridad, sino por intranquilidad.

Aquellos que tuvieron la suerte de acampara junto al mar saben de qué hablo. Al quedar casi desierta la playa la tranquilidad aflora. Como cuando llegan las gaviotas, de quién sabe donde, a comerse los restos de comida que dejaron los turistas en el día. Ahí es cuando la playa te pasa a pertenecer, por lo menos hasta el otro día a media mañana, cuando aparecen los primeros turistas con el fin de pasar el día.

Las compras de alimentos la hacíamos en el pueblo de Mar de Ajó en una carnicería y verdulería. Como éramos nueve para comer las compras eran abundantes. Tanto era así que solíamos salir del local con un cajón de madera lleno de alimentos comprados para saciar nuestro hambre. Un día al salir con el consabido cajón, que llevaban en andas mi hermana y la hija de padrino, ambas chicas de unos quince años, iban al coro de “somos muchos, somos muchos”.

Lo decían porque algunas personas que esperaban para hacer sus compras, miraban azoradas, como esas dos niñas salían con un cajón llevo de verduras, frutas y carne. Las chicas no querían pasar vergüenza por la cantidad de alimento que portaban en sus manos.

Para realizar las compras usábamos el Renault 6. Como cuando regresamos, un sábado a la tarde, de misa en la capilla de Mar de Ajó. Una tormenta se había armado como para alquilar balcones. Viento fuerte, muy fuerte, que volaba todo lo que podía a su paso. Nosotros nos metimos en el auto y salimos disparados para el campamento.

A bordo del Renault íbamos mi madre, mi tía abuela, mi madrina, la hija de ella, mi hermana y yo de chofer. El camino de regreso lo hicimos en santiamén. Volaba por las calles de tierra desiertas. Todo para llegar cuanto antes al campamento en el que habían quedado mi padre, mi padrino y mi abuela. Llegamos pronto. En la playa no quedaba nadie. Todos habían salido disparando por el frente de tormenta que se había armado.

El viento paró y la lluvia no fue nada en comparación con el presagio que anunciaba. Pero el susto igual lo tuvimos. Pensábamos que las carpas se las llevaba el viento, junto con la casa rodante. Por suerte nada de eso pasó. Son gajes de la vida de campamento.

Pero todo eso bien vale la pena por los quince días que se pasan en la playa. Eran la mejor forma de reponerse de las tensiones y cargas del año. Uno se energizaba para afrontar con mejores condiciones el nuevo año que había comenzado. Felices días de campamento junto al mar.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Thứ Bảy, 9 tháng 11, 2013

Recuerdos de Mar de Ajó

Anécdotas de vacaciones en la niñez de la autor. Viajes a la costa bonaerense a mediados de la década del ’60. Viejos autos que fueron compañeros de ruta.  Inmensas playas que ya no están.

El Ranquita


Mi primer recuerdo de unas vacaciones en la Costa Atlántica se remonta al año 1964, cuando contaba con 3 años de edad. En ese verano fue mi primera visita al Mar Argentino. Pasamos, con mi familia, unos días en Mar de Ajó y fuimos a bordo de un viejo Ford A sedan dos puertas modelo 1930.

El Ranquita como lo había bautizado y que toda mi familia adoptó como nombre para el auto, nos llevó hasta Mar de Ajó en 1964. Una época donde los automóviles eran un integrante más de la familia y hasta tenían un nombre propio. Cosas del pasado que hoy son muy raras de encontrar.

De esas primeras vacaciones recuerdo mi resistencia a meterme al mar. Le tenía miedo. Era de una inmensidad descomunal para mis tres años de vida. No hubo forma que me metiera en él. Mi madre logró darme unos “baños de mar” con agua que recogió en un balde plástico de color dorado con la manija de aluminio, que todavía está en la familia. Mi padre lo usa para lavar su rural Mercedes-Benz 170 SD modelo 1955.

Recuerdos y más recuerdos de vacaciones pasadas recorriendo la vieja Ruta 11 de tierra y conchilla. Pájaros y cangrejos eran los habitantes de ese ecosistema que atravesábamos rumbo a Mar de Ajó.

Un viejo colectivo fue un restaurante en Mar de Ajó. Se llamaba la Cabaña del Tío Tom. Solíamos cenar en ese lugar en uno de los veranos en el pueblo. Épocas de damajuanas de vino y taxis tirados por caballos. Un pueblo que no tenía todas sus calles asfaltadas, pero sí acordonadas muchas de ellas.

Una vez al regresar a casa, luego de las vacaciones, había que terminar una damajuana de vino, ya que había que devolver el envase. Qué hicieron mi padre y mi tío, vaciaron lo que les quedaba de vino en una olla chica, donde mi madre me preparaba la leche. Era un niño todavía.

Le agregaron hielo, para que el vino estuviera fresquito, y lo depositaron en el piso trasero del auto que nos había llevado hasta Mar de Ajó. De regreso por la Ruta 11 lo fueron tomando de a poco, porque con el traqueteo del camino se volcaba en el piso del auto. Resultado de la ingesta: tuvimos que parar a un costado del camino a tomar una siesta. No había test de alcoholemia. Eso era ciencia ficción en los ’60.

Otro recuerdo disperso como las gaviotas de la playa. Mi tío siempre fue un entusiasta de la pesca deportiva. Así que llevar las cañas en el auto era parte del equipaje rumbo a Mar de Ajó. Una tarde como tantas estaba a la orilla con su caña esperando que algún pez mordiera su carnada. Varios metros de línea de nylon estaban mar adentro. En eso una avioneta pasa con vuelo rasante cerca de la orilla de la playa.

Voló hacia el sur, rumbo al faro de Punta Médanos. Pero a los pocos minutos vemos que gira y regresa volando bajo. Muy bajo. Tanto que aterrizó en la playa. Esa escena solo podía darse en aquellos años de playas casi desiertas, aunque fuera pleno enero.

El piloto se vio obligado a descender porque la tanza de la línea de pesca de mi tío se le había enrollado en la hélice de la avioneta. Pero por qué volaba tan bajo y cerca de la costa. Porque hacía vuelos de alquiler con los turistas. Te cobraba por un vuelo de algunos minutos sobre la playa y el mar.

Un año a mi padre el prestaron una cupé Nash, estimo que un modelo de los años cuarenta. La verdad que no lo recuerdo con exactitud. Lo que si me acuerdo que el auto era el primero de Estados Unidos en no tener chasis. Tenía una carrocería autoportante.

La verdad que no estaba muy cuidado. Mi padre siempre se caracterizó por tener en buenas condiciones sus autos. Pero con este hizo una excepción. Ante la aparición de fallas recurrió a reparaciones caseras. Como cuando anuló un circuito de freno porque perdía líquido.

Pero la Nash nos llevó y nos trajo sin grandes inconvenientes. Eso sí al entrar en la casa de mi abuela, en San Miguel, ya de regreso de la costa, la caja de velocidades se cayó al piso. Los soportes estaban totalmente podridos. Pero nuestras vacaciones fueron impecables.

Recuerdos de viajes a Mar de Ajó cuando había que recorrer cientos de kilómetros de tierra por una ruta que era parte de las vacaciones con un paisaje que quedó para siempre en la memoria. Un tiempo con menos apuros y un poco de mejor calidad de vida.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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Thứ Bảy, 17 tháng 8, 2013

Un regreso accidentado

Una vuelta a casa con accidente. Todo empezó con barro en la ruta en unas vacaciones en Mar de Ajó. Allá por mediados de la década del 60. Una historia vista con los ojos de un niño.

El Ford 1941 que nos llevó, a través del barro, a Mar de Ajó.
La foto la tomó mi padre en enero de 1966.


Nos detuvimos en la estación de servicio El Centinela a cargar nafta. Última parada obligada antes de bajar a la tierra y llegar a las playas de Mar de Ajó. Llovía y mi padre le preguntó al playero que hacía.

“Siga nomás, antes que el camión de la nafta le rompa la ruta con las duales” le respondió el empleado de El Centinela, a mi viejo. Así fue como logramos alcanzarlo en lo que hoy se denomina Ruta Interbalnearia, que antes estaba ubicada muchos kilómetros más cerca de la entrada a General Lavalle.

El camión de la Essoiba tirando barro, para atrás, en la ruta. Tal como le había dicho el playero de El Centinela a mi padre. La ruta quedaba poceada y se convertía en intransitable, a veces, por dos días hasta que el personal de Vialidad Provincial reparaba los daños. Pasar el camión cisterna, con acoplado, nos llevó un buen rato y varios kilómetros.

El Ford 1941 sedan 4 puertas, que nos llevaba a las vacaciones en la playa, era de color crema. Color que desapareció bajo el barro de la ruta. Tal como atestigua la foto, el Ford, parecía un auto de TC (Turismo Carretera) luego de una carrera en el barro. Así embarrados hasta el techo llegamos a la Avenida del Libertador que nos depositaba en el centro mismo de Mar de Ajó.

Avanzamos por la avenida ante la mirada de los transeúntes que gozaban de sus
Consabidas vacaciones playeras. El día era gris por lo poco que recuerdo. Tendría unos cinco o seis años por aquel entonces.

De las vacaciones en Mar de Ajó poco recuerdo. No así del regreso por esa misma ruta hacia San Miguel, cabecera de nuestro viaje. Luego, al finalizar las vacaciones volveríamos al barrio porteño de Recoleta, donde nací y me crié.

El regreso fue sin lluvia y sin barro, por suerte. No para nosotros sino para los que sufrieron el accidente que ahora les voy a contar.

Aquella vieja ruta interbalnearia de tierra, que en definitiva, era la continuación del trazado de la vieja Ruta 11 de tierra y conchilla, terminaba en forma de “T”. Eso sucedía cuando se entroncaba con el camino que seguía de largo hacia San Clemente del Tuyú.

Viniendo desde Mar de Ajó había que doblar hacia la izquierda, rumbo a Esquina de Crotto, previo paso por El Centinela, parada obligada en el reabastecimiento de combustible.

Mi viejo bajó la velocidad porque vio venir del lado izquierdo, desde Esquina de Crotto, un NSU Prinz rojo. El NSU venía rápido, muy rápido, como para seguir hacia San Clemente del Tuyú. De pronto, ya en el cruce de la ruta interbalnearia, dobla.

Como consecuencia de la brusca maniobra comienza a volcarse. Dando varios tumbos, ante la sorpresa de todos los que estábamos dentro del Ford 41, termina en la zanja de nuestro lado. Por suerte la lluvia de quince días atrás había pasado y la zanja estaba seca. Allí terminó su derrotero de tumbos el NSU quedando con sus cuatro ruedas apuntando al inmenso cielo bonaerense.

Mi padre, mi madre y mi tía abuela se bajaron del auto para ayudar a los integrantes del NSU rojo. El cual seguía con su motor encendido pese al vuelco. Mi padre logró detener el motor, previendo un incendio del auto. Ayudó a salir a una muchacha, que conducía, y a un muchacho que iba de acompañante.

Ambos atontados por el vuelco. Empezaron aparecer los curiosos a los cuales mi padre despachó para que no molestaran. Cuando va a tratar de enderezar el NSU el muchacho le grita hay otra persona en el auto. Era una chica que estaba en el asiento trasero junto a una guitarra que se partió al medio.

El saldo del vuelco fue el parabrisas desprendido de su lugar, pero intacto, algún bollo menor, la guitarra rota y el atontamiento de los ocupantes del NSU rojo. El atontamiento lo curó mi tía abuela con método eficaz y rendidor. Un par de cachetazos, para que reaccionaran, seguidos de un buen vaso de agua fría. También una aspirina fue parte del tratamiento de campaña.

Mientras tanto yo, que era un niño, observaba la situación con verdadero asombro. Han pasado casi 50 años y aún conservo algunas imágenes del suceso. Por eso es que les puedo relatar el accidente.

Una vez que se repusieron del susto, los ocupantes del NSU, siguieron viaje hacia la costa. Adentro iban el parabrisas despedido, la guitarra rota y tres jóvenes que no olvidarían el vuelco del NSU rojo. Jóvenes, que según los mayores de mi familia, andaban escapados por algún motivo.

Era viernes o sábado no lo recuerdo del todo. Es decir que era el comienzo del fin de semana. Es posible que se hubieran pegado una escapada a la costa bonaerense en aquel fin de semana de la década del 60. De eso se habló en el viaje de regreso a casa. Un regreso con algo para contar.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Thứ Hai, 17 tháng 6, 2013

El Ranquita

Historias a bordo de un viejo Ford A que el autor de estas líneas bautizó Ranquita siendo muy chico. Relato de viajes en ese auto de la década del ’30 que nos llevó a la familia a distintos lugares.

Foto del Ford A sedan 2 puertas modelo 1930.
La foto fue tomada el 22 de enero de 1964 en las playas de 

Mar de Ajó, provincia de Buenos Aires, Argentina.


Mi padre compró un Ford A modelo 1930, el que nos muestra la vieja fotografía. En esa foto mi padre está al mando del viejo Ford A y yo lo asisto como navegante con mis tres años de vida. Lo que se ve a espaldas del Ford A es el Mar Argentino y la foto fue tomada en las playas de Mar de Ajó.

Allí, con solo 3 años, conocí el mar al cual no pudo meterme mi madre, Rosa,  bajo ningún concepto. Solo logró meterme en un balde plástico lleno de agua de mar. Ese fue mi primer baño de mar. El correr de los años me amigaría con el mar. La inmensidad y su ruido lograron acobardarme de ingresar en esas aguadas saladas.

Lo que si recuerdo de ese viaje, que hicimos con mi madre, mi padre, mi tía abuela, mi tío materno y yo, fue una anécdota sobre la conducción del Ford A. Mi padre le cedió el volante a mi tío Máximo, un joven en 1964, para descansar de la conducción. Al poco tiempo de estar al volante mi tío Máximo pasó unas vías en la Ruta2, cerca de Dolores, como venía. Mi padre que dormitaba se despertó sobresaltado. “Pará que me vas a destrozar el auto” profirió a voz en cuello. Fue el fin de la conducción de mi tío.

Recuero el cimbronazo y que estaba en brazos de mi tía abuela, que justo un momento antes me había cambiado de lado, sino mi dulce cabecita hubiera dado de lleno en la carrocería del viejo Ford A.

Una vez en la casa de la tía Chencha, tía de mi madre, había llovido tanto que la calle de tierra estaba en un estado calamitoso. Todos los presentes le dijeron a mi viejo que se iba a quedar encajado con el auto. Mi padre les dijo que no, el Ranquita no se encajaría. Lo puso en marcha y salimos como si nada por la calle anegada de agua y barro por doquier. Pero no le bastó con eso sino que dio la vuelta manzana y pasó nuevamente por la casa de la tía Chencha.

Durante muchos años viví en el barrio de Recoleta y los fines de semana íbamos, con mi familia, a la casa de mi abuela paterna en San Miguel. Localidad que es mi actual morada desde hace más de 20 años.

Un día sábado, por la tarde, al llegar a la casa de mi abuela comenzó a granizar con tal intensidad que tuvimos que quedarnos dentro del Ranquita esperando que cesara de caer la piedra.

Se juntó tanto granizo que el suelo se puso blanco como si hubiese nevado. Por suerte el Ranquita aguantó el chubasco como si nada y resistió el incesante golpeteo del granizo en su carrocería.

El nombre de Ranquita se lo puse yo, según el relato de mis padres, la verdad que no lo recuerdo. Me dicen que se lo puse por el sonido de su motor. Sonido característico para los que alguna vez oyeron marchar a un Ford A. Para muchos el mejor auto que construyó Henry Ford.

Lo cierto es que en Argentina hubo muchos Ford A, tantos que somos el segundo país, luego de Estados Unidos, en tener unidades en el país. Un auto sumamente popular y confiable.

El Ranquita tal vez sea mi primer contacto con un auto. Quien diría que con el paso del tiempo terminaría contado historias sobre viejos autos que supimos conseguir. Sobre todo si tenemos en cuenta que el Ford A, el Ranquita, tenía 34 años de prestar servicios a sus dueños.

Creo que hay algo premonitorio en todo esto. Un viejo auto, que ya no correspondía a su contemporeanidad, pero que seguía en perfecto estado de conservación y funcionando todos los días. Un verdadero auto vivo y no una pieza de museo para contemplar y admirar. Algo vivo y con un uso práctico. Un viejo auto al fin y al cabo.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Thứ Hai, 18 tháng 2, 2013

El Yeyo y la casa plegable


Mi padre tuvo un Peugeot 404 modelo 1976 con el cual hicimos varios viajes de vacaciones a la Costa Atlántica.Muchos años tuvo ese 404 y la verdad fue uno de los mejores autos que compró mi viejo. A comienzos de la década del ’80 decidió ponerle un enganche para remolcar una casa rodante que le prestaron.  Así nos fuimos de vacaciones a Mar de Ajó.

Extracto de una publicidad de la revista Gente del  10 de octubre de 1974.


Ya habíamos tenido una experiencia con una casa rodante, en unas vacaciones en la Costa Atlántica. Aquellas vacaciones fueron bastante accidentadas. Mi viejo quiso reincidir con otra casa rodante que le prestó mi tío Alberto. La característica de esta casa rodante era que se plegaba.

La parte inferior y la superior eran de fibra de vidrio. Las cuatro paredes de la casa rodante eran de lona. Por medio de un sistema de tijeras y gusanos se la podía elevar hasta formar una especie de tienda con techo y piso de plástico. La casa rodante no era nueva y la habían usado bastante. Mal usado sería el mejor término para describirla. No estaba en las mejores condiciones, pero serviría para el uso que le daríamos en ese enero en las playas de Mar de Ajó.

Al poner en condiciones la casa rodante notamos, con mi viejo, que la suspensión del lado derecho estaba muy inclinada. Sospechamos que tendríamos problemas en el viaje. No estábamos equivocados y el tiempo nos daría la razón. Salimos por la noche, como le gustaba viajar a mi padre por aquellos años. No hicimos cinco kilómetros cuando la rueda derecha, de la casa plegable, explotó. Porque el resorte helicoidal rozaba la banda de rodamiento del neumático.

Cambiamos la rueda, por la de auxilio, y nos encaminamos a la casa de mi tío Alberto. Por un momento pensé que las vacaciones en la playa se habían acabado allí en San Miguel. Sacamos de la cama a mi tío. Bajo una serie de protestas logró reparar la mala inclinación de la rueda derecha. No sin antes reprocharnos el exceso de equipaje que llevábamos en la casa plegable. La verdad que nuestras idas de vacaciones eran pequeñas mudanzas. Más cuando acampábamos en la playa.

Reparada la casa plegable partimos nuevamente hacia la costa bonaerense. En aquellos años ya estaba asfaltada la Ruta11. Así que fuimos por la Ruta2 hasta empalmar con la Ruta36 y seguir camino hasta Pipinas. Ese nombre siempre a tenido reminiscencias de parada técnica en una estación de servicio. Raro era llegar a las 4 de la madrugada, todavía de noche, y el playero te recibía con un cordial: “buenos días”.

Cargado el combustible y vaciadas nuestras vegijas partimos rumbo a General Conesa, donde al doblar a la izquierda, ya el olor a mar estaba en nuestras cabezas. El viaje no presentó ningún inconveniente. Salvo que al llegar a la entrada de San Clemente del Tuyú, donde debíamos girar a la derecha, para tomar la Ruta Interbalnearia, hasta Mar de Ajó, la policía de la provincia de Buenos Aires nos indica que paráramos.

Les recuerdo que todavía estábamos en plena dictadura cívico-militar, la última que supimos conseguir. Al volante del Yeyo iba el que  escribe estas líneas. Por esa época tenía unos 20 años. Ante la señal de detenerme mi viejo me dice: “poné las balizas”. Lo hago y comienzo a bajar la velocidad del auto, que venía arrastrando la casa plegable.

Sorpresivamente el policía ante la visión que venía con una casa rodante y toda la familia arriba del auto me indica que siga. El temor en aquellos oscuros años era que te detuvieran y te revisaran todo el auto y la casa rodante. Situación que habían soportado algunas personas que fueron de vacaciones a la playa. Mi padre y mi madre de solo pensar lo que nos llevaría la revisión de la casa rodante, imaginaron que las vacaciones se podían acabar allí mismo. Por suerte nada de eso sucedió.

Llegamos a Mar de Ajó sin otro inconveniente. Solo que al entrar en el pueblo el enganche de la casa rodante comenzó a rozar el pavimento en las esquinas con las cuentas pronunciadas. Cuando se asfaltó la mayoría de las calles de Mar de Ajó se realizaron profundas cunetas en las esquinas, para que el agua de lluvia drenara al mar.

Pero sorteando este nuevo pequeño escollo llegamos al Mar Argentino. Ingresamos a la playa y comenzamos a buscar el lugar que sería nuestro hogar por los próximas dos semanas. En ese ínterin un pequeño niño le grita a su padre: “mirá una heladera gigante”. La mejor descripción de la casa rodante plegable, vista de perfil, era la que dio ese chico en la costa de Mar de Ajó: una heladera gigante. Pintada de blanco en su parte superior y celeste en su parte inferior, realmente parecía una heladera portátil tan usual y vista en las vacaciones en la playa bonaerense.

La playa bonaerense tiene sus cosas en cuanto a lo climático y la verdad que algunas las conocíamos y otras no. Como sufrir una de las primeras sudestadas que nos toco vivir. Creo que fue con esa casa rodante. El mar comenzó a crecer hasta llegar a la casa plegable. Ingenuamente empezamos a cavar una zanja en la arena para detener el agua.

Cuando estábamos en la tarea de zanjear pasó un carrito tirado por un caballo, que en alguna época supieron ser los taxis de Mar de Ajó. El tipo de arriba nos grita: “así no van a parar la sudestada”. Por supuesto que tenía razón. Como subió el agua bajó normalmente. Amenizamos la situación comiendo huevos de pascuas del año anterior que había hecho mi madre.

También soportamos una lluvia torrencial con viento que obligó a mi madre y mi padre pasarse la tormenta sosteniendo los caños de la carpa totalmente ensopada por la lluvia. Habíamos llevado una carpa en la cual dormían mis viejos y en la casa rodante estábamos mi tía abuela, mi abuela, mi hermana y yo. La casa rodante tenía un ante comedor donde comíamos y pasábamos nuestro tiempo a la sombra.

Antes de regresar a casa mi viejo quiso reparar la inclinación de la suspensión derecha de la casa rodante. Averiguamos quién podía realizar el trabajo para tener un feliz viaje a casa. Nos indicaron que el que podía ayudarnos era el Alemán.

Así conocimos a ese personaje y artesano de la chapa de Mar de Ajó. Nos reparó la suspensión en la calle y hasta nos ofreció bebidas frías, porque estábamos todos, los 6 integrantes del campamento, con todos los bártulos cargados listos para partir a casa para retornar a nuestras actividades. No sería la última vez que usaríamos los servicios del Alemán. Nos arreglaría un tanque de nafta y sería una persona a visitar, cada vez que recalábamos en Mar de Ajó. El Alemán fue una institución en el pueblo de Mar de Ajó.

El regreso de las vacaciones se desarrolló normalmente, salvo que cuando tomamos la Ruta 36 nos sorprendió una lluvia en el camino a casa. Pipinas era nuestra parada obligada, también, al volver a casa. Allí comimos rápido ante la mirada en el horizonte por una tormenta que crecía rápidamente. “Comamos rápido que se viene la lluvia” declaró mi padre y no se equivocó.

Al salir a la ruta se desató una lluvia torrencial. Ya de noche vi por primera vez sapos atravesar la ruta de un lado a otro. La situación se repitió varias veces a lo largo de la Ruta36. Llovió todo el regreso a casa y aún en San Miguel, donde tuvimos que dejar el desembarco de los bártulos para cuando mejorara el tiempo. Pero, habíamos ido de vacaciones a la playa y lo disfrutamos. Eso valió todos los contratiempos.

Mauricio Uldane

Thứ Bảy, 27 tháng 10, 2012

Un colectivo en la playa (segunda parte)


La segunda parte de las vacaciones en un Mercedes-Benz 1114 modelo 1971. En un enero de 1987 pasamos unos quince días en la playa de Mar de Ajó. Ahora las vivencias que nos sucedieron en esos días de verano.

El 1114 barrido por el Mar Argentino.


Una vez que llegamos a Mar de Ajó buscamos un buen lugar para acampar en la playa. Nos ubicamos unos 8 o 9 kilómetros al sur del pueblo, camino al faro de Punta Médanos. Encontrado el lugar comenzamos a armar el campamento. El colectivo quedó de trompa a los médanos y las carpas las armamos un poco más adentro.

El conjunto estaba integrado por dos carpas para cinco personas y un ante comedor ubicado delante de una de las carpas. Frente a la trompa del colectivo armamos un sobre techo viejo de carpa, que hacía las veces de alero. Además armamos un baño portátil y la soga para la ropa. Por supuesto que también llevamos la bomba sapo para sacar agua dulce.

Como el Renault 4 Lhabía quedado en Moreno, cada dos días movíamos el 1114 para internarnos en el pueblo para hacer las compras necesarias. Siempre quedaba alguien en el campamento.

La experiencia de años de acampar nos había dado un entrenamiento especial para afrontar tormentas. Por eso una noche ante las posibles lluvias resolvimos dormir todos juntos en el colectivo. De lo contrario mis padrinos dormían en una carpa y en la otra lo hacíamos mis viejos, mi futuro cuñado y yo. Mientras que mi hermana, la hija de mis padrinos y mi tía abuela lo hacían en el colectivo. Así estábamos hasta que la lluvia se desencadenó junto al viento.

Mi padrino con una especial sensibilidad por las tormentas nos empezó a decir que saliéramos al pueblo abandonando el campamento. Tanto insistió que mi viejo puso en marcha el 1114 y partimos hacia Mar de Ajó, a eso de las 2 o 3 de la madrugada. Mientras tanto yo trataba de dormir en el piso del colectivo.

Una vez dentro del pueblo, mi padrino, creyó estar a salvo de la lluvia y el viento. Pero este último sacudió todo el resto de la noche el colectivo. Creo que fue peor el remedio que la enfermedad. Pero las aventuras todavía no habían terminado en ese verano de 1987.

Al amanecer retornamos a nuestro campamento, a donde habían quedado las carpas y todo lo demás. No había vecinos molestos y era muy temprano para que aparecieran los turistas que hacen playa durante el día. Mientras tanto en esas primeras horas diurnas la playa es solo para uno.

Cuando volvimos al campamento todo estaba en su sitio como la noche anterior. La lluvia no había sido tan fuerte como el viento. La costa bonaerense sufre fuertes  tormentas de vientos y lluvias. Hemos soportado, en otros años, vientos de cerca de 100 kilómetros por hora y aquí estoy para contarlo, pero vivirlo es otra cosa.

Pasaron dos o tres días cuando el mar comenzó a crecer por una fuerte sudestada. Como era de esperar el agua llegó hasta los médanos y el colectivo quedó barrido por el agua del mar. Dos días grises y con agua hasta los médanos, luego de la lluvia y el viento. Son casi una combinación perfecta como salame y queso.

Una vez que el agua bajó mi viejo quiso sacar el 1114 de su sitio. No hubo caso no se movía. Ya estábamos pensando en ir a buscar ayuda, porque había más gente acampada hacia la salida al pueblo. Cuando aparece un Mercedes-Benz 1214 de color rojo, que estaba acampado junto a la entrada al mar. Venía sacando a los encajados por los dos días de sudestada, acampados junto al mar como nosotros.

Así fue como en un santiamén nos sacó del atolladero y el 1114 recuperó su libertad de la trampa de arena y agua. Nada grave dadas las circunstancias vividas. Hemos pasados por varias sudestadas en el mar a lo largo de años de acampar en la playa.

El resto de las vacaciones lo pasamos bárbaro disfrutando del mar y la playa. Aquellos que han veraneado junto al mar saben de qué hablo. No es lo mismo acampar en un sitio rodeado de personas que en una playa solitaria donde el vecino más cercano puede estar a cinco cuadras.

El contacto con la naturaleza es impresionante al cabo de dos o tres días uno entra en sintonía con el lugar. Comienza a reconocer aromas, animales y plantas. Empieza, de alguna manera, a descubrir como funciona ese hábitat sin ser integrante de ese sistema.

Todo este cúmulo de sensaciones solo por pasar unas vacaciones en un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114. Una experiencia recomendable para aquellos que quieran vivir algo diferente en sus días de descanso.

Mauricio Uldane

Thứ Ba, 23 tháng 10, 2012

Un colectivo en la playa


El año 1987 fue cuando nos fuimos de vacaciones a bordo de un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114 modelo 1971. Nuestro destino eran las playas de Mar de Ajó. El siguiente relato narra esas vacaciones en un enero de 1987 junto al mar.

El 1114 junto al campamento en Mar de Ajó en enero de 1987.


Mi padre compró en 1986 un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114 que había prestado servicio en la provincia de Santa Fe. La idea era armar una casa rodante autopropulsada o más conocida como motor home, por esas cosas del idioma y la colonización.

En línea general el bondi estaba en buenas condiciones. Mi viejo le hizo algunos arreglos menores, nada serio. De mecánica estaba muy bueno y andaba muy bien. Una cosa que le hizo mi viejo fue ponerle el caño de escape que pasara, atrás, por encima de la carrocería. En un viaje a la provincia de Tucumán lo vio en los colectivos y le gustó la idea.

Armamos las vacaciones de enero de 1987 con el Mercedes, que sería parte de nuestra vivienda en los quince días que acamparíamos en la playa de Mar de Ajó. Sería una parte importante de nuestras instalaciones durante nuestras vacaciones veraniegas.

Antes de partir en viaje hacia la Costa Atlántica, mi viejo, le hizo los frenos al colectivo. Pero algo salió mal. En la casa de repuestos le vendieron una medida equivocada de cintas de frenos y no eran de la medida adecuada. Resulta que el 1114 modelo 1971 tenía frenos de aire comprimido y le habían vendido las cintas del modelo sin frenos a aire.

Por lo cual las cintas de freno eran de diferente medida. El resultado fue que me perdí tres días de vacaciones por el retraso en el armado de las campanas. Además el viaje a Mar de Ajó fue con paradas intermedias enfriando las campanas traseras del 1114. Por aquel año la Ruta 2 no era autovía y para viajar tomábamos la Ruta 36 hasta la Ruta 11. Pipinas era una parada obligada, como su nombre lo indica.

Mi padre pensando que mover el colectivo, una vez acampado, no era una buena idea, compró un viejo Renault 4 L para usar en los mandados en el pueblo. Así que le hizo un enganche para llevarlo a remolque hasta la playa. Al salir rumbo a Moreno, donde se nos sumarían mis padrinos con su hija, el enganche del Renault se rompió. Así que el 4 L se quedó durmiendo en Moreno.

De San Miguel partimos mi madre, mi tía abuela, mi padre, mi hermana, mi futuro cuñado, mi abuela que se quedó en Moreno y yo. En Moreno, como dije antes, se nos agregaron mi madrina, mi padrino y la hija de ambos. Así quedó conformada la tripulación del 1114 rumbo a Mar de Ajó. En el interior del colectivo iban todos los bártulos, bolsas con ropa, comida y hasta una cocina en el hueco de la puerta trasera. Lo que se dice un loft rodante.

Dos carpas, un ante comedor, un baño y un sobre techo conformaban el resto de los integrantes del campamento que armaríamos, entre todos, ni bien pisáramos la arena de Mar de Ajó. Hasta llevamos una soga para colgar la ropa. Sucede que no era el primer campamento que armábamos en las playas de Mar de Ajó.

Mi papá pensando que iba a necesitar un reemplazo en la ruta me hizo sacar el registro profesional en la ciudad de Buenos Aires, donde vivíamos por aquellos años. Así que estaba en condiciones de manejar el Mercedes en la ruta. Y pasó en la Ruta 36. Mi viejo cansado me cedió el volante en medio de la ruta. Nunca había manejado un colectivo o camión. Mi primera experiencia.

Al manejarlo comprendí el poder que se tiene al mando de un vehículo de esas dimensiones. También de la responsabilidad de conducirse correctamente. Todo iba bien hasta que empezó a aparecer la banquina, de ambos lados, totalmente removidas. Para sumarle un toque de aventura en la semana había llovido, y mucho. Así que pisar la banquina era sinónimo de irse a la zanja con total garantía.

Así que imaginen un novato al frente de una bestia de chapa y acero con banquinas barrosas y una ruta que no estaba en un estado óptimo. A una velocidad de 80 kilómetros por hora, que hubo que disminuir a 60 kilómetros por hora en algunos tramos. Manejé hasta la estación de servicio de Pipinas. Entrar a la estación de servicio y no llevarme puesto ningún surtidor fue toda una hazaña para mí.

El resto del viaje fue sin novedades, con cambio de chofer, mi padre volvió al tomar el mando. Mientras me reponía de la emoción de manejar por primera vez un colectivo en mi vida. El relato sigue y hay más aventuras para narrar, pero para no prolongar el relato y de paso crear un poco de suspenso, les contaré el resto de las vacaciones en colectivo en una próxima entrega.

Falta contar detalles jugosos de ese enero de 1987 junto a mi familia, padrinos y futuro cuñado. Sepan esperar unos días más para leer la conclusión de este relato.

Mauricio Uldane

Thứ Bảy, 25 tháng 2, 2012

Vacaciones en carpa


Mar de Ajó fue el destino de nuestras vacaciones en carpa en el verano de 1985. Por aquel tiempo mi viejo había comprado un Chevrolet Super modelo 1969, color turquesa. La verdad que el auto estaba bastante bueno y con el motor 230. Un fierro, con perdón de los fordistas.

Extracto de una publicidad aparecida en la revista Panorama el 22 de marzo de 1969.

Con el fin de viajar cómodos mi viejo decidió que podríamos amar un trailer, para cargarlo con todos los implementos del campamento. Mi Tío Alberto nos ayudó en la construcción que nos demandó tres días de un enero caluroso. Lo armamos con madera y de suspensión hojas maestras de elásticos trasero de un Falcon. Uno tres metros de largo con baranda y puerta trasera.

La pintura fue un rejunte de colores. Un parte era verde como los camiones de la empresa láctea La Serenísima, recibimos varias cargadas por ese color. El interior y las barandas de color blanco. Esa pintura nos la dio un vecino de mi abuela, Hugo, que vivía enfrente y trabajaba en Vialidad Nacional. El blanco era reflectante, la misma pintura que usan para las bandas blanca en el pavimento. Descubrimos en la playa que esa pintura se oxida, tal vez por el metal que tiene en suspensión.

Una vez listo el trailer se lo adosamos al Chevrolet al paragolpes trasero, que mi viejo sacó y reemplazó por otro con el enganche. Imaginen un auto actual tirando un trailer desde el paragolpes trasero de plástico. Una imagen imposible de concebir.

Cargamos el trailer y ya estábamos listos para salir a la ruta hacia nuestras vacaciones en la playa de Mar de Ajó. El Chivo tiraba el trailer como si fuera una pluma. Viajamos durante la noche y a la mañana siguiente estábamos arribando al Mar Argentino.

Durante parte del año anterior se habían producidos unas graves inundaciones en la provincia de Buenos Aires. Tal fue el agua acumulada en los campos que comenzó a drenar hacia el mar. A su paso produjo pequeños canales, que todavía en enero seguían tirando agua. En la ruta habíamos advertido una cantidad enorme de campos anegados.

La fauna de la costa estaban alterada, había pájaros de tierra adentro que buscaban un lugar seco para comer y anidar. Vimos biguás a metros del mar algo totalmente alterado en la Costa Atlántica. Con ese panorama armamos nuestro campamento por primera vez. A lo largo de nuestros días en la playa la operación se repetiría varias veces.

Elegimos un lugar que parecía ser seguro, una especie de escalón en un médano. Una tormenta de lluvia y viento nos cambiaría la opinión de la seguridad del principio. La primera tormenta que se presentó nos obligó a pernoctar dentro del Chevrolet. Éramos mi viejo, mi vieja, mí tía abuela, mi hermana y yo. Ante la posibilidad que la tormenta fuera fuerte desarmamos los caños de la carpa y la dejamos en el suelo con un poco de arena encima. Al amanecer vimos como parte del médano había caído, durante la noche, sobre la carpa.

Un día comenzó a soplar fuerte viento del oeste. Sabido es que a los pocos días tendríamos una crecida del mar. Dos días después para ser exactos. Otra noche adentro del auto con lluvia y fuerte, muy fuerte viento del este. Tan fuerte fue el viento que pulió el paragolpes trasero que estaba pintado de color gris. Pero no sería nada. El mar comenzó a crecer a eso de las 3 de la madrugada.

Yo dormía del lado del acompañante y veo algo luminoso que pasa por debajo del lado mío. Medio dormido me doy cuenta que es el mar que llegaba con sus olas hasta donde estábamos estacionados. La luminosidad que veía era el yodo del agua de mar por el reflejo de la luna, que era llena. Menos mal que no estábamos en un bosque, porque no faltaba el hombre lobo.

Despierto a todos y a empujar. Nada el auto estaba enterrado hasta el diferencial. Mi viejo dice “mañana lo sacamos. De acá el agua no se lo va a llevar”. La verdad que estábamos a más de 50 metros de la costa. Así fue como al otro día lo sacamos. Pero antes les hice notar que el auto se había corrido. “Estás loco me dijeron”. Más tarde les pude demostrar que la tormenta de viento y lluvia, de la noche, había corrido el Chivo con nosotros cinco arriba algo así como metro y medio.

Me di cuenta porque estábamos más cerca del trailer que apuntaba con su lanza al mar. Menos mal que mi viejo estacionó el auto a un costado, sino terminábamos encima del trailer. Con ese punto de referencia les puede demostrar mi teoría del corrimiento del auto durante la noche. Además estaba frenado y en cambio. Fue una linda tormenta, era como si un gigante moviera la cola del Chivo sacudiéndolo sin piedad.

Segundo armado de la carpa que duró poco una nueva crecida del mar nos convenció de abandonar la costa. Nos internamos unos 300 metros en una zona parcelada que hoy es Nueva Atlantis. En lo que sería la vereda de un terreno armamos la carpa para cinco personas, el ante comedor, otra carpa para cinco personas y el baño. Se podría decir que por unos días fuimos unos usurpadores de un lote. Por supuesto que nadie vino a decirnos nada. Allí reinaba un clima diferente había tranquilidad climática.

Ese enero fue muy caluroso. Tanto que mi tía abuela se tostó sin estar al sol, solo el aire que soplaba te quemaba la piel. Tanto calor hacía que un día, estando en la playa, la nafta del Chivo empezó a brotar del tanque, que estaba lleno. Mi viejo tuvo que aflojar la tapa del tanque porque la nafta parecía burbujear. Un calor de aquellos. Tanto que almorzábamos jamón crudo, ¡qué época!, y yogur de postre, para combatir el calor. Todo regado con agua bien fría.

En uno de los panzazos que dio el Chivo en las calles de Mar de Ajó pinchó el tanque de nafta. Nosotros conocíamos de otros viajes al Alemán un chapista muy conocido de Mar de Ajó. Fuimos a preguntarle quién podría arreglarnos el tanque de nafta. “Yo se los arreglo. Pero ustedes tienen que vaciarlo”. Arreglamos con el un día a la tarde, ni bien abría su taller. Fuimos mi viejo y yo para vaciar el tanque y sacarlo. Que era lo que más tiempo lleva del trabajo de reparación.

Cuando íbamos para el taller del Alemán el Chivo se encaja en una calle de arena suelta. Me bajé y empecé a empujar sólo, mientras mi viejo aceleraba el auto, que tiraba arena para atrás que daba gusto. Yo empujaba del medio de la cola y ahí vi como el caño de escape se ponía blanco.

Sí, se emblanqueció del esfuerzo que hacía el Chivo. La verdad que el auto andaba espectacular. Una aclaración para los más jóvenes, la buena combustión de un naftero se manifestaba por un caño de escape de color gris a blanco en los residuos de la combustión. Por aquellos años la nafta tenía plomo y este era el responsable de ese color.

El tanque lo pudimos arreglar y volver a poner. No tuvimos más problemas. El auto se portó fantástico. El tiempo estaba un poco loco, pero igual disfrutamos de unas lindas vacaciones. Salvo la pieza del tejo que me robo un tucu-tucu del piso del ante comedor de la carpa. Cuando armamos las carpas en la última ubicación tuvimos la suerte de hacerlo sobre la madriguera de unos tucu-tucu. Hasta tuve la oportunidad de poder capturar uno y verlo de cerca. Es una gran rata con una cola enorme. Como corresponde lo devolví a su hábitat para que siguiera con su vida, aunque no le perdoné que me llevara el tejín que no recuperé, ni aún cuando desarmamos el campamento.

La carpa que estaban mis viejos recibió algunos rasguños de los tucu-tucu, en el piso. Además al caer la tarde se oían en la arena el inefable sonido por el cual se los llama: tucu-tucu. Cosas de hacer vida de campamento que se pierden en un hotel de tres o cuatro estrellas. Por supuesto que no hay servicio al cuarto, pero cuando se van los turistas de la playa, esa inmensidad es para vos solo, hasta el otro día a media mañana. El amanecer en el mar es una vista altamente recomendable, no por haber trasnochado, sino por levantarse antes que salga el sol.

Es vivir las vacaciones al ritmo de la naturaleza, se los recomiendo, se vuelve totalmente renovado y con muchas energías para enfrentar el año que empieza.

Mauricio Uldane

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